Naturaleza | Crítica Naturaleza y utilitarismo

  • Nórdica publica el clásico de Emerson, 'Naturaleza', tan influyente en Thoureau y cierto naturalismo tan utilitario como ingenuo, acompañado por las acuarelas de Eugenia Ábalos, de un profundo y discreto colorido

El ensayista norteamericano Ralph Waldo Emerson. El ensayista norteamericano Ralph Waldo Emerson.

El ensayista norteamericano Ralph Waldo Emerson.

Algunas consideraciones históricas nos ayudarán a comprender, y acaso a engrandecer, la sencilla belleza que encierran estas páginas. Páginas que se publican en 1836, tras el conocimiento y la lectura de los lakistas ingleses, y que sugieren, como ellos, cierta conversión de la Naturaleza en una divinidad hospitalaria, púdica, difusa, y en todo caso, tutelar respecto de los atribulados pasos del hombre. La primera de estas consideraciones debería ir en este sentido, en el sentido de lo sublime que Emerson reclama en su ensayo, y que no puede deslindarse de las obras que a tal concepto habían dedicado, algún tiempo atrás, tanto Edmund Burke como Inmanuel Kant o el propio Schiller.

En las extensiones de Norteamérica es donde Emerson aplicará ese sentimiento pánico, que lo lleva a considerar al hombre como un engranaje más de la Naturaleza

Recordemos que bajo el membrete de lo sublime -pero no lo sublime literario que el XVII había recuperado con el clásico Longino-, se encierra cierta categoría, enmientemente pictórica, que podría definirse como una variante lírica de la desmesura. Y es, precisamente, en las desmesuradas extensiones de Norteamérica donde Emerson aplicará ese sentimiento pánico, perfeccionado en Europa, que lo lleva a considerar al hombre como un engranaje más de esa fastuosa anomalía, expresión última de lo divino, que es, a su juicio, la Naturaleza. Esta misma sublimidad, lo sublime terrorífico de Kant, habrá de llevarnos a otro de los condicionantes que explican, parcialmente, la obra de Emerson. Dicho condicionante es el terror jacobino que Burke glosa en sus Reflexiones sobre la revolución en Francia y que de algún modo suponen ya el fin dramático e imprevisto del sueño ilustrado. Podríamos decir, de hecho, que el Romanticismo se abre sobre la oquedad dejada por la Ilustración; y serán muchos los que califiquen, como el propio Emerson, de árido y estéril el conocimiento que se infiere de ella.

Esta impresión generalizada, el cientifismo como una forma de momificación de la vida, también la encontrará el lector en las páginas de Naturaleza. Una naturaleza, recordémoslo, que en Norteamérica se ofrece como Tierra Prometida -esto es, fuertemente mediatizada por lo religioso-, y que viene contrapuesta a las numerosas violencias conocidas en Europa. Se da así, pues, esta triple oposición de la Naturaleza en Emerson: oposición a la ciencia ilustrada, a una vieja y lacerada Europa y a la propia urbanidad continental, de lo que resulta, no obstante, un refinado producto de cultura, el cual no es otro que esa vastísima amalgama, nacida cuatro siglos antes, que se recoge bajo el concepto de Naturaleza.

Una Naturaleza llena de ecos y correspondencias, como en la hora renacentista, y cuyo centro no ha variado desde los días del Génesis: el hombre y su conflictiva progenie. La Naturaleza sería, pues, el dulce regalo de la divinidad a su criatura predilecta. Regalo que viene teñido, inevitablemente, por el ultilitarismo del XIX, de modo que Emerson encontrará en cualquier bestia y fenómeno natural un mensaje y una función al servicio del hombre. Lo cual no puede deslindarse de aquel "menosprecio de corte y alabanza de aldea" de fray Antonio de Guevara, en el muy lejano XVI; pero sobre todo, no puede separarse de la nítida conciencia de la urbe, de la metrópoli, opresiva ya en el XVII, pero que en el XIX se manifestará adánicamente, como ocurre en esta Naturaleza postulada por Emerson.

Bastaría, repito, recordar a los poetas lakistas que Emerson conoció en Europa, o los numerosos ensayos que el XVIII y el XIX dedicaron al jardín, a una naturaleza domesticada y amable, no lejos de la urbe, para indicar el linaje al que pertenece Emerson y la fuerte necesidad religiosa, incluso al margen de la religión estatuida, que supone dicho empeño. El matiz, como es costumbre, se debe a una particular sensibilidad del escritor: una sensibilidad, la de Emerson, donde a una firme y púdica alegría se añade la sencilla, la profunda admiración por la obra de Dios, de su Dios particular, que brilla en el pájaro, en la nube, en las estrellas errantes; que abriga y fortifica en el henar y en el fuego.

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