Calle Larios Quedará una placa

  • Qué privilegio el de la tabula rasa, el del borrón y cuenta nueva, el del punto cero, la negación del pasado, la desmemoria: admitir que aquí nunca pasó nada para alumbrar la ciudad nueva

No hay por qué ponerse tan tremendo con la Villa Maya de las narices. Podemos poner una placa y todo el mundo contento. No hay por qué ponerse tan tremendo con la Villa Maya de las narices. Podemos poner una placa y todo el mundo contento.

No hay por qué ponerse tan tremendo con la Villa Maya de las narices. Podemos poner una placa y todo el mundo contento. / Javier Albiñana (Málaga)

Nunca tuvo el cónsul Porfirio Smerdou una casa en el Limonar en la que encontraran su salvación cerca de quinientas personas de ambos bandos durante la Guerra Civil. Nunca se ocultó durante la misma contienda Arthur Koestler en la casa de Peter Chalmers-Mitchell, muy cerca, donde fue detenido después de haber ejercido de corresponsal. En ningún día de febrero del 37 salió nadie huyendo a pie por la carretera de Almería, ni hubo bombardeos desde el mar ni desde el aire, ni se inspiró Bertolt Brecht en estos presuntos sucesos para escribir su obra Los fusiles de la señora Carrar. A ningún médico canadiense le dio por hacer fotos de una desbandá que nunca existió. Ni hubo fusilamientos en San Rafael ni nada que reseñar en la antigua Prisión Provincial. Pero, al cabo, a quién le interesa Guerra Civil. Sigamos: nunca hubo una judería en Málaga. Ibn-Gabirol no escribió nunca nada aquí que mereciese la pena, ni hubo una sinagoga medieval, ni nada parecido. Durante la época nazarí, el puerto de Málaga no representó ningún papel especial en el Mediterráneo, ni hubo nada parecido a unas Atarazanas, ni hubo que protegerse de los vikingos. Antes, no hubo aquí nada parecido a una Lex Flavia, ni formó parte Málaga del Imperio Bizantino, ni hubo colonias fenicias especialmente destacables. Como todo el mundo sabe, la Alcazaba se hizo entera de escayola en el siglo XIX. El Teatro Romano, también. Jamás exportó esta ciudad aceite, pasas ni garum a Roma: todo se destinaba al consumo propio. Nunca hubo monos en el Jardín de los Monos. Ni hubo en Málaga, jamás, un corral de comedias en el Siglo de Oro. Tampoco tuvo Pedro de Mena un taller aquí, ni nada que se le pareciera, así que podemos usar eso que llaman su taller para cualquier otra cosa que no tenga que ver ni con Pedro de Mena ni con su tiempo (siempre podemos organizar una exposición en el Palacio Episcopal para que los recalcitrantes se queden tranquilos). En la vida se le ocurrió decir a Vicente Aleixandre aquello de la Ciudad del Paraíso, ni tuvo una casa aquí. Que Emilio Prados fundó la revista Litoral en Madrid es de dominio público, lo mismo que Fernández-Canivell con Caracola. Nunca reunió Alfonso Canales una biblioteca interesante en su casa, ni se le ocurrió a Amparo Rubio-Argüelles abrir un teatro en Málaga. Pero ya que estamos tejiendo un discurso necesario, abramos el melón definitivo: Picasso habrá nacido en Málaga mientras sea rentable; una vez que deje de serlo y la actividad financiera nos permita deshacernos de su marca, podrá haber nacido en Calatayud, si le parece. No hubo ninguna actividad artística reseñable en Málaga durante el siglo XIX, y mucho menos en el XX. No existió nunca un círculo malagueño, y Enrique Simonet vino sólo un día de visita. En ningún momento del siglo XVIII abrió sus puertas en Málaga una presunta Escuela Náutica de San Telmo. Para qué: nunca el Puerto de la ciudad ha tenido una actividad destacada. Ni Eduardo Strachan ni ningún arquitecto digno del recuerdo diseñó La Mundial. Habría estado bien que Gerald Brenan hubiese vivido en Churriana y que se hubiese traído a sus colegas de Bloomsbury. Pero aquello del esplendor industrial de finales del XIX y principios del XX no deja de ser un cuento con poca chicha.

Acabáramos: ni John Lennon, ni Frank Sinatra ni Thomas Bernhard pisaron ni una sola vez Torremolinos. A quién se le ocurre. No hay motivos para dedicarle nada aquí a María Zambrano, ni a Vicente Espinel. ¿Acaso no nacieron en otro pueblo? Miguel de Molina vino al mundo, según consta en el registro civil, en Sevilla. Y nunca, que se sepa, acudió Miguel de los Reyes al encierro del Cristo de los Gitanos. El seudónimo De la Calzada hace en Chiquito referencia a su ascendencia irlandesa. Y nunca hubo en Málaga nada parecido a un Café de Chinitas, en el que, en consecuencia, nunca se dejaron caer ni Federico García Lorca ni Salvador Dalí. Ya me dirán qué protección merecen corralones como los de La Trinidad cuando nunca los hubo, ni casas dignas de rehabilitación en Lagunillas, ni en parte alguna. No hubo alemanes a los que dedicar un puente, ni ingleses a los que dedicar una cañada. En el Cementerio Inglés, por cierto, no descansa ningún personaje de trascendencia histórica. Ni mucho menos en el de San Miguel, estaría bueno. Por otra parte, a ver cuándo actuaron Genesis o Paul Simon en la Rosaleda, o James Brown en la Malagueta, o The Rolling Stones en el Puerto, o Lou Reed en el Teatro Cervantes. A ver qué valor arquitectónico, histórico, artístico o monumental hay en esta bendita ciudad. Será cuestión, de una vez, de hacer tabula rasa, meter la piqueta y empezar de nuevo. Y, si acaso, poner una placa. Y todo el mundo contento.

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