Carlos del Amor | Periodista “Escribo con el ancla de la realidad echada, aun con licencias literarias”

Carlos del Amor Carlos del Amor

Carlos del Amor / M. G.

No es casual que las crónicas de Carlos del Amor (Murcia, 1974), que estudió Documentación en su región y Periodismo en Madrid y ha desarrollado íntegra su carrera en RTVE, cierren muchas veces los telediarios. Mima cada pieza como un artesano. Sus puntos y sus comas justas, traducidas en silentes pausas; y, claro, sus certeras palabras. Además de crónicas ha escrito ya varias obras literarias. La última, Emocionarte. La doble vida de los cuadros (Espasa, 2020) ha ganado el Premio Espasa. Un ensayo singular en el que entrevera ficción y realidad y enseña una forma distinta y sugerente de enfrentarse a la experiencia museística.

–¿Escribe como locuta o locuta como escribe?

–Yo... [breve silencio]. Uno al final locuta como escribe. Pones la escritura al servicio de la locución. Desde siempre he locutado como escribo. Y creo que se me reconoce en las líneas del libro algo de mi locución.

–El lenguaje propio de una pieza televisiva no es el de un ensayo como éste, ¿no?

–No, no. Por suerte. La pieza televisiva es muy breve, como bien sabe. En medio folio te cargas un minuto y poco de pieza televisiva y todo el trabajo que lleva detrás. Aquí tengo el terreno  más amplio y puedo poner en juego otras tácticas, en la pieza televisiva estoy muy constreñido a mi minuto y medio de Telediario.

–El propio jurado del Premio Espasa que ha recibido su obra Emocionarte destaca su originalidad.  Me llamó la atención mucho que cada capítulo y cuadro tiene a la vez ficción y ensayo.

–Bueno, como la vida, ¿no?, que a la vez tiene mucho de ficción, aunque no lo creamos, y también de realidad, de ensayo, y de pies en la tierra. Pero sí. Al ponerte delante de un cuadro, si no lees la cartela, y te plantas virgen, cada uno tiene una película, una historia, una novela. Y tiene la historia que cada uno tenemos en la mente. Y así empieza cada capítulo. Con un relato novelesco que desemboca luego en un relato de cosas o hechos reales.   Siempre escribo con el ancla de la realidad echada, pero permitiéndome licencias literarias. Lo hago en televisión y aquí con mucha más razón, porque se me permite y es totalmente lícito.

–Los ensayos suelen estar pegados a la realidad concreta y el suyo deja mucho margen a la imaginación.

–La imaginación tiene que tener siempre un lugar en cualquier texto. Y aquí se me permite fabular con algo que conozco muy bien, ese cuadro, ese artista, la atmósfera que está respirando el rembrandt de turno. Igual falta que ponga eso de “inspirado en hechos reales”, porque cada relato lo está. Si Rembrandt nos mira de esa manera derrotado por la vida y yo fabulo con ese monólogo interior, ese soliloquio de él, es porque se le murieron tres hijos, porque Saskia también se le murió, se lió con la niñera y terminó vendiendo hasta el espejo que tanto le gustaba. Un hombre que había tenido tanto éxito. En realidad, detrás de cada cuadro todo es verdad, pero está pasado por el tamiz de la literatura y un poco de la imaginación. La vida puede ser un ensayo muy sujeto a los datos, pero también puede serlo con imaginación y ficción.

–El libro parte de la premisa de que un cuadro tantas vidas como miradas recibe, pero me pareció un aprendizaje para ir a ver los museos de otra manera, ¿es así?

–A mí cuando voy a un museo, y voy a trabajar, antes que nada le digo al cámara que me deje ver la exposición solo, a ver qué me despiertan los cuadros. Hay que verlos como películas, como novelas. Como algo que esconde una historia apasionante detrás. La cartela no suele hablarnos de lo atormentado que estaba el autor, o de quiénes eran esos Adán y Eva, Suzanne Valadon y su amante. Hay que ir a los museos y vivir ante cada cuadro una aventura única, porque han llegado a nuestro tiempo y están colgados ante nosotros y nos hablan. Hay que intentar escuchar cada cuadro.

–Para un juntaletras de provincia como yo...

–Yo también soy un juntaletras de provincia.

–¿Y opina como yo, que los museos también son centrípetos en España?

–¿Tú por qué lo opinas?

–Porque hay grandes museos de Bellas Artes que se valoran poco: el mismo de Sevilla o el de Bilbao.

–No lo sé. Habría que ver las cifras de visitantes de esos museos. Si vas a Sevilla a un museo probablemente haya colas. Como si vas [en Bilbao] al Guggenheim o al Bellas Artes, siempre habrá colas. Creo que sí valoramos los museos. Pero sí hay tres grandes que parece que articulan todo el discurso museístico: sobre todo El Prado, el Reina Sofía y luego, el Thyssen. Pero fuera de esos grandes museos, que están en la ciudad en la que yo curro, hay lugares que despiertan interés. Vayas a la ciudad que vayas siempre hay alguien intentando ir a un museo. Pero los grandes titulares es verdad que los levantan esos museos de Madrid. En la tele intentamos que salgan todos, pero es difícil obviar lo que mueve, por ejemplo, el Museo del Prado. Y pasará con Londres o Nueva York

–¿Cómo viven los museos en una España sin guiris?

–Parece que con menos afluencia de la que querrían. Pero la odiosa nueva normalidad está permitiendo tener una experiencia delante del cuadro como pocas veces se ha tenido antes. Para llegar a Las meninas tenías que batirte en duelo con chinos, japoneses y toda suerte de guiris.

–No llegaba a lo de la sala de La Gioconda del Louvre, donde todos miran a la pantalla y no al cuadro.

–Sí, sí. He hecho reportajes de eso y de la decepción que te llevas cuando vas y la ves. Las salas de los grandes museos tenían colesterol, y ahora ya no. Todo fluye.

–¿El ensayo reivindica la importancia del arte en la formación del espíritu?

–No reivindico la importancia del arte a estas alturas. Le hago un homenaje a mi forma de acercarme al arte.

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