Almas y cuerpos | Crítica Eso no se toca (el método del calendario)

  • Tras publicar su última novela, la monumental revisión de la figura de H. G. Wells 'Un hombre con atributos', Impedimenta recupera uno de los títulos fundamentales de David Lodge

El escritor británico David Lodge (Londres, 1935). El escritor británico David Lodge (Londres, 1935).

El escritor británico David Lodge (Londres, 1935). / D. S.

Uno de los más felices acontecimientos literarios del año pasado fue la publicación a cargo de Impedimenta de la última novela del escritor David Lodge (Londres, 1935), Un hombre con atributos, monumental biografía novelada de H. G. Wells que incidía en la excitante, tumultuosa y libérrima vida marital y sentimental del autor de La máquina del tiempo, bajo las bombas de los nazis o sin ellas. Lodge, autor esencial de la literatura británica del último siglo, artífice singular del subgénero de la novela de campus y responsable de títulos como ¡El autor, el autor! (otra biografía novelada, en este caso con Henry James como protagonista), Fuera del cascarón y el imprescindible ensayo de 1992 El arte de la ficción, había publicado Un hombre con atributos (cuyo vínculo con la obra maestra de Robert Musil tiene mucho más que ver con lo irónico, por no decir paródico, que con el supuesto homenaje que no pocos críticos han pretendido ver) en 2011, lo que revela un paréntesis notable respecto al interés o las posibilidades de las editoriales españolas a la hora de hacerse con los derechos de traducción de una obra de circulación obligada.

De hecho, Anagrama, la editorial que ha publicado tradicionalmente los libros de Lodge en España, dejó el paréntesis abierto hasta que Impedimenta decidió mover ficha con una magistral traducción de Mariano Peyrou. He aquí, además, que en el camino se habían quedado algunos títulos del autor por divulgar en España, y ahora Impedimenta vuelve a completar los huecos con la publicación de Almas y cuerpos, una de las obras más populares de Lodge, aparecida originalmente en 1980, ganadora del Premio Whitbread y determinante en la consagración del mismo entre los grandes escritores de su tiempo. Hablamos, pues, de una anomalía corregida que revela hasta qué punto la paciencia es una virtud necesaria en los lectores españoles de literatura traducida. En este caso, el envite bien vale la pena.

Bajo una (relativa) apariencia de novela coral, Almas y cuerpos, traducida de nuevo por Peyrou, narra la historia de un grupo de jóvenes católicos ingleses, educados en los más firmes principios morales del catecismo, que viven su particular confusión tras el estallido de la libertad sexual en los años 60, justo cuando la Iglesia se esfuerza en promulgar la respuesta más acorde a los nuevos tiempos a través del Concilio Vaticano II. A partir de esta premisa, el lector acompaña a un jugoso ramillete de personajes a lo largo de varias décadas de encuentros y desencuentros, miedos y tentativas, posiciones bien diversas ante los diferentes métodos anticonceptivos, consideraciones respecto al matrimonio y el sostenimiento de la vida sexual dentro y fuera del mismo.

Aunque cada uno de los personajes demuestra con el paso del tiempo distintos niveles de compromiso con los valores morales eclesiásticos, Lodge pone el foco en cómo el mundo de todos ellos, un mundo de asideros firmes y códigos evidentes, se viene abajo sin remedio con el desconcierto que genera la falta de capacidad de la Iglesia a la hora de asistir a los suyos con asideros fiables de recambio. Cuando el recomendado método del calendario se revela no sólo ineficaz, sino manifiestamente ridículo, los personajes que antaño habían creído tenerlo claro respecto a qué (y con quién) hacer en la cama se ven obligados a reordenar sus códigos y reconstruir su mundo. Lo que, en un ambiente de abierta inestabilidad, se dejará algunos muertos, literales y figurados, en el camino.

Portada del libro. Portada del libro.

Portada del libro. / D. S.

"En los años 60, el infierno desapareció. Ninguno podría decir con seguridad cuándo sucedió esto. El infierno existía y después, de pronto, dejó de existir", escribe Lodge, quien nació (y no es un apunte precisamente menor) en una familia inglesa de estrictas convicciones católicas. Para una mente educada bajo la certeza de la existencia del infierno como preclara orientación moral, semejante hallazgo implica un estallido del que no siempre se sale bien parado. En este sentido, conviene recordar que el título original de la novela es How far can you go?, que habría merecido una traducción más fiel (tal vez con una fórmula similar a ¿Hasta dónde llegarías?) por cuanto sintetiza a la perfección la intención esencial de Lodge: una vez confirmada la inexistencia del infierno, los personajes se ponen a prueba una y otra vez para comprobar hasta dónde son capaces de llegar.

Almas y cuerpos trata así, como la mayoría de novelas de Lodge, de gente que se ve abocada a romper los límites a los que han sido sometidos desde su infancia, con la píldora, con la infidelidad, con la procuración del orgasmo de la mujer; a cada tentativa el infierno no existe, cierto: no acuden demonios a ajustar cuentas por los pecados cometidos, pero tampoco ningún nuevo paso dado en este paradigma es gratuito. En las distintas desventuras de los protagonistas, la novela, repleta de escenas de sexo bien explícitas, se lee con cierta ligereza en virtud de su tono amable y el inconfundible marchamo brit de David Lodge, capaz de parecer transgresor y de dotar a su vez a su narración de un conservadurismo flemático que, curiosamente, es el primer responsable de la juventud que conserva la obra 40 años después de su publicación. Llama la atención, sin embargo, que en una de las digresiones en que el autor adopta la primera persona para intervenir en la trama a la manera cervantina, deje claro que, si algunas de sus anteriores novelas fueron abiertamente cómicas, "ésta no lo es". Y es cierto: Lodge traza una parodia de la que mantiene a buen recaudo a sus personajes, sobre los que deposita una mirada llena de solidaridad, respeto y comprensión.

Eso sí, el autor repara en cómo, en la Iglesia, "tras el Concilio Vaticano II, la primera comparación del poder y la influencia de los conservadores y progresistas (...) no consistió en un debate sobre, por ejemplo, la naturaleza de Cristo y el significado de sus enseñanzas, sino sobre las condiciones precisas bajo las que a un hombre se le permitía introducir su pene y eyacular su semen en la vagina de la mujer con la que estaba legalmente casado, una cuestión sobre la que el propio Jesucristo no había dejado ninguna opinión documentada". Y en cómo, por cierto, la misma Iglesia parecía relajarse y disfrutar en los países mediterráneos. Ellos, ay, sí que saben.

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