Festival de Malaga

La zona de confort

  • Una lectura del palmarés, entre lo que pudo ser y no fue.

Se ha acostumbrado el Festival de Cine Español de Málaga a dejar las buenas noticias para los últimos días; y así ha ocurrido de nuevo este año. Porque sin la aparición de Techo y comida y Los exiliados románticos en las dos jornadas finales, la a sí misma considerada como foto fija del cine español habría salido notablemente borrosa. Coinciden ambas cintas en su llegada discreta desde la segunda línea, alejadas del boato -y el yugo- de los logotipos de las televisiones nacionales, siguiendo la estela de lo que fueron 10.000 kilómetros o Stockholm; y a las que, como a éstas, se les augura un buen futuro si no inmediato, en los sucesivos trabajos de sus realizadores.

Queda por resolver, un año más, si con este popurrí de selección que diluye el atrevimiento de las dos cintas señaladas entre blockbusters de verano, coproducciones de cajón de sastre y cintas correctas en el mejor de los casos, los realizadores que un día triunfaron en Málaga y lo seguirán haciendo allende Despeñaperros querrán volver aquí con sus próximos proyectos. La estadística, por ahora, dice que no.

Porque si algo ha confirmado esta edición es que el festival ha renunciado sin aspavientos a erigirse en faro de guía de la industria cinematográfica española, consagrándose más bien a recoger lo que se derrama del vaso de Donostia o Valladolid. El consabido eufemismo de la foto fija parece estar destinado a reconocer que el lugar del festival es una honrosa doble fila, que asume con sonrisa autocomplaciente cómo San Sebastián acapara en los últimos años el cine español de referencia incluso independiente (Magical Girl, La herida, Loreak), así como gana la partida de los productos más cercanos (La isla mínima, Caníbal, La voz dormida), sin contar claro está las opciones consagradas.

Sería obtuso negar que el Festival tiene un sitio de pleno derecho en el mercado nacional. Pero de la misma manera urge reivindicar que dicho espacio, principalmente en su Sección Oficial y a falta de grandes nombres, salga de su zona de confort y rescate una personalidad que sirva de lanzadera a una cinematografía más arriesgada, habitualmente castigada por la distribución, y finalmente malvendida a través de portales online. Sin ir necesariamente en detrimento de las producciones televisivas que ofrezcan el nivel adecuado pero, en la medida de lo posible, evitando astracanadas de difícil justificación (todavía aparecen sonrojos en los corrillos cuando se cita la selección el año pasado de Por un puñado de besos, rememorados este año a la salida de Sólo química, entre otras). Cintas impensables en otros festivales -Huelva, Gijón, Sevilla- que sólo sirven para disuadir de la cita a quienes podrían ser sus más profundos valedores.

Es en esta selección donde el festival, cumplidos los dieciocho, deberá decidir qué quiere ser de mayor: si seguir optando por el cortoplacismo y darse por satisfecho con las barandillas atestadas del Málaga Palacio, o por el contrario apostar a medio y largo plazo por el reconocimiento duradero entre autores y productores. Nunca mejor dicho: está por ver.

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