Manuscritos inéditos de 'El ruedo ibérico' | Crítica Postrimerías de Valle

  • Renacimiento publica, gracias a la labor indagativa del profesor Martínez Torrón, algunos inéditos de Valle-Inclán vinculados a su último proyecto: la vasta e inconclusa obra de 'El ruedo ibérico'

Célebre imagen de Valle, arrellanado y mostrando la suela horadada de sus zapatos Célebre imagen de Valle, arrellanado y mostrando la suela horadada de sus zapatos

Célebre imagen de Valle, arrellanado y mostrando la suela horadada de sus zapatos

El profesor Martínez Torrón reúne en este volumen los manuscritos inéditos de Valle-Inclán, encontrados en el archivo familiar, y cuyo destino era formar parte de la obra última del escritor, El ruedo ibérico, pero cuyo lugar o cuyo destino no parecen del todo claros. Según el nieto del escritor (así nos lo declara Martínez Torrón), dichos textos inéditos serían parte de una edición popular que estaría preparando Valle antes de su muerte. Según el propio Torrón, los fragmentos aquí recopilados son las tareceas de una nueva reformulación de El ruedo ibérico cuya razón inmediata es la proximidad de su muerte; vale decir, la imposibilidad de dar fin a su proyectada serie de El ruedo... De modo que, a juicio Torrón, Valle abandonó la idea de acrecentar la serie de El ruedo ibérico, pero no la de perfeccionar los tomos ya impresos. De esta voluntad serían prueba los manuscritos aquí reproducidos en facsímil. Un facsímil, ya lo sabrá el lector curioso de tales asuntos y admirador de Valle, que reproduce aquellas cuartillas de don Ramón, aprovechadas por una letra limpia y generosamente esparcida sobre lo blanco.

El resultado, al tratarse de variaciones sobre El ruedo.., no deja de ser coherente con tal empresa. Una empresa, como señala Martínez Torrón, de altísima ambición artística, pero cuya novedad quizá no fuera reconocida entonces en todo su alcance. Acudiendo a Ortega, dicha novedad cabría definirla como un arte "deshumanizado", el cual vino presidido por cierto espíritu de simplificación, que orillaba la prosa melódica y rubendariana de sus primeras obras, en beneficio del léxico y la sintaxis. Esto es, Valle habría prescindido de la musicalidad y el cultivado malditismo de sus inicios, para indagar en las cualidades estructurales del lenguaje y en sus facultades expresivas. Y ello a través de un vehículo privilegiado, donde se unen el teatro y la novela valleinclanescas: la soberanía y la perfección de sus diálogos.

Por otra parte, dicha deshumanización es fácil encontrarla ya en La media noche, donde los combatientes de la Gran Guerra son sólo puntos móviles, hacinados y errantes por el frente francés, y cuyo destino, visto desde el avión, es una muerte masiva y anónima. Sin embargo, es esta masa innominada, tal y como nos recuerda Martínez Torrón, la que adquiere su voz en El ruedo ibérico, junto a una aristocracia envilecida y una España amarga, crispada y menestral, inmersa en un proceso revolucionario. En este sentido, carece de importancia si el caso del policía defenestrado que conocíamos por El trueno dorado es eco de un caso real de aquella hora, como sospecha Martínez Torrón, o sólo se trata de una feliz invención dramática. Basta con que Valle haya encontrado ahí un resumen plástico del infortunio y el abuso para que la literatura, la altísima literatura de Valle, obre su milagro. Todo lo cual nos lleva al famoso anarquismo de Valle-Inclán, y a la figura, entre mística y revolucionaria, de Fermín Salvoechea.

Cómo llega Valle desde su carlismo inicial a este anarquismo suyo (sin olvidarnos de su admiración por el fascio), no debe desvincularse de aquella relación entre el rey y su pueblo, sin la intermediación de la corte y sin el vasto aparato administrativo que supone cualquier gobierno moderno, que capitaliza su trilogía carlista. Aquel anarquismo conservador, donde un rey nimbado por la santidad se enfrenta a la maquinaria isabelina, es el mismo que quizá se halle al fondo de su admiración por Salvoechea o por la figura italiana de Mussolini. Se trata, en cualquier caso, de una relación mística pueblo/guía, que repudia cualquier mediación -aristocracia, burguesía, funcionariado, etcétera-, y que se sustancia en una vindicación de aquel populacho taimado, noble, generoso y bronco, sobrecogido por el albur de los astros, y que forma el verídico macizo de la obra valleinclanesca.

Una obra que aquí, en El ruedo ibérico, y también en estos retazos inéditos, hoy expuestos a la curiosidad del público, alcanzan una cima literaria infrecuente en su siglo. Valle es, sin duda, el más alto escritor del XX español y uno de los más grandes autores de su siglo. Pero no sólo ni principalmente por su atención a los desfavorecidos, lo cual era una convención literaria desde el siglo anterior. Valle es grande porque acomodó el idioma, porque bruñó y galvanizó sus palabras hasta dar fe de un mundo precipitado, misérrimo y extraño. El mundo de la ciudad y las masas revolucionarias. El mundo ancestral y milagrero de la aldea. Un mundo, en fin, que se dirigía a la guerra.

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