Calle Larios

En la ciudad real (o no)

  • Reclaman las asociaciones de hosteleros que la aplicación de la normativa sobre ruidos se ajuste a “la realidad” de la ciudad. Y la realidad parece consistir en que aquí no vive nadie. Quién sabe

Todo dependerá, pues, del cristal con que se mire. Todo dependerá, pues, del cristal con que se mire.

Todo dependerá, pues, del cristal con que se mire. / Málaga Hoy

MIENTRAS esperamos a comprobar si podremos tomarnos algo en el centro el próximo día 30 para celebrar la inauguración del beatísimo alumbrado navideño de la calle Larios, los hosteleros que barajan la huelga para este día reclaman que la aplicación de la normativa de ruidos que corresponde al Ayuntamiento se ajuste a la “realidad” de la ciudad. Con esta expresión, de hecho, se dirigieron a un servidor los community managers de Mahos a través de una red social hace unos días. Y la realidad, apuntan, es que el centro de Málaga ya no puede calificarse como una zona residencial por una sencilla razón: aquí ya no vive nadie. De modo que cabe considerarla, más bien, una zona de gran afluencia turística, y a esto debería atenerse el alcalde a la hora de dictaminar qué nivel de ruido es capaz de soportar el área y qué sanciones hay que barajar en caso de que se supere. Si resulta que en el centro no vive nadie, claro, pues no hará falta que venga De la Torre a pedirnos que hablemos bajito: podremos comunicarnos a grito pelado mientras pedimos la penúltima a las tres de la mañana, tan panchos. Esto de la realidad, no obstante, es un asunto peliagudo. Definir qué es real y qué no lo es resulta mucho más complicado de lo que parece, sobre todo cuando se trata de aplicar una ley. Podemos definir la realidad como lo que yo digo que es real, de manera que póngame usted el decreto a esta altura, con lo cual el debate queda zanjado. Pero no parece descabellado sospechar que a veces lo real es distinto de lo que cada uno entiende por real; la idea de que la realidad pueda seguir a sus anchas sin que le prestemos atención, de que nos sobreviva incluso, puede resultar perturbadora, pero así es como funciona el mundo. Philip K. Dick lo expresó muy bien al señalar que la realidad es todo lo que sigue sucediendo cuando dejamos de pensar en ello. Ortega quiso ser mucho más pragmático cuando afirmó que hay tantas realidades como puntos de vista, pero si decidiéramos llevar semejante relativismo hasta las últimas consecuencias podríamos concluir, por ejemplo, y con igual autoridad, que todos los que creen estar cuerdos están locos y todos los locos, cuerdos. Albert Einstein le puso sal al asunto cuando apuntó que la realidad no es más que una ilusión, aunque muy persistente (y recordemos que Einstein rechazó el modelo cuántico que luego quedó ampliamente demostrado). Pero nadie ha desentrañado la realidad con la clarividencia de Descartes, el más radical y peligroso de todos los filósofos. Descartes pone en duda absolutamente todo lo que sus sentidos interpretan como real, ya que considera que puede tratarse de una ilusión fabricada por su propio pensamiento. Si esto es cierto, resulta que lo único que podemos aceptar como real es el pensamiento, con lo que no podríamos fiarnos de cualquier acontecimiento que sucediera fuera de la razón. Si Descartes paseara por Málaga diciendo estas cosas, sospecho que no le dejarían entrar en ningún bar.

Si Descartes paseara por Málaga diciendo estas cosas, sospecho que no le dejarían entrar en ningún bar

Porque quién sabe, igual estos hosteleros tienen razón y la realidad es que el centro es un páramo desierto. O a lo mejor también es real que sólo en la conocida como almendra del centro histórico viven, según los últimos censos, unas 4.800 personas. Si hacemos caso a Descartes, cualquiera de estas opciones podría ser real: lo importante es lo que la razón sea capaz de asimilar como tal. A lo mejor la realidad es también que hace unos veinticinco años residían en la misma superficie del centro unos 25.000 habitantes, y que desde entonces el área ha visto cómo perdía su población en porcentajes crecientes cada año. Y, quién sabe, igual forma parte de la realidad el hecho de que el Ayuntamiento ha recibido en los últimos años inversiones de distintos fondos europeos por unos doscientos millones de euros que debían dedicarse exclusivamente a la repoblación del centro; pero que, al mismo tiempo, y para beneficiar a un sector hostelero considerado clave en la turistificación de la ciudad, ha pasado por alto la aplicación de su propia normativa de ruidos, con lo que el centro se ha convertido en un lugar cada vez menos habitable; así que, de paso, el Consistorio también ha incumplido las exigencias por las que recibió las inversiones de la Unión Europea. Podría ser que la realidad consistiera en un plan trazado desde hace décadas para vaciar el centro y convertirlo en una feria permanente sin vecinos pelmas. Y a lo mejor también es real el éxito con el que el plan ha tenido cumplimiento, a falta de los últimos resistentes. Igual lo real no es la ciudad, sino la city chachi ansiada por ciertos concejales. Quién sabe.

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