Todas las familias infelices | Crítica Infelices todas

  • Ramón Bascuñana conforma con los relatos de 'Todas las familias infelices' un catálogo sombrío del sufrimiento humano.

  • En sus historias, el narrador demuestra un pulso fluido y seguro.

El escritor Ramón Bascuñana (Alicante, 1963). El escritor Ramón Bascuñana (Alicante, 1963).

El escritor Ramón Bascuñana (Alicante, 1963).

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"Todas las familias felices se parecen entre sí; las infelices son desgraciadas a su manera". Esta significativa cita de León Tolstói forma parte del puñado de referencias que encabezan la colección de relatos Todas las familias infelices de Ramón Bascuñana y expresa mejor que ninguna otra la impronta que marca un libro que se desvela como un catálogo sombrío del sufrimiento humano.

Diecinueve piezas, estructuradas en dos partes -Todas infelices e Infelices todas-, forman parte de este conjunto de relatos y únicamente tres de ellas son inéditas. La mayoría han sido premiadas en concursos y publicadas en revistas y libros anteriormente.

La familia, ese núcleo primigenio de protección e insatisfacción, se revela como el infierno en el que arden las pasiones y las aspiraciones personales de un puñado de personajes que destacan por su fortaleza y su empecinamiento por encontrar un lugar en el mundo lejos de la alienante conspiración de sus parientes. La mayoría de los relatos incluidos en Todas las familias infelices nos hablan de la posibilidad de una huida hacia adelante que la mayoría de las veces conduce a la desesperación.

Están muchos de estos relatos marcados por la muerte, que se erige como un punto de inflexión insoslayable que conduce en algunas ocasiones a la más absoluta desesperación -es el caso de la madre recién divorciada del conmovedor Cajas, que abre el libro- o a la salvación, como ocurre en uno de los cuentos más logrados de toda la colección: Hierro, litio, óxido, wolframio. El niño protagonista de esta desoladora historia, que el autor urde con sus mejores mimbres, crece en uno de esos terribles mundos familiares llenos de violencia y rencor, en uno de esos pequeños pisos de un barrio pobre del extrarradio de una gran ciudad en los que malviven los parias de la sociedad. Cuidador de un hermano, que es "un saco de huesos rotos, un quejido perpetuo" y que él nombra como "el otro", el protagonista del relato opta por una solución desesperada, que no es otra que provocar un desafortunado accidente que le da la posibilidad de escapar de la miseria.

La familia es aquí el infierno en el que arden las pasiones y desdichas de los personajes

Otra versión de esta posibilidad de huida hacia adelante a la desesperada la encontramos en Puta vida, uno de los tres inéditos del libro, aunque en este relato ágil e inquietante la redención no es posible, únicamente la insistente supervivencia de su protagonista por encima del dolor y la locura. En esta misma línea está el cuento Hipótesis de la felicidad, protagonizado por una adolescente que escribe una carta de despedida al profesor de literatura del que está enamorada antes de cometer el único acto que cree posible para cambiar el rumbo de su inhóspita existencia.

Pueblan estos relatos muchos personajes femeninos. La mujer se configura como centro de la familia, como sufridora nata de los desmanes de la convivencia, también como mano ejecutora de la castración psicológica de los otros o de su propia castración. En otros casos es el detonante trágico de un cambio sin parangón. Lo vemos, por ejemplo, en La mujer torpe, una historia de violencia machista que marca la vida del adolescente enamorado de su vecina mayor que protagoniza el relato.

La portada del libro. La portada del libro.

La portada del libro.

También hay mujeres capaces de sufrir en silencio, de guardar durante años un secreto que a nadie confiesan, pero que acaban desvelando las circunstancias, como ocurre en la hermosa historia de El hombre en el umbral. Y hay otras, aunque sean de ficción, como Natalia Ivanoff, la condesa de 55 días en Pekín, capaces de cambiar el mundo de un adolescente que espera a que su madre muera en un hospital (El día que me enamoré de Natalia Ivanoff).

Como contrapunto a estas historias demoledoras encontramos otros relatos en los que las pequeñas vidas sin sentido de sus personajes no dejan de tener un punto irónico. Es el caso, por ejemplo, de El sobrino del poeta, protagonizada por el conserje usurpador que encuentra su razón de ser haciéndose pasar por otro; o Aldo Nove, que tiene como personaje central a un patético incondicional del autor italiano.

Ramón Bascuñana despliega en Todas las familias infelices sus certeras dotes de autor de relatos. Su pulso fluido y seguro -pese a que a veces enfatiza la narración con repeticiones con las que consigue un efecto desigual- revela su capacidad para destacar en un género que ha cultivado largamente y con el que ha obtenido no pocos galardones.

Distantes en el tiempo, de muy diferente factura, con un estilo que ha ido madurando a lo largo de los dieciocho años que separan algunas de estas historias, los relatos incluidos en el libro conforman, sin embargo, una abigarrada letanía de infelicidades cotidianas y se refuerzan entre sí para dar como resultado una compilación coherente.

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