ANÁLISIS

El reto de Europa

  • La UE se enfrenta a un dilema tras el 'Brexit': profundizar en la Unión o ir a un continente a dos velocidades, opción que gana enteros por el auge de los euroescépticos y los populismos

El reto de Europa El reto de Europa

El reto de Europa

Un gran mercado sin barreras interiores permitiría aprovechar ganancias de escala y mejorar el bienestar de todos. La unión monetaria proporcionaría estabilidad, corregiría los desequilibrios nominales individuales (inflación, volatilidad cambiaria, diferencias en tipos de interés y finanzas públicas) y podríamos disfrutar de las ventajas de una moneda con aspiraciones para competir con el dólar como reserva internacional. La crisis de 2008 fue la tormenta perfecta para poner a prueba los fundamentos del proyecto y la experiencia resultó decepcionante. Los primeros en ceder fueron los cimientos de la unión monetaria, dejando al descubierto errores de diseño que impidieron actuar frente al irresponsable comportamiento de bancos y gobiernos. El desmoronamiento de la unión política vino después.

La estrategia europea para salir de la crisis consistió básicamente en plegarse a la exigencia de Alemania y otros países centrales de levantar a posteriori las condiciones que tendrían que haber existido antes de 2008 para resistir la crisis. Las consecuencias fueron favorables para algunos países, en particular para Alemania, que no solamente superó sin grandes traumas la "gran recesión", sino que también consiguió reforzar su liderazgo europeo e internacional. Para la periferia mediterránea resultó nefasta. A diferencia de Estados Unidos y el Reino Unido, en la Eurozona se eligió minimizar las tareas de reparación de los daños del temporal que azotaba especialmente en Grecia, Italia, Portugal y España y concentrar los esfuerzos en levantar defensas frente a futuras perturbaciones.

El escenario de una Unión Europea a dos velocidades parecía imponerse a medida que se desmoronaba el sistema de bienestar en algunos países y la unión monetaria amenazaba con hundirse, hasta que el cambio de rumbo en el Banco Central Europeo, tras la llegada de Mario Draghi y el decisivo enfrentamiento a las imposiciones alemanas, consiguió frenar el deterioro. Las severas restricciones monetarias se transformaron en poderosos estímulos financieros que facilitaron el inicio de la recuperación, pero los fallos estructurales que la crisis había dejado al descubierto habían socavado gravemente la convivencia y exigían un ambicioso programa de reformas.

De la misma forma que el impulso original del proyecto europeo fue de naturaleza económica y los objetivos políticos aparecieron después, el detonante básico de la crisis política actual ha vuelto a ser la economía. Quizá la principal enseñanza de esta experiencia sea que la relación entre economía y política en el caso europeo es tan básica como sutil, hasta el punto de que la redefinición de los fundamentos del proyecto para justificar su oportunidad política exige que las reformas políticas garanticen la viabilidad económica del proyecto. Europa se enfrenta, por tanto, a importantes retos políticos surgidos al calor de la crisis económica. El Brexit, el ascenso de los radicalismos y del euroescepticismo o la crisis de los refugiados y el tráfico de personas a través del Mediterráneo son problemas europeos de naturaleza política, algunos de ellos ajenos a Europa en sus orígenes, como el de los refugiados, pero que se transforman en propios por la dificultad para la coordinación de una respuesta política común.

2017 ha sido un año cargado de simbolismo por los 60 años transcurridos desde el Tratado de Roma, aprovechado por el presidente de la Comisión Europea para presentar el Libro Blanco sobre el futuro de Europa. El listado de problemas excede ampliamente los mencionados anteriormente y algunos, como el déficit democrático de las instituciones o el exceso de burocracia en su administración, con sus correspondientes costes, se remontan a los orígenes del proyecto. Otros han surgido a medida que se desarrollaba, como el protocolo para la admisión de nuevos miembros, con Turquía en sala de espera como principal problema, o la implantación del euro como moneda común. La crisis económica, por su parte, ha servido para recordarnos la conveniencia de una autoridad fiscal común, la necesidad de dotarnos de mecanismos de defensa frente a las crisis, la conveniencia de una unión bancaria o de avanzar en la armonización impositiva. También para invitarnos a reflexionar sobre la dimensión social del proyecto europeo o la oportunidad de un superministro de economía.

El Libro Blanco plantea cinco escenarios posibles de futuro. Permanecer como estamos; quedarnos con el mercado único y abandonar otras pretensiones; una Unión a dos velocidades, en la que sólo avanzarían en el proyecto los que así lo deseen; hacer menos cosas, pero más eficientemente, es decir, establecer prioridades y encoger el proyecto; por último, profundizar en la Unión. Esta última opción supondría corregir los fallos estructurales y reforzar las instituciones comunitarias con más recursos y competencias, aunque la que en principio parece contar con más posibilidades es la tercera (dos velocidades), dado el auge del euroescepticismo en países como Alemania, Austria u Holanda o la manifiesta resistencia de países, como Polonia, Hungría y República Checa, a ceder autonomía política frente a principios comunitarios en ciertas cuestiones.

La llegada de Macron a la presidencia francesa parecía favorecer la opción de profundizar en la Unión, pero la entrada de la extrema derecha en el gobierno de Austria y las dificultades Merkel para formar el de Alemania, obligada a entenderse con los liberales del FPD, en absoluto entusiastas de reforzar el poder de la Unión, limitan considerablemente sus posibilidades como fuente de inspiración del programa de reformas que necesita Europa. La decisión final se tomará el 30 de marzo de 2019 en Rumanía. El día siguiente al abandono de la Unión Europea por parte del Reino Unido.

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