Calle Larios

El derecho a vivir en Málaga

  • A la hora de debatir sobre la ‘crisis’ de la vivienda siempre se señala a la burbuja inmobiliaria como causante de todos los males. Pero la responsabilidad municipal tampoco es pequeña

La opción segura de comprar o alquilar una casa ha quedado en manos de unos pocos; el resto se parece a la ruleta rusa. La opción segura de comprar o alquilar una casa ha quedado en manos de unos pocos; el resto se parece a la ruleta rusa.

La opción segura de comprar o alquilar una casa ha quedado en manos de unos pocos; el resto se parece a la ruleta rusa. / Efe

Hace unos días estuvo en La Térmica el sociólogo británico David Madden, que pronunció una conferencia titulada En defensa de la vivienda, basada en su libro homónimo. No pude ir, la verdad, y fue una pena, pero sí he podido leer su libro (en España lo ha publicado el sello Capitán Swing) y algunas entrevistas que ha concedido estos días de gira por España. En todo caso, resulta altamente ilustrativa la aplicación de las ideas fundamentales que expresa Madden (por otra parte evidentes y meridianas, aunque pocas veces ha bastado con llamar a las cosas por su nombre para demostrar el mejor de los criterios) a Málaga y su situación respecto a la vivienda. Sobre todo, por el modo en que se han aceptado ciertos extremos a costa de mostrar sólo una parte de la historia. Madden desconfía mucho para empezar de la expresión crisis de la vivienda, porque en realidad los únicos que tienen motivos para hablar de crisis son los trabajadores que pretenden habitar una casa a día de hoy; más allá de sus bolsillos, el estallido brutal de los precios y la imposibilidad de optar a una residencia digna, mandado a hacer gárgaras el derecho fundamental de la Constitución al respecto, obedece a un plan dirigido a una revalorización del suelo público de la que se ha expulsado a los ciudadanos sin que nadie diga ni mu. No es el viejo cuento de la conspiración lo que relata Madden, sino la consecuencia directa de la aplicación de políticas concretas. Todo esto coincidió con la normalización de una noción de vivienda considerada como foco de inversión en lugar de espacio para vivir, lo que ciertamente derivó en la consabida burbuja, pero más aún en la legitimidad social respecto a aquellas políticas de revalorización del suelo. Prueba de todo esto es la evidencia de que el sector más afectado por la crisis, el inmobiliario, fue el primero en recuperar sus volúmenes de negocio previos a la misma crisis, aupado por un disparo de los precios que convertía el alquiler en un objetivo inasumible para la mayoría (hasta el punto de que muchos que vivían de alquiler se plantearan convertirse en propietarios únicamente por disponer de más facilidades para la financiación, lo que puede considerarse una práctica económica de la ruleta rusa). El esplendor inmobiliario ha vuelto, es cierto, y con mayores garantías de estabilidad a pesar de que todo apunta a una nueva burbuja, por una nueva razón: aquella clase trabajadora que antaño podía pagar la casa en la que vivía ha sido convenientemente barrida bajo la alfombra para que el negocio quede en manos de otra clase minoritaria que sí puede permitirse casas exclusivas en los centros de las ciudades o en lujosas áreas residenciales. Sí, Madden introduce la política de clases, y lo hace con acierto en la medida en que quienes han pagado la crisis quedan delimitados por un espectro socioeconómico bien concreto. La indefensión a la que han quedado expuestos quienes antaño tenían o alquilaban una casa para vivir en ella es tristemente manifiesta.

Los ciudadanos han sido expulsados de los posibles beneficios derivados del suelo, pero lo más llamativo es la ausencia de un debate al respecto

La cuestión clave es el suelo: las ciudades han vendido su mayor riqueza a los inversores, y tan grande ha resultado ser el margen de beneficio que la idea de que esa rentabilidad debía haber correspondido a los ciudadanos ha sido defenestrada bajo la orden general de silenciamiento. A cambio, se ha convencido a los ciudadanos de que sí salen beneficiados de la explotación comercial del suelo a cuenta de las posibilidades de empleo puestas en juego, mientras los centros de las ciudades se han ido vaciando poco a poco. Pero la realidad es otra, con una clase trabajadora cada vez más empobrecida que necesita varios empleos ya sólo para pagarse el alquiler. Lo sorprendente, por no decir escalofriante, de todo este asunto es el modo en que el discurso encaja en una Málaga en la que el debate sobre la cuestión ha brillado por su ausencia. Hace unos días tuve una conversación con un alto responsable de una de las entidades financieras más importantes de España y él me recordaba que, mientras el resto del país vive una situación de parálisis económica, incluso en el turismo, Málaga crece al 18%. Pues claro. Pero va siendo hora de preguntarse a qué precio, porque sólo en materia social el coste ya es inasumible. Si en Málaga no se pueda vivir de forma digna, habrá que atenerse a las consecuencias. Y a ver qué dicen entonces los amados inversores.

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