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Coronavirus en Málaga

Viernes de esperanza

  • En las farmacias faltan algunos suministros esenciales, pero a veces las colas ofrecen conversaciones bien dignas de atención

  • Las ventanas y balcones se convierten en trasuntos de la calle, llenos de miradas que anticipan el momento en que Málaga volverá a ser la que fue

Colas en una panadería, con las distancias de seguridad respetadas. Colas en una panadería, con las distancias de seguridad respetadas.

Colas en una panadería, con las distancias de seguridad respetadas. / Javier Albiñana (Málaga)

Una farmacia en Segalerva. En la puerta hacen cola seis o siete personas. Una mujer aguarda su turno mientras conversa con otra, a la distancia convenida: "Estos días he estado pensando mucho en las personas que viven privadas de libertad. No sólo en los enfermos y los mayores que no pueden salir de sus casas, también en los presos. Las cárceles funcionan como un mundo aparte, como algo que no tiene que ver con nosotros, pero ahora podemos hacernos una idea mejor del destino que espera a alguien cuando es enviado a prisión. Voy a pedirles a mis alumnos que reflexionen y escriban sobre el tema". Al escucharla pienso en Foucault, en su invitación a la crítica del sistema penitenciario, que consideraba poco menos que una deidad asumida desde antiguo por las distintas civilizaciones sin que en ningún momento se haya propuesto una alternativa en firme, como si constituyese un pecado el mínimo recelo del modelo impuesto y tradicionalmente aceptado. La progresiva humanización de la condena no erosiona la evidencia de que los Estados siguen enviando a la gente a la cárcel como pago por sus delitos, sencillamente porque a nadie se le ha ocurrido una solución mejor (y si se le ha ocurrido a alguien, ha sido debidamente silenciada) y que, en realidad, muy pocos saben qué es exactamente eso. Esta mujer tiene razón: tal vez el confinamiento obligado ofrezca una oportunidad a la sociedad para reflexionar sobre el destino de las personas privadas de libertad. Y, quién sabe, para debatir sobre la idoneidad de este mecanismo. La cola se mantiene mientras llega una joven cuya indumentaria revela su calidad profesional del sector sanitario. Seguramente ofrece atención domiciliaria. Pide permiso a quienes guardan cola "sólo para hacer una pregunta" pero no hace falta: todos los presentes se repliegan para que la chica pueda acercarse a la mujer que atiende en el mostrador. "¿Tenéis alcohol?" "No, nada desde ayer". "Es terrible, no hay en ningún sitio. Bueno, gracias y adiós". Las dos han mantenido tan breve diálogo a través de sus mascarillas. Con tanto afán en la protección y el aislamiento, resulta que el déficit afecta a suministros esenciales como el alcohol. La joven sale disparada en dirección, presumiblemente, a otra farmacia. Y a otra más. Mientras la epidemia crece, la desinfección cotidiana se complica. Se cruza con un hombre que fuma casi con agonía bajo su mascarilla. Parece sacado de un sketch malo de la televisión de los 80. El hombre va a lo suyo, pero la chica logra salvar el envite a suficiente distancia.

Suministros básicos en una farmacia de Málaga. Suministros básicos en una farmacia de Málaga.

Suministros básicos en una farmacia de Málaga. / Javier Albiñana (Málaga)

Y es la distancia la norma imperante en las relaciones sociales. En la Plaza Lex Flavia coinciden unos cuantos vecinos que han salido a la calle a pasear a sus perros. Casi todos (los vecinos) llevan mascarilla. Los perros arden en deseos de acercarse, de jugar, de olisquearse, pero sus dueños los contienen mientras se saludan desde la lejanía estipulada, manos alzadas, barbillas al cielo, cómo va eso, tirando, y la familia, por ahora bien, gracias, todo en voz alta. La crisis sanitaria ha eliminado cualquier posible complicidad en la calle: nada de confesiones al oído, nada de declaraciones de amor, nada de susurros ni de cotilleos en voz baja. Sólo cabe hablar en voz alta y en total claridad para ser oídos. Los receptores están demasiado lejos. Esta misma plaza es habitualmente un alboroto constante: cuando no llega el rumor de las clases desde el colegio, los niños juegan y corretean a gusto a lo largo y ancho del enclave mientras sus padres toman un café o una cerveza en alguna de las terrazas disponibles. Ahora, la Plaza Lex Flavia es un páramo inerte y ajeno a aquellas estampas. Igual que la calle San Millán. Un minuto después, los paseadores y sus perros han desaparecido. Sólo unas cuantas palomas muestran signos de vida, pero la impresión se difumina también al instante. Pasa un autobús de línea vacío justo al lado, frente al Conservatorio. Asoma entonces una limpiadora de Limasa, que escucha la radio en un transistor a pilas mientras barre la acera con eficacia. Otros operarios municipales limpian y acondicionan las jardineras. Han estado ahí todo el rato, invisibles, haciendo su tarea en escrupuloso silencio. En las noticias, las autoridades sanitarias Chinas que han llegado a Milán advierten de que las medidas de confinamiento impuestas en Italia no son suficientes. Ya sabemos que aquí tampoco.

Las autoridades sanitarias Chinas que han llegado a Milán advierten de que las medidas de confinamiento no son suficientes. Ya sabemos que aquí tampoco

Los altos edificios de la calle San Millán ofrecen un paisaje surcado de miradas. A esta hora de la mañana, bajo el cielo gris, hay cantidad de gente asomada a sus ventanas y balcones. En tiempos de cuarentena, los escasos metros domiciliarios abiertos al aire libre se convierten en trasunto de la misma calle, con un aprovechamiento máximo. Hay residentes que toman un refresco en mesitas instaladas en sus balcones, sentados en sillas de playa. Una joven aprovecha el resquicio de su breve terraza para leer un libro y tomar algo el sol, aunque el cielo se empeña en vestirse de gris y el viento corre frío en el primer día de primavera. En otras terrazas han habilitado televisores, equipos de música, instrumentos y telescopios para disfrutar las observaciones nocturnas de planetas y nebulosas en los que no hay ni rastro del Covid-19. Un matrimonio entrado en años juega al parchís y sacude los cubiletes con parsimonia digna de escribas antiguotestamentarios. Otro vecino alimenta a sus pájaros enjaulados y algunos conversan de balcón a balcón, comparten inquietudes, se ofrecen mutua ayuda, preguntan por la salud de los suyos. Pero son muchos más los que se asoman a sus balcones, a sus terrazas o simplemente a sus ventanas, detrás de cristales empañados, a mirar. A perder la vista en el breve horizonte que delimitan los edificios contiguos. A hacer su particular seguimiento de las calles, a recorrerlas desde sus casas, a anticipar el día en que podrán volver a salir a sus anchas, abrazar a los amigos, tomar una cerveza en la plaza bajo el calorcito que el tiempo nos promete para bien pronto. Mirar es ahora mucho más que pasar el tiempo: es otra forma de sostener una promesa. Y de alimentar la esperanza, al cabo porque, por más que Séneca invitara a desechar toda esperanza con tal de aspirar a la mayor libertad, no sabemos vivir de otra manera. Mientras tanto, es ahí, en casa, donde se resuelve todo y donde la vida adquiere sentido. Atribuían los antiguos a Alejandro Magno esta sentencia: "De la conducta de cada uno depende el destino de todos". Un gato echa a correr bajo los coches. Se acabó la fiesta para las palomas.   

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