Calle Larios

Dos pasos detrás de Barcelona

  • A la hora de pensar la ciudad que queremos, siempre hay a disposición modelos para todos los gustos. Lo que no significa que estemos condenados a repetir errores ajenos. O tal vez sí

Si en Málaga somos capaces de importar hasta la nieve, seguro que podemos ingeniérnoslas para incorporar lo mejor de otras ciudades, no sus errores. Si en Málaga somos capaces de importar hasta la nieve, seguro que podemos ingeniérnoslas para incorporar lo mejor de otras ciudades, no sus errores.

Si en Málaga somos capaces de importar hasta la nieve, seguro que podemos ingeniérnoslas para incorporar lo mejor de otras ciudades, no sus errores. / Javier Albiñana (Málaga)

EL otro día tuve la oportunidad de entrevistar al escritor y periodista barcelonés Sergio Vila-Sanjuán, al que admiro por muchas cosas pero, sobre todo, por su labor de coordinador del suplemento cultural de La Vanguardia, el Cultura|s, que para un servidor constituye un ejemplo aleccionador en este oficio. Vila-Sanjuán vino a Málaga a presentar su último libro, Otra Cataluña, oportuna revisión de la cultura catalana expresada en castellano desde Juan Boscán hasta el presente; y lo hizo dentro del ciclo de encuentros con autores que organizan las Bibliotecas Municipales en la Biblioteca Manuel Altolaguirre, en la Cruz de Humilladero (cuya sede, por cierto, es uno de mis edificios favoritos de Málaga: si no la conocen, vayan a verla y descubrirán un insospechado remanso de luz, espacio y color de la mano de la mejor arquitectura contemporánea). Antes de su presentación, nos citamos en un hotel del centro para la entrevista y de paso charlamos un rato sobre la situación del periodismo y, también, sobre nuestras respectivas ciudades. Yo le manifesté mi apego sin fisuras a Barcelona por su calidad de urbe verdaderamente moderna, sostenida muy a pesar de los recientes problemas sociales y políticos; y Vila-Sanjuán alabó la metamorfosis de Málaga, a donde le gusta venir de vez en cuando. Lanzó especiales piropos a su oferta museística, que en su opinión tiene muy poco que envidiar a la de Barcelona, y resumió su parecer con una sentencia definitiva: “Hace veinticinco años esto estaba muerto. No había nada. Pero la manera en que Málaga ha sabido transformarse para hacerse tan atractiva es desde luego digna de elogio”. Me preguntó después por las librerías, y le hablé de la reciente mudanza de Luces y de la presencia de otros establecimientos señeros como Rayuela, Proteo y Áncora; y también salió a relucir en nuestra conversación la reciente distinción de Barcelona como Ciudad Literaria por la Unesco (pienso a menudo en las facilidades con que de entrada contaría Málaga, por tradición, por actividad y ahora también incluso por festivales literarios, para reivindicarse como Ciudad del Libro, lo que generaría una marca mucho más participativa y cómplice con la ciudadanía que la de la Ciudad de los Museos; pero no me hagan mucho caso, son cosas mías). Por todo esto, se me ocurrió decirle a Vila-Sanjuán que, en su propia definición como ciudad moderna, Málaga parece ir siempre dos pasos detrás de Barcelona, para lo bueno y para lo malo, para la cristalización de una cultura abierta y cosmopolita y, también, para los problemas de convivencia derivados de la especulación inmobiliaria, la despoblación del centro, la falta de atención a los barrios, la excesiva dependencia del turismo y, en fin, eso que llaman gentrificación. Mi entrevistado aceptó los términos, pero, respecto a lo malo, consideró que estos aspectos son “inevitables” en cualquier ciudad que aspire a la proyección y el desarrollo cultural de Málaga y Barcelona. Como un peaje a pagar, sin más remedio, si queremos que hablen de nosotros.

Y sí, desde luego Sergio Vila-Sanjuán tiene razón. Estos problemas parecen comunes, especialmente en ciudades que por su clima y su condición costera aparecen señaladas como apetecibles por parte del turismo de masas, una fuente de ingresos a la que nadie renunciaría en su sano juicio. Pienso, sin embargo, en que el hecho de ir dos pasos detrás de otras ciudades como la misma Barcelona puede constituir una ventaja, en la medida en que nos ofrece una distancia aprovechable para pararnos a pensar en qué queremos y en qué no queremos parecernos a los posibles modelos. Por más que determinadas consecuencias del éxito sean inevitables, no creo que estemos condenados a repetir los mismos errores cometidos por otros, uno por uno, como en una inercia irreparable. Además, esta misma distancia nos permitiría tener en cuenta otros posibles modelos: en algunas ciudades centroeuropeas, por ejemplo, la recuperación de los viejos centros urbanos para los vecinos, con una política basada en alquileres accesibles, ha generado también un cierto esplendor cultural basado en la actividad local con el consiguiente atractivo turístico. De acuerdo, allí hace mucho más frío que en Málaga y aquí el buen clima introduce matices muy distintos; pero, antes de empezar a construir rascacielos para recibir a más turistas, a lo mejor estamos a tiempo de considerar que necesitamos urgentemente zonas verdes y espacios públicos para hacer de Málaga una ciudad verdaderamente acogedora. A dos pasos de la mejor del mundo. O a la par.

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