El distrito Centro de Málaga ante las elecciones municipales de 2019 Un Centro de claroscuros

  • El escaparate de la calle Larios y sus alrededores contrasta con la saturación de viviendas turísticas en parte de la 'almendra' y el abandono más allá de La Merced, caso de Lagunillas

Varios turistas en la calle Alcazabilla. Varios turistas en la calle Alcazabilla.

Varios turistas en la calle Alcazabilla. / Javier Albiñana

Una decena de turistas bicicleta en mano pasa junto a un puesto de almendras fritas al inicio de la calle Alcazabilla. Una estampa para resumir las pequeñas tradiciones que de manera testimonial se mantienen en las calles del casco antiguo y las nuevas costumbres de un frenesí sin descanso de visitantes. Tras el pelotón improvisado, una fila de jovenzuelos con pinta de estudiantes imberbes que, mochila en la espalda, parece dirigirse hacia la Plaza de la Merced.

Alemán, japonés, inglés... Una torre de Babel en pleno corazón de la ciudad, en el que conviven los vestigios de las civilizaciones que deambularon por este mismo terreno antes de que lo hicieran los pálidos ingleses. El Teatro Romano y, sobre él, La Alcazaba... Más al sur, el Palacio de la Aduana, ejemplo de la pugna de un ciudad por su cultura y que ahora alberga el Museo de Málaga; y a apenas unas decenas de metros, la trasera del Museo Picasso.

Es la cara amable de un barrio que ya casi no es barrio, en el que día a día son menos los que habitan. El "escaparate", aseveran algunos residentes hastiados de haberse convertido casi en una especie en peligro de extinción, como diría Juan Manuel Sánchez LaChica, el arquitecto de la Catedral. Pero el Centro es mucho más, es la calle Victoria, es La Malagueta, es Lagunillas, son los arrabales... Es una especie de claroscuro con tantos matices como calles la integran. De deambular por Larios, que ya presume de mirar de frente al marqués que la impulsó, a adentrarse por la estrechez de Tomás de Cózar, en plena judería; de las esquinas con lustre a los solares baldíos.

El Centro es referencia visual inmediata de la ciudad, el escenario que se encumbra con el alumbrado navideño, que pisan cientos de miles de personas cada año en la búsqueda de sus atractivos. Un lugar de éxito al que se le empiezan a ver las costuras. "Vivo en un bloque en el que solo tengo dos vecinos, el resto son viviendas turísticas", relata Alejandro Villén, residente del casco antiguo y vicepresidente de la Asociación de Vecinos Centro Antiguo. "A la vecina de enfrente la están obligando a irse porque le van a subir el alquiler un 50%", añade.

El éxito del casco antiguo le lleva a niveles de saturación evidente. Una zona que se mueve al ritmo de la hostelería y de un comercio en el que las franquicias ganan espacio. La ocupación de la vía pública, superando en ocasiones lo autorizado, se ha convertido en objeto de denuncia continuada. Pero no sólo. Los pocos residentes que siguen en la almendra mantienen abierta su particular cruzada contra el ruido. Contra un Centro desbocado.

"Tenemos la impresión de que para la Administración y ciertos grupos económicos somos molestos, un elemento que sobra dentro de sus grandes planes para la ciudad, de un Centro enfocado a ser una máquina de hacer dinero”, apostilla Villén, quien pone voz a una serie de reivindicaciones vecinales que pasan por "el respeto a nuestros derechos básicos".

"Quedan cada vez menos sitios donde hacer las compras ya que las calles se llenan de guardamaletas o de cafeterías para turistas con Andalusian tostada a 4,90 € (café no incluido), todas las mañanas te acompaña el sonido de los ruedines de los trolleis; si vives de alquiler, existe un miedo continuo a la subida de alquiler o a que te echen directamente", añade.

El problema denunciado en esta parte del Centro se extiende al sur, donde se asienta el Soho. En las calles encorsetadas entre la Alameda Principal y Muelle Heredia, los residentes empiezan a percibir que son menos. "Los veo de goteo en goteo", expresa Victoria Moreno, presidenta de la Asociación de Vecinos Soho Centro Sur. "Cada vez hay más viviendas turísticas", constata, advirtiendo de lo que está por venir. Este zona es objeto de deseo de numerosos inversores en los últimos años, que promueven nuevos locales de hostelería y hoteles varios. "El ruido no hay quien lo aguante", insiste, añadiendo entre los elementos de preocupación la falta de seguridad y la proliferación de la prostitución en el entorno.

La percepción de abandono no es exclusivo de estos residentes. Un pequeño salto desde la Plaza de la Merced hacia el barrio de Lagunillas confirma la misma sensación. “Este barrio está abandonado: estamos a cinco minutos de la casa de Picasso, adonde va todos los días Limasa a limpiar, y nosotros nos tenemos que comer los meados de los que van al Centro”, se lamenta Curro López, presidente de la Asociación Lagunillas-Cruz Verde. Su visión de la realidad es negativa.

"La situación es desastrosa, con solares abandonados; hemos pedidos que los expropien porque no hay derecho a que lleven 20 años muertos de risa y los dueños ni se dignen a limpiarlos; están llenos de ratas, de mosquitos", cuenta López, quien explica que desde hace años el colectivo se encarga del reparto de comidas no solo a vecinos del barrio sino ya de toda la ciudad.

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