Los demonios del mediodía | Crítica La hora sin sombra

  • Siruela recupera el erudito y cautivador ensayo que el francés Roger Caillois dedicó al mediodía, interpretado a menudo como momento de espanto y epifanía por la filosofía, las religiones y los mitos

El poeta y ensayista francés Roger Caillois (1913-1978).

El poeta y ensayista francés Roger Caillois (1913-1978). / D. S.

El primer encontronazo (que no encuentro) entre Roger Caillois y Jorge Luis Borges tuvo lugar en abril de 1942, en relación a algo que no resultaba trivial para ninguno de ambos, la novela policíaca. Reseñando en la revista Sur el pequeño ensayo que el primero de ellos dedicaba al género (luego recogido en Puissances du roman, del mismo año), el autor de El aleph liberaba su inquina contra quien, llegado del otro lado del océano entre un rumor de faldas y almidones, amenazaba con hacerle sombra en el estrecho escenario, bastante pobremente amueblado, de la literatura porteña. La controversia no nos incumbe aquí: el caso es que Borges y Caillois se llevaron mal y, aparte de la crítica, cartas al director de la revista de uno y otro lado contribuyeron a ensanchar aún más la brecha. Por eso resultará paradójico que sea precisamente Caillois quien, una vez de nuevo en Francia, traduzca los principales libros de cuentos de su rival y, a través de la devoción de estructuralistas y esnobs (si eran cosas distintas), le granjee la consagración definitiva y el puesto en el estrellato que muy probablemente su posición geográfica le negara. A pesar del odio, o quizá también por él, Borges tiene algo de criatura del propio Caillois, de su doble o gólem, tema que habría interesado e inspiró páginas memorables tanto de un autor como del otro.

Por mucho que el argentino despotricara de él y tratara de rebajarlo a un sociólogo sin ideas claras sobre el arte de la ficción, Roger Caillois no era ningún pelele. Muchos de quienes le trataron en Buenos Aires, a donde se había mudado con el inicio de la Segunda Guerra Mundial, lo consideraban así: joven protegé de Victoria Ocampo, la fundadora y mecenas de Sur que casi le doblaba la edad, se le veía en muchos círculos como la mascota cara de una millonaria a la que no bastaban pequineses o cacatúas. Pero pocos adivinaban al sabio, al poeta de vuelta, al erudito subterráneo. En realidad, Caillois era un vástago del surrealismo: uno de los integrantes de sus ramas bastardas, quizá las más interesantes. Ya en Reims, donde se crio con su abuela, había establecido relación con Pierre Daumal y Gilbert-Lecomte, fundadores de Le Grand Jeu y avanzados del esoterismo poético y la guerrilla espiritual; en París, militó en el círculo de Breton, del que sus convicciones racionalistas le separaron al cabo; con Bataille, en cuyas revistas comienza a colaborar, funda el Collège de Sociologie y asienta las primeras bases de su revolucionarias Ciencias Diagonales, de las que su profusa obra da muestras por doquier. Y qué decir de ésta, la obra: que es un festín sin término para todo aquel cuya curiosidad le conduzca del reino de lo visible al de lo invisible, o a la niebla que media entre los dos.

Portada del libro. Portada del libro.

Portada del libro. / D. S.

Repaso el índice de la antología que Gallimard le dedicó en 2008 (casi 1.200 páginas de papel biblia) y la enumeración de temas casi produce borrachera: a Caillois le interesaron las piedras, los fósiles, la mantis religiosa, los símbolos, la mitología, la meteorología, las fiestas sagradas y las profanas, las sectas, los verdugos, el poder carismático de Hitler, los enigmas, la Patagonia, Poncio Pilatos, el arca de Noé, Medusa, los sueños y las pesadillas, los monstruos, las piedras otra vez. Lo que tal vez constituye el nervio de su trabajo, su médula, sea el intento de captar lo irracional o maravilloso a través de un método indirecto, que no deje a la razón de lado: una, dijéramos, crítica de la razón fantástica o imaginaria, en cuyo ejercicio no habría estado lejos de Gaston Bachelard o del propio Bataille. Sus análisis sobre el universo onírico, la literatura fantástica o los mitos crepusculares siguen siendo ejemplares a este respecto.

Los demonios del mediodía, que ahora presenta Siruela con todo el mimo editorial que le es característico, pertenece al último de estos ámbitos. Se trata de un ensayo corto, o artículo largo, que Caillois publicó en la Revue d'Histoire des Religions en 1937, poco antes de su partida para la Argentina, y que presta eco (o sirve de portada) a muchas otras de sus obsesiones habituales. Porque aunque la medianoche haya logrado un prestigio mayor, a cuenta de la difusión de la literatura anglosajona o germánica y los presupuestos culturales que le son afines, también el mediodía, la hora álgida, es un momento de espanto y epifanía. A mostrarnos que la posición cenital del sol en lo alto de la bóveda constituye uno de los puntos sagrados del día, aquel que marca el fin de la mañana (del ascenso, de la juventud, de lo propicio) y da inicio a la tarde (la decadencia, la destrucción, lo nefasto) está dedicado el capítulo introductorio: lapso de quietud sobrenatural, en que el entero mundo parece contener la respiración y bestias y hombres se entregan a la siesta, es por ello, igual que su extremo simétrico en mitad de la noche, la hora elegida para que espíritus, demonios y almas en pena campen por la tierra.

Los tipos de éstos divergen. Entre los principales, aparte del Gran Dios Pan, al que no debe molestarse durante la canícula haciendo sonar la flauta, están las pavorosas sirenas, que quizá haya que identificar con las cigarras (según se lea cierto pasaje famoso del Fedro de Platón), y, desde luego, con las ninfas que provocan sofoco (la ninfolepsia) y la no menos temible Esfinge. De la misma progenie, a lo que parece, ha de ser cierto monstruoso Demonio del Mediodía al que apela el hebreo Salmo 91, vinculado tal vez con las plagas bíblicas, y desde luego el infame Satanás que se revela ante Jesús en el ardor del desierto. La maldad del mediodía tiene su causa, entre otras, en un detalle que ya acongojaba a los antiguos, a los que Caillois cita con generosidad: es el término justo en que la sombra adelgaza bajo nuestros talones hasta casi llegar a desaparecer, o hacerlo del todo. Nuestra alma, entonces, se desvanece: convertidos sólo en máquinas de carne, podemos ser presa fácil de cualquier espíritu que se abra paso hasta nuestro interior.

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