Technoboss | Festival de Cine de Sevilla El juego de la resistencia

Cantando a la supervivencia de la pyme y del viajante Cantando a la supervivencia de la pyme y del viajante

Cantando a la supervivencia de la pyme y del viajante

João Nicolau tiene mucho de funambulista. Y no sólo él. Si repensamos el cine portugués llegaremos a la conclusión de que tras la máscara de cineastas cultos, los grandes maestros del cine luso (de Oliveira a Monteiro) tuvieron siempre un gusto por el riesgo de la pirueta y el vértigo de las alturas, tan sólo al alcance de esa tipología de artistas donde conviven la sapiencia sosegada del anciano y el afecto por el juego del infante. En Nicolau se da además su fascinación por la acrobacia musical (muda, o cantada, como es el caso), de ahí que sea tan frecuente verlo subirse al alambre con el sombrero, la silla, el paraguas, media docena de pelotas, etcetera, y ponerse a bailar desafiando al vacío.

Technoboss que, entre cachondeo, canciones y más cachondeo, les puede parecer a algunos un divertimento ocioso e intrascendente, es un bello canto a la supervivencia y a la resistencia. Entre vistas por la ventana de bloques de pisos como los nuestros, autopistas como las nuestras, oficinas de pymes, apartamentos y hoteles ni más bellos ni más feos que los nuestros, Nicolau le canta a ese mundo cercano, pequeño y reconocible que ya nadie mira ni acepta como el único habitable que nos queda. Incluso (¡oh anatema!) le canta bajito y triste al superviviente (descomunal Miguel Lobo Antunes) laboral, familiar, sentimental e incluso sexual, y lo hace con tal candor (humano) y con tal emoción (política), que no puede evitar unir su voz en off al dueto final de la pareja protagonista tras consumar en la cama, por fin, su reencuentro. Y hasta le queda sensibilidad para cantarle también a un gatito muerto, en una elegía musical que pone los vellos de punta.

Entre la carretera y manta de paisajes pintados que restituyen el mundo con más verdad que cualquier reinterpretación digital, nuestro protagonista aún tiene tiempo de visitar Sevilla, emborracharse y bailar el Aserejé. También aquí hay juego (y algo más); la Sevilla que Nicolau imaginó no debe de existir ya, porque la secuencia ha sido filmada en estudio y con los monumentales fondos en negro.