Calle Larios

Ya tenemos el teatro, sólo falta el Soho

  • Ahora que todo el mundo va a poner sus ojos aquí, igual no sería mala idea llevar de una vez a buen término aquello del Barrio de las Artes y no contentarse con los apartamentos turísticos

Si la cuestión era poner apartamentos turísticos a cuenta de lo bonitos que quedaron los graffitis, entonces bien está. Si la cuestión era poner apartamentos turísticos a cuenta de lo bonitos que quedaron los graffitis, entonces bien está.

Si la cuestión era poner apartamentos turísticos a cuenta de lo bonitos que quedaron los graffitis, entonces bien está. / Javier Albiñana (Málaga)

Pues qué quieren que les diga, la llegada del Teatro del Soho Caixabank (pongámoslo así, con todas las letras, para solaz de los patrocinadores) a Málaga de la mano de Antonio Banderas despierta en un servidor una ilusión como de víspera de Reyes Magos. Mi lado bueno cojea de la pata del teatro, maldita sea, así que comprenderán que contar a veinte minutos de casa con un espacio escénico dirigido por Lluís Pasqual, tal vez el hombre más importante del teatro español en el último medio siglo, es motivo suficiente para la salivación pavloviana y la satisfacción ante las previsiones; con que aguardo con ganas el día de noviembre en que el telón se alce el teatro de la calle Córdoba para la representación de A Chorus Line, por más que hubiera preferido un David Mamet, pero no me hagan caso que esto son manías mías (la decisión de inaugurar con el musical y con Antonio Banderas en el reparto difícilmente podría haber sido más acertada, al menos a priori, aunque ciertos expertos en musicales pongan objeciones al título dado que no es un espectáculo que se lo ponga precisamente fácil al público; ya habrá ocasión, en todo caso, de evaluarlo todo a su debido tiempo). Sé bien que cuando ponga el pie en sus dominios por primera vez me acordaré del Teatro Alameda, de sus salas de cine, de las muchas funciones memorables que allí disfruté (se me vienen a la cabeza aquel Calígula de Camus que representó la compañía cubana El Público hará veinte años, todas las veladas con El Brujo, los maravillosos e históricos Animales artificiales de Matarile que programó el Festival de Teatro allá por 2008, las risas con Faemino y Cansado, Ay, Carmela con Verónica Forqué, The Tiger Lillies, tanto buen teatro que hemos visto aquí); y tendrá sentido que sea un teatro, nuevo, flamante, tan lleno de promesas, el que tome el relevo de aquel otro teatro, con tal de que la memoria quede confortada y podamos escribir por una vez el relato de la ciudad con cierta lógica continuidad, a mejor, sin lamentar a los muertos para celebrar a los vivos. Pienso, también, en la oportunidad que el Teatro del Soho Caixabank (ejem) entraña para Málaga, por las posibilidades de proyección y porque, aunque no lo parezca, hay gente en España dispuesta a hacer kilómetros para ver una obra de teatro. Y es aquí donde creo que falta una respuesta en clave de ciudad a la altura. Vale que con todo aquello del Astoria pasó lo que pasó y se acabó como se acabó, pero que la inversión para el Teatro del Soho sea estrictamente privada no resta argumentos a la evidencia de que aquí hay una oportunidad que debería ser aprovechada. Y me refiero, sí, al barrio del Soho, para el que el teatro significará un motor decisivo pero no suficiente.

El Soho merecería una planificación más consensuada y seria, que percibiera el barrio no como un cúmulo de cosas sino como un sujeto propio

O podríamos considerar que aquella idea tan bonita del Barrio de las Artes se quedó a mitad de camino, sin terminar, y con más predicamento de voluntades que éxitos materiales. Es absurdo negar que el entorno ha experimentado una transformación notable en los últimos años, como lo es negar que esa transformación ha sido insuficiente, salvo que el proyecto real consistiera en poner los alquileres por las nubes, entregarse a los brazos de los apartamentos turísticos y darle algo más de cancha a la especulación a cuenta de lo bonitos que quedaron los graffitis del defenestrado MAUS. Creo recordar, sin embargo, que en algún momento el plan pasaba por crear un espacio urbano favorable a la actividad cultural, con galerías de arte, salas de conciertos y rincones con encanto parisino, todo así de cuqui; y lo poco que hay al respecto tiene que ver con lo que ya había o lo que algunos quijotes han decidido incorporar por su cuenta y riesgo, de manera autónoma. El Soho merecería una iniciativa más ambiciosa y más planificada, una guía consensuada y seria que percibiera el barrio no como un cúmulo de cosas sino como un sujeto propio, con identidad reconocible y señera, que para eso a alguien (ay, Sergio) se le ocurrió llamar a esto Soho. Tras la renovación de la Alameda, el teatro de Banderas obliga a dejar el barrio a la altura, porque no siempre (ni mucho menos) vamos a tener trampolines de tal calibre. Todo lo que no sea impulsar aquí el verdadero corazón de la ciudad será perder el tiempo. Y el dinero.

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