Calle Larios

Por un maldito euro

  • El 7% de la población malagueña reside en áreas de exclusión social, pero los guetos son mucho más porosos y visibles de lo que se tiende a creer: la excluida es la ciudad entera

Si la exclusión social asoma en los lugares más insospechados, la solución pasa por un proyecto de ciudad, no por parches en determinadas áreas. Si la exclusión social asoma en los lugares más insospechados, la solución pasa por un proyecto de ciudad, no por parches en determinadas áreas.

Si la exclusión social asoma en los lugares más insospechados, la solución pasa por un proyecto de ciudad, no por parches en determinadas áreas. / Málaga Hoy

EL miércoles no fue un día de perros, pero casi. Sí tal vez uno de ésos en que no sabes muy bien cómo vas a llegar al final y en los que necesitarías estirar el reloj al menos un par de horas para que todo esté en su sitio mientras terminas de fregar bien lo que ha salido sucio del lavavajillas con una mano a la vez que publicas un artículo en la web del periódico con la otra, a toda pastilla porque hay que empezar a hacer la comida y luego salir disparados para que Irene llegue puntual al conservatorio. En fin, lo que se cuenta la mayor parte de la gente todos los días. Sólo que a veces, incluso sin motivo aparente, la cuesta parece mucho más empinada, como si el martes hubiese sido un paseo en comparación, que tampoco lo fue. La cuestión es que tuve que coger el coche y al mediodía me las tuve que apañar para aparcar cerca de casa, lo que a ciertas horas no resulta precisamente sencillo. Barruntaba yo las vueltas que tendría que dar, y el tiempo que con todo ello iba a perder, cuando vi de lejos una plaza flamante y holgada en la misma puerta del bloque en el que vivo. De pronto vi el cielo abierto y algo parecido a la Música acuática de Haendel sonó en mis oídos: problema resuelto, mira qué bien, aquí te pillo aquí te mato. Y me disponía a iniciar la maniobra cuando me percaté de que alguien venía corriendo por la otra acera. Un tipo barbudo, canijo, vestido con un chándal y una gorra deportiva se me puso justo al lado y empezó a hacerme señales para que girara hacia la izquierda. No puede ser, pensé: nunca ha habido gorrillas en mi calle y justamente aparece uno el día menos oportuno. En éstas me quedé sin mover el coche mientras el asistente espontáneo se limitaba a quedarse de pie junto a la pared y a mirarme extrañado, tal vez mientras se preguntaba qué mosca me había picado. Me vi entonces sumido en un dilema: si continuaba y aparcaba mejoraría considerablemente la jornada. Todo consistiría en darle un euro al tipo y en felicitarle las pascuas. Pero, seguramente por el estrés que traía acumulado, me sentí invadido por una indignación primaria. Un orgullo del volumen de la Estación Espacial Internacional me provocaba arcadas ante la sola idea de echar mano a la cartera y darle una moneda al menda porque sí, por su cara bonita. Si aparcaba y no se lo daba, pensaba sin mover el volante, recordando alguna funesta experiencia del pasado, corría el riesgo de encontrarme un hermoso bollo en la carrocería cuando volviera a por el coche. Y ya está bien, maldita sea, de pagar por todo, a unos y a otros. Nunca he tenido que pagar por aparcar en mi calle y no voy a hacerlo ahora. Así que salí de allí y me fui a aparcar poco más o menos a Matalascañas. Llegué a casa después de una larga caminata y un cabreo de altura por el maldito miércoles pero con mi euro intacto en la cartera. Exactamente para esto sirve esa mierda llamada orgullo.

Por la noche volví a casa a pie desde la redacción, como siempre, soñando con el momento de sentarme un rato en el sofá con mi familia. Y el gorrilla seguía allí, en mi calle, a tres manzanas de mi casa. Pero ya no ejercía de aparcacoches; se había buscado un negocio poco rentable, porque en el barrio los turismos, una vez aparcados, se mueven más bien poco. Esta vez rebuscaba en un contenedor de la basura: se ayudaba con el palo de una escoba para mantener abierta la tapa y se alumbraba con una linterna pequeña, de ésas que van adosadas a un llavero, en busca de a saber qué. Llevaba tres o cuatro bolsas de plástico en una suerte de transportín esquelético. Registraba con dedicación y energía, dándose prisa seguramente antes de que llegaran los camiones de la recogida. Y entonces me interesé por su historia. Me habría gustado saber quién era, cómo había llegado hasta allí. Debía tener tal vez 35 años, menos de 40 seguro. Por lo que se podía ver bajo su barba y su gorra sus rasgos no delataban una procedencia extranjera, pero quién sabe. No he vuelto a verlo desde entonces. Dice el último estudio de la Junta de Andalucía que el 7% de la población de Málaga vive en zonas de exclusión social, y tendemos a imaginar estas áreas como guetos, recintos de los que no sale ni entra nadie, fuera del alcance de la vista. Pero la exclusión se busca la vida a nuestro lado, en nuestra misma calle. Nos toca de cerca aunque prefiramos no verla. Los guetos son mucho más porosos de lo que a más de uno le gustaría. Si en una ciudad hay una sola zona de exclusión, toda la ciudad lo es. Con euro o sin él.

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