Javier Sáez de Ibarra | Escritor "Ejercitarnos en el silencio podría ayudarnos a todos"

  • El autor vasco, uno de los grandes cuentistas españoles contemporáneos, se adentra por primera vez en la novela con 'Vida económica de Tomi Sánchez', una distopía con tintes de realismo social

El poeta y narrador Javier Sáez de Ibarra (Vitoria, 1961), durante una visita a Sevilla en 2017.

El poeta y narrador Javier Sáez de Ibarra (Vitoria, 1961), durante una visita a Sevilla en 2017. / José Ángel García

Tras una impecable trayectoria en el relato, que lo ha llevado a ganar algunos de los premios más prestigiosos del panorama nacional, como el Ribera del Duero o el Setenil, Javier Sáez de Ibarra (Vitoria, 1961) debuta en la novela con Vida económica de Tomi Sánchez (La Navaja Suiza), un distopía con tintes de realismo social.

–La economía está presente en su novela, más allá del título, como una traba o impedimento que nos limita...

–Es obvio que la vida de una persona está condicionada por la cantidad y regularidad de dinero que ingresa. Desde acudir al dentista hasta que los hijos estudien en la universidad, depende de ello. De manera que, más incluso que de control, yo hablaría de sojuzgamiento. En la novela se presentan varias escenas en las que podemos ver esto. Pero algunos de los personajes tienen conciencia de que se están violando sus derechos a una vida digna y luchan por preservarla; sus carencias no las consideran simplemente fruto de la casualidad o el destino. Saben que el sistema económico en que viven es un modo de organización desigual que privilegia a unos, mantiene en la inseguridad a muchos y condena a otros.

–¿El brazo seccionado, en Vida económica de Tomi Sánchez, es un símbolo de todas las incapacidades que almacenamos?

–Ese brazo seccionado, por un lado, tiene un sentido literal, es un ejemplo concreto de la enorme siniestralidad laboral que se produce en España, y también de las reacciones inmisericordes de algunos jefes que abandonan en la calle a sus trabajadores heridos, incluso moribundos. Por otro, el lector puede hacer una lectura simbólica, la mutilación de las posibilidades que sufren muchas personas en empleos concretos y bajo condiciones que ni han sido libres para elegir ni les sirven para su desarrollo personal.

–Después de una trayectoria muy reputada en la narración breve, ¿cómo se ha sentido escribiendo una novela? ¿La mayor diferencia estriba en el músculo o en la extensión?

–Escribir una novela me ha permitido desarrollar las múltiples dimensiones de la vida de una persona, algo que desbordaba el marco de un libro de cuentos. Para mí ha sido una experiencia creativa muy satisfactoria. Incluso puedo decir que me parece más cómodo escribir un capítulo que un relato. El capítulo no requiere de la misma intensidad ni significatividad, transcurre, se interrumpe y la narración continúa en el siguiente. Me gustan de la novela las posibilidades de su arquitectura, tomar y retomar cuestiones y motivos, hacer avanzar a los personajes en sucesivas escenas... El libro de cuentos, en mi caso, responde a un proyecto de búsqueda en torno a un tema central y sus implicaciones; creo que, en general, otorga al escritor más libertad tanto temática como formal al desvincularse de cualquier argumento (con permiso del gran James Joyce, claro).

–En su novela hay una constante reflexión sobre la incomunicación, estamos solos a pesar de estar acompañados. ¿Por nuestra propia incapacidad?

–La comunicación es uno de los ejes de la novela. Tomi Sánchez se esfuerza constantemente por entender y ser entendido por los demás. Su vida depende de eso. De una parte, busca la interlocución social, económica; pero el sistema desoye sus reclamaciones: discute con sus jefes, con el director del colegio. Cambia a menudo de pareja porque no sabe responder a sus expectativas ni logra hacerse comprender; su hijo mayor se burla de sus debilidades; otra hija lo compadece; sus amigos, con los que comparte la vida, no entienden sus decisiones, alguno incluso lo traiciona. Se ve excluido de los ambientes intelectuales; mantiene diálogos de sordos incluso con sus padres. Al final de la novela, trata de comunicarse con un taxista (con su cuello más bien) y explota. En algunas obras literarias, la incomunicación parece un punto de partida adquirido; aquí, es objeto de constatación. Probablemente, Tomi tampoco ha aprendido a escucharse a sí mismo y la búsqueda de interlocutores no puede satisfacer esa carencia. Me parece que ejercitarnos en el silencio, la escucha atenta del otro y de sus deseos y la sinceridad, cualidades que nuestra sociedad desacredita, podrían ayudarnos.

–Los nombres de los hijos de Tomi –Vigor, Libertad, Energía, Pasión, Voz– conducen a la utopía, a un mundo mejor mediante la recuperación de valores esenciales... ¿Es ese el camino?

–Los nombres de los hijos de Tomi y sus parejas responden a su idealismo; quieren darles identidades afirmativas que los liberen de toda alienación. Tomi los ama con locura, trata de educarlos en la lucidez y protegerlos para que sean felices. Pero es consciente, como todos lo somos, de que mantener la integridad personal, la libertad de conciencia, seguir la propia vocación, resistirse a ser utilizado como mero productor-consumidor, levantar la voz; todo ese proyecto de humanidad requiere lucha. Tomi los prepara para eso. Y sabe que cada acto de amor es ya utopía.

–El título de la novela traslada a Ignacio Aldecoa y su lectura evoca a Martín Santos o Ferlosio. ¿El realismo social es un género en sí mismo o, como sucede con la novela negra en la actualidad, una presencia dentro de cualquier género?

–Toda novela ofrece una visión de la sociedad aun por omisión, pues se descubre en sus presupuestos; por eso, siempre es política. La novela realista y la novela negra son dos accesos directos a la sociedad para desvelarnos sus lados perniciosos y destructivos; como la de ciencia-ficción, por cierto. Para ello, elaboran estéticas propias. El peligro de los géneros es que se acomoden a una fórmula –consumida luego por lectores a los que agrada la fórmula misma– y pierdan su potencia crítica. Mi novela es social, aunque no documental; y explícitamente política, pero no partidista. También puede verse como existencial e incluso filosófica. Se centra en un personaje sin caer en el intimismo, al mostrar cómo el entramado de la sociedad le afecta. Admiro a los escritores que menciona. Veo mi novela más cercana a Tiempo de silencio, que es mi preferida entre las españolas del siglo XX.

–¿Tendremos más relatos de Javier Sáez de Ibarra en el futuro o la novela le ha seducido por completo?

–No veo que haya incompatibilidades entre los géneros. Espero que la reflexión y la escritura no me abandonen, así que ellas irán diciendo.

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