A mi trabajo acudo, con mi dinero pago | Crítica Alto jornal

  • Desechando tópicos y prejuicios seculares, la original y bien concebida antología de José Carlos Rosales aborda en profundidad las estrechas relaciones entre la poesía y el dinero

José Carlos Rosales (Granada, 1952). José Carlos Rosales (Granada, 1952).

José Carlos Rosales (Granada, 1952). / Jesús García Latorre

Autor de dos valiosas antologías temáticas dedicadas a los faros y la Alhambra de Granada, cuya memoria poética puede sumarse al conjunto histórico como otro monumento hecho de palabras, José Carlos Rosales ha elegido para su tercera incursión en el género una materia bastante más intangible, el dinero, que como afirma Wallace Stevens en la llamativa cita preliminar del estudio introductorio es o puede ser, entre otras cosas, "una forma de poesía". Intangible y bien material, por otra parte, pues pocos conceptos admiten una representación tan física en forma de lingotes, monedas, billetes o cualquiera de las posibilidades anteriores a nuestra época en la que además de acciones, bonos o letras de cambio tenemos –es un decir– tarjetas de crédito, bitcoins y mil sofisticados productos financieros que han alejado el valor contante y sonante a un ámbito virtual, cada vez más remoto e inextricable. En la variedad de significados que admite el dinero, en su ambigüedad, en las paradojas asociadas, reside la dificultad de un empeño que el antólogo ha resuelto con mucho más que buen oficio.

Tanto la poesía como el dinero, dice Rosales, sirven para traspasar la "frontera del presente"

Titulada con un verso de Antonio Machado, "A mi trabajo acudo, con mi dinero pago", tomado del famoso Retrato incluido en la selección, la antología de Rosales no es sólo una antología, pues el impecable recorrido crítico con el que se abre, Poesía y dinero, aporta reflexiones muy lúcidas sobre la relación –"hipotética pero palpable, y me atrevería a decir que fructífera"– entre dos términos tan aparentemente distantes. Del mismo poeta sevillano es la también célebre sentencia, "Se canta lo que se pierde", con la que el antólogo alude a la "labor destructora del tiempo" que determina el componente elegiaco de la poesía y en realidad de todo arte, y de ahí, vinculando el pasado que se guarda y revive en los versos con el futuro que promete el dinero, como sugirieron el economista Keynes o la antropóloga Mary Douglas, surge una posible interpretación de la ya no tan chocante idea de Stevens, dado que ambas herramientas, la poesía y el dinero, actuando a modo de mecanismos rituales con efectos liberadores o casi taumatúrgicos, servirían para traspasar la "frontera del presente".

La lírica moderna presupone lectores de ambos sexos y una sentimentalidad cada vez más libre

Por contaminación o metonimia solemos asociar, dice Rosales, y más desde el ámbito tópica y supuestamente puro y desinteresado de la poesía, el dinero a la codicia, el fraude o la acumulación injusta, pero hay también la "moneda corriente" que se gana con esfuerzo en cualquier trabajo honrado, el Alto jornal que da título al maravilloso poema de Claudio Rodríguez, el saldo pequeño o ínfimo que se lleva en la cartera, el modesto ahorro que llaman sencillo en Chile o menudo en Cuba. Existen de hecho muchas clases de dinero y una misma cantidad –"nunca hay dos billetes iguales"– puede valer más o menos en unas u otras manos, según sea su procedencia o su destino. Sin la libertad que procuran unos mínimos ingresos, no puede hablarse de autonomía, como explicó Virginia Woolf respecto a las mujeres que precisaban para su emancipación de una independencia económica entonces muy limitada.

La moneda y la poesía comparten el carácter conmemorativo, la condición de "monumento al instante" que expresa un soneto de Dante Gabriel Rossetti al que acaso aludiera –la conexión es tan ingeniosa como plausible, y pasa también por el gran teórico John Ruskin– el aforismo de Stevens. También la primera porta leyendas y adquiere su sentido en el acto de la transacción, como el poema cuando es interiorizado por el lector que lo resucita. Frente a la tradicional desconfianza hacia el vil metal, tantas veces apoyada en razones religiosas, la extensión de la economía monetaria propició conquistas impensables –de nuevo el caso de las mujeres es representativo, Rosales insiste en el paralelismo desde una razonada perspectiva feminista– en las sociedades estamentales. El "poderoso caballero" de Quevedo, con su condena de la capacidad igualadora del dinero, encubre un desdén aristocrático hacia los asuntos propios de fenicios. Del mismo modo, el mundo de la épica –"los héroes no llevan monedas"– se opone a la lírica moderna, que presupone lectores de ambos sexos y una sentimentalidad cada vez más libre. Esa libertad, concluye, es un bien muy frágil, y tanto el dinero como la poesía ofrecen baluartes desde los que fijar coordenadas de resistencia.

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