Mitos y leyendas del Antiguo Egipto | Crítica

La llamada de las momias

  • Athenaica publica uno de las obras pioneras en la divulgación de la egiptología, los 'Mitos y leyendas del Antiguo Egipto', obra del conservador del British Museum, Thomas Garnet Henry james

Imagen del egiptólogo británico Thomas Garnet Henry James Imagen del egiptólogo británico Thomas Garnet Henry James

Imagen del egiptólogo británico Thomas Garnet Henry James

Flaubert decidió viajar a Oriente tras divisar, desde su estudio, el lento paso de un obelisco egipcio que iba remolcado Sena arriba, camino de París. Por esas mismas fechas, mediado el XIX, Gautier publicará La novela de la momia, cuyo terror es un terror ancestral, pero que venía sustentado en el conocimiento erudito de una cultura milenaria, puesta de moda unas décadas antes, gracias a las conquistas napoleónicas y la traducción de la piedra Rosetta por Champolion. Sin embargo, la seducción de Egipto es anterior a la voracidad del Sire; de modo que, antes de figurar en las clases de Estética de Hegel, Egipto había formado parte de las precisiones históricas y filosóficas de Herder y Winckelmann, así como de las predilecciones estéticas de Piranesi.

'Mitos y leyendas del Antiguo Egipto' de James populariza, sin envilecerla, la compleja teogonía de aquella civilización

Son pues, los viajes del XVII y XVIII, junto a las traducciones dieciochescas de Las mil y una noches, glosadas con malicia por Borges, los que abrirán ese fascinante bazar histórico y teológico del Antiguo Egipto, que la Ilustración vincularía expresamente a la masonería y sus ritos. Y es, pues, en esa hora mayor del mundo, cuando un conocimiento más exacto -pero no ayuno de pintoresquismo- comience a formarse en torno a esta civilización, vasta y misteriosa, crecida junto al Nilo. A esta fehaciente sabiduría de lo egipcíaco pertenecen estos Mitos y leyendas del Antiguo Egipto, obra de Thomas Garnet Henry James, conservador del Museo Británico durante casi cuatro décadas, y cuya función es popularizar, sin envilecerla, la compleja teogonía de aquella civilización, así como el estado de conservación en que se hallan sus fuentes. Vale decir, el grado de incertidumbre con que se maneja el egiptólogo. A esto se añaden los oportunos comentarios del traductor al español, Antonio J. Morales Rondán, quien matiza la particular aportación de la ciencia española a tal disciplina.

El resultado, en cualquier caso, es un libro grato y fascinante, lleno de un bárbaro y delicado candor, en el que los dioses aún ejercen su milenario y humanísimo albedrío.

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