Joaquín Aurioles

Universidad de Málaga

Competitividad

Hay dos formas de medir este indicador: a corto plazo y a largo plazo; en el primer caso,España gana terreno frente a los países desarrollados pero en el segundo queda camino por recorrer

Exposición de productos españoles en una feria de Shangai Exposición de productos españoles en una feria de Shangai

Exposición de productos españoles en una feria de Shangai

Si definimos la competitividad como la capacidad para competir, podemos distinguir entre una competitividad a corto plazo y otra a largo plazo. En la primera influyen el tipo de cambio nominal (cuando la moneda nacional se aprecia, somos más caros y menos competitivos) y los precios, así que como indicador de la competitividad a corto plazo se suele utilizar el tipo de cambio real, que no es más que el tipo de cambio nominal ponderado con un índice de precios relativos (precios nacionales con respecto a precios exteriores).

En la competitividad a largo pueden influir cosas muy variadas. Por ejemplo, las instituciones, más o menos proclives a incentivar el esfuerzo exportador de las empresas, pero seguramente todos intuimos que si a productos intensivos en tecnologías avanzadas o que incorporan diseños de calidad añadimos marketing y publicidad, la capacidad para penetrar en los mercados mejorará sensiblemente, lo que quiere decir que si un bien adquiere valor ganará en competitividad, incluso en el supuesto de que su precio crezca más que el de los demás.

Hemos pasado de déficit a superávit por cuenta corriente, aunque en declive

Desde la perspectiva del conjunto de la economía española, el comportamiento de la competitividad ha sido particularmente inestable en lo que va de siglo. Muy adverso en los primeros años, cuando la fortaleza de la demanda interna hizo que nuestras empresas se olvidaran de los mercados exteriores, hasta que llegó la crisis. El cambio fue tan radical que pasamos de nuestro habitual déficit por cuenta corriente al superávit en 2012 y lo mantenemos desde entonces, aunque con claras señales de debilitamiento de un tiempo a esta parte. Gracias a ello, nuestra posición financiera neta respecto al resto del mundo también se ha modificado. Desde entonces prestamos más al exterior de lo que pedimos prestado, lo que nos está permitiendo reducir el endeudamiento externo que, no obstante, todavía se mantiene excesivamente elevado (77% del PIB).

Formas de medir la competitividad a corto plazo

Para observar la competitividad a corto de la economía española, el Ministerio de Industria publica un índice trimestral de tendencia de la competitividad. El problema es que tanto el tipo de cambio nominal como el índice de precios relativo cambia según el país con que nos comparemos, así que lo habitual es elaborar índices diferenciados según tipo de países o zona geográfica. Ello nos permite apreciar, por ejemplo, que la ganancia de competitividad que mantenía la economía española frente a los países desarrollados desde 2014 se detuvo en 2018.

Tomando como referencia los índices de precios al consumo (IPC) de los diferentes países, la competitividad de la economía española apenas se deterioró en una décima frente al conjunto de la Unión Europea durante el pasado año. Nos favoreció que nuestros precios crecieron menos que en el resto, pero nos perjudicó que el euro se apreciase con respecto a las monedas de los países que no participan en la Unión Monetaria. El resultado es que en el conjunto del año ganamos competitividad dentro de la zona euro, pero la perdimos frente al resto de la Unión.

En el ranking del ForoEconómico Mundial el país está en el puesto 34, muy mejorable

Ampliando la perspectiva al conjunto de la OCDE, donde la volatilidad del índice es mucho mayor, se aprecia que durante el cuarto trimestre del pasado año, la economía española consigue ganar competitividad, después de seis consecutivos de deterioro. La causa ha sido también el mejor comportamiento de los precios, que en esta ocasión ha sido lo suficientemente intenso como para compensar el deterioro provocado por la fortaleza del euro. A pesar de ello, el balance para el conjunto del año sigue ofreciendo un saldo negativo.

Medir la competitividad con el IPC tiene el inconveniente de contemplar los precios de todos los bienes y servicios, incluidos los que no se exportan ni se importan. Una alternativa es considerar únicamente los precios de los que se exportan o utilizar un indicador de costes, como los costes laborales unitarios (por unidad de producto). En este último caso es significativo que la ganancia de competitividad frente a los países desarrollados ha sido muy intensa, especialmente entre 2009 y 2013, moderándose después, incluso con excepciones puntuales de pérdida en 2016 y 2017, como reflejo de la debilidad en el crecimiento de los salarios durante la crisis.

Ranking del Foro Económico Mundial

Una cosa es la tendencia a corto explicada por el indicador del Ministerio de Industria y otra el lugar que ocupamos en el ranking internacional, más influenciado por los determinantes a largo plazo de la competitividad. La referencia, en este caso, es el índice de competitividad global que periódicamente proporciona el WEF (Foro Económico Mundial). Doce pilares de competitividad elaborados a partir de 98 indicadores que básicamente muestran las dificultades que encuentra una empresa para desarrollar todo su potencial en un país. España ocupa, tras un ligero deterioro con respecto al informe anterior, el puesto 34 de los 137 países estudiados. Una posición que deja bien claro que hay cosas que no funcionan adecuadamente. Especialmente la burocracia, la fiscalidad y las finanzas públicas (déficit y endeudamiento), pero también la deficiente regulación del mercado de trabajo y del sistema de innovación, así como la dificultad para conseguir financiación, la inestabilidad política, la cualificación de la mano de obra y la corrupción. Afortunadamente, nos defendemos en sanidad e infraestructuras y nos mantenemos conectados a las nuevas tecnologías, aunque bastante más a nivel particular que empresarial.

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