El libro de las cosas perdidas | Crítica

El umbral del mito

  • En 'El libro de las cosas perdidas' Connolly abandona temporalmente el género negro para adentrarse en la fantasía infantil y su fuerte contenido mítico

El escritor irlandés John Connolly El escritor irlandés John Connolly

El escritor irlandés John Connolly

John Connolly es un conocido escritor irlandés de novela negra, cuya singularidad radica en la presencia, en la promiscuidad, diríamos, con que el Ultramundo asoma a sus intrigas. No debe extrañarnos, en consecuencia, que Connolly firme esta novela, en apariencia infantil, donde la fantasía y el mito se mezclan con un doble infortunio: la melancolía y la pena de la orfandad, y el inconcebible infortunio de la guerra.

Sería desviarnos demasiado ofrecer aquí alguna razón por la que el género fantástico y la literatura de terror guardan una estrecha relación con Irlanda. Sí debemos señalar, en cualquier caso, que este libro de las cosas perdidas de Connolly remite, voluntariamente o no, a dos obras muy conocidas del mundo anglosajón: Las Crónicas de Narnia, del anglo-irlándés C. S. Lewis, y La puerta en el muro, de H. G. Wells.

En ambos casos, hay un pasadizo a una realidad paralela, camuflada en el ámbito doméstico. En ambos relatos existe un jardín, una infancia solitaria, una evocación -acaso la necesidad- del Paraíso. También hay, en el caso de Lewis, un fondo último que explica el apremio con que se sueña ese Edén, reflejo inverso de la guerra.

¿Es necesario poner en relación la infelicidad y el sueño, la aflicción real, las épocas aciagas, y un arte mal llamado escapista? Connolly, en estas páginas umbrías, tan lejanas del Londres asediado por la Luftwaffe, ha vinculado sin embargo la destrucción del mundo y la apertura de un universo paralelo. Un universo imaginario, que no tiene por qué ser idílico, pero que conserva un sentido profundo, una diafanidad escondida, que se cifra y se resume en el mito.

El libro de las cosas perdidas es, pues, un libro de extraña utilidad, por cuanto muestra el sentido primario, la validez urgente de la mitología. Es decir, muestra un orden con el que el niño pueda atravesar, con éxito, la varia hostilidad de la vida. Las hostilidades de todo orden que aquejan al protagonista de esta obra son fácilmente imaginables. Al cabo, no es ningún secreto que la literatura es una forma de suplir la orfandad, su inhóspito vacío, con lo inefable.

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