Da dolor | Crítica Duelo a través

  • Pilar Adón aborda en su nuevo poemario, 'Da dolor', la pérdida de un ser querido, el paso del tiempo y los roles de mujeres y hombres

La escritora Pilar Adón (Madrid, 1971). La escritora Pilar Adón (Madrid, 1971).

La escritora Pilar Adón (Madrid, 1971). / Mercedes Rodríguez

Al igual que en las críticas de cine se suele poner, junto al título de la peli, estrellas calificativas, alguna vez he propuesto –entre amigos y bromas, claro– que las críticas de poesía vayan acompañadas de una indicación, sita en la ficha, en la que se haga constar que el poemario reseñado se enmarca en una de las siguientes categorías: 1. Se entiende/se entiende; 2. Se entiende..., pero no se entiende, y 3. Parece que no se entiende, pero vaya si se entiende. Podríamos incluso añadir la cuarta valoración de "no se entiende-no se entiende". Ayudaría mucho a los lectores a decantarse por un libro en estos tiempos en los que cualquier cosa pasa bajo el membrete de poesía. Esta chanza taxonómica viene a colación de la amplitud con que las y los poetas usan el lenguaje, abriéndolo para decir cosas que no podrían nombrarse más hondo y mejor. Dicho lenguaje puede mantenerse cerca del uso del lenguaje corriente y lógico, o bien puede liberarse de lo logicista y referencial para hablar claro y obscuro, como proponía Antonio Machado. Cuando el idioma de los ángeles –como se refiere a él Laura Casielles– con el que se escribe la poesía se ensancha en imágenes no convencionales, símbolos, visiones procedentes de la memoria o de los sueños, saltos y fusiones temporales, no es por capricho vanguardista, sino una forma de decir y de entender y entenderse. Explorar y confiar en este lenguaje deviene por razón poética. Y exige al otro lado un lector o lectora disponible a esta forma de decir, a su evocación y al aprendizaje, a veces doloroso, que comparte con generosidad "la bestia innoble que no puede callarse", que en el caso que nos ocupa es la poeta madrileña Pilar Adón.

Da dolor es el sexto poemario de Pilar Adón, el cuarto que confía a la editorial La Bella Varsovia, y que en 2020 –el año más estallado de lo que llevamos de siglo– ha conocido dos ediciones, la primera en marzo cruel; la segunda, en julio. Buena lectura, la de un libro que atraviesa un duelo y viceversa, para estos tiempos de recogimiento y con-dolencia. El collage de la portada, de Francisca Pageo, nos introduce al universo orgánico, natural, animal que late en toda la obra poética de la autora. Aquí está de nuevo la presencia de ese mundo dentro o su carencia (expresada en el verde "emplasticado" que tiene más que ver con hospitales que con bosques, "sin naturaleza a la que huir en medio del incendio"), ese ámbito natural que tras el trance y el duelo se mira con menos inocencia y quizá más culpa que "antes del 9 de agosto, / cuando la inocencia discurría inocente y no me arañaba los brazos,/ cuando las estrellas eran lo primordial, las perseidas, Andrómeda,/ y dar con un restaurante el único reto del día". Estamos ante el antes, el durante y el después de la muerte de un ser querido y fundacional. Normal que el ayer y el hoy sean parte de un todo en la voz poética y que, a la vez, choquen fuerte y entonces una entienda que el tiempo ha pasado. La emoción opera en quien lee Da dolor de forma directa, sin tener antes que pasarla por la antesala del intelecto, eso vendrá después. Los textos que conforman Deformación (Durante), la segunda parte del libro, conmueven y ofician eso que llamamos compasión, dicho sea fuera de su sentido lastimero: al tomarnos de las palabras de Adón vivimos de algún modo nuestros duelos, los que ya llegaron o los que están por venir. "Todos lloramos a alguien. A todos nos llega la hora. / O, como decía mi abuela, / el que no tenga que espere". He aquí el valor de uso del poema. Esta enseñanza la dio el duelo, sin el cual somos capaces de reírnos de los perros que aúllan a las campanas –dice la autora– sin saber que "de lo que me burlaba era de su dolor".

Portada del libro. Portada del libro.

Portada del libro. / D. S.

Los aprendizajes de esta travesía no se pueden anotar con lenguaje prosaico ni casi registrar como tales, como harían los libros de autoayuda. El Plegamiento (lo de después) –que así se titula la tercera parte– se da en una serie de propósitos en condicional y de escarmientos, clases y superclases de biología que aportan un algo conclusivo, un algo que se va sabiendo y diciendo y, al vivir sabiéndolo, se vive de otro modo. De esta parte en adelante, algunos textos toman un aire un tanto aforístico: "Ahora que se fueron quienes servían de cuerda, agarraderos de pita firme"; "No dar con una respuesta racional / y a la vez compasiva: / he aquí la peor tortura"; "...también Jesús sufrió la pérdida / de un San José que no pudo sostenerle en su crucifixión". Desde un principio, el miedo "finge no estar" pero comparece de una manera prácticamente sólida, respirable, constitutiva, implacable. Las imágenes de Da dolor, hechas muchas de ellas desde la biografía de la autora, se reciben a este otro lado (el de quienes leemos) con una potencia plástica y apertura de sentido impresionantes. Sin embargo –en este juego del no se entiende/se entiende– el lector es capaz de traducirlas al mundo propio sin abandonar el de la poeta.

Los poemas de Da dolor hallan, no sé si consuelo, pero sí entendimiento y cobijo en las referencias literarias y culturales, que aparecen continuamente y que –a esas lectoras y lectores que no esperan hartura– nos abren las ganas de ir a buscar el verso de Emily al que se hace referencia, o la hagiografía de Santa Casilda o a confirmar el nombre de la última esposa de John Wayne, por poner algunas de las múltiples referencias a las que alude el texto que en ningún momento pierde pie en su musicalidad –acunada en encabalgamientos gustosos que conjugan versos abruptos de pocas palabras con otros largos– y aporta señales en cada título de poema.

La mujer que escribe al habla con su propio pellejo, con la hija que es, con la esposa, con la cicatriz de lo materno y que entona el canto a "mipadre" (escrito todo junto) cuestiona el papel de hombres y mujeres. Frente a las niñas que ponen la mesa, los niños ocupan el asiento del padre. Una mujer peripatética es un eufemismo atroz, y "tener una hija no es mejor que soñarlo". El poema Existencia doméstica nos pone frente a la dureza clara de una masculinidad –que también confronta en su obra María Sánchez– y de la caza o del trato de lo animal –como también trata de palpar Esther Ramón en la suya–. Insisto (sólo de broma) en mi propuesta de añadir un cintillo a las reseñas de los libros de poesía: este libro no es apto para lectores que prefieran esconderse de la verdadera poesía, de lo real y del dolor y el consuelo que nos aguarda en cada pérdida.

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