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Desescalada en Málaga

Una caña al sol con Antonio Banderas

  • Aunque la Fase 1 haya entrado a medio gas, el buen tiempo permite recuperar los escenarios en los que todos, famosos y anónimos, comparten los mismos placeres en este milagro barroco llamado Málaga

Antonio Banderas, este martes, en El Pimpi. Antonio Banderas, este martes, en El Pimpi.

Antonio Banderas, este martes, en El Pimpi. / Javier Albiñana (Málaga)

María es una mujer conocida en el barrio de la Victoria. Tiene un pronto estricto, tirando al mal genio, pero es capaz de derrotar al más pintado en una discusión informal con un humor digno de la Rosalinda de Shakespeare. Los setenta ya no los cumple, y no duda en hacer gala de su veteranía para salirse con la suya cuando la ocasión lo merece. A menudo habla de su marido, que si está haciendo tal cosa, que si ha dejado de hacer tal otra, que si se ha quedado en la casa, pero casi siempre va sola. Cuando entra a algún establecimiento, ya sea a la carnicería del Jardín de los Monos, a la farmacia, al bar Samoa o a donde sea, se dirige al encargado de atenderle por su nombre de pila (generalmente modulado en un sufijo diminutivo aparentemente cariñoso, cómo estás Martita, ponle más leche Antoñito, como para dejar claro quién manda) y en voz muy alta: tonterías las justas. Luce su melena cardada y cana con estilo de antaño y viste siempre con dignidad suficiente como para ir a una misa presidida por el señor Obispo. María es amable y atenta: cuando se le acerca la vendedora de los cupones, por ejemplo, para mostrarle la suerte del día, ella siempre le pregunta por la familia y por los niños. Dice lo que le da gana de quien sea, lo mismo del rey Felipe que de su médico, cuando le da gana, en voz igualmente muy alta, pero sin resultar grosera y sin decir nada que pudiera resultar incómodo a cualquiera. La suya es una habilidad extraña pero bien entrenada. Por eso se hace querer y su llegada es invariablemente celebrada por quienes comparten con ella desayuno, compra y los menesteres varios de la contienda diaria. Este martes al mediodía el Samoa estaba cerrado aún, al igual que otros establecimientos que han decidido tomarse con calma la Fase 1 y abrir más adelante, cuando puedan disponer todas sus terrazas al público con las medidas de seguridad correspondientes; así que María optó por otro bar del Compás de la Victoria, Los del Colmenar, donde también se la ve a menudo, para tomarse una caña debidamente cortejada por una tapa de queso. Y allí estaba María, sola, leyendo una revista, todavía puesta la mascarilla que no tardaría en guardar en su bolso, primorosamente doblada cual prenda heredada, para refrescarse como es debido. Saludaba María, siempre por su nombre, a cualquier peatón que quisiera darse por saludado mientras hacía lo posible por ignorar al chihuahua malpulgado que insistía en ladrarle con timbre agudo desde la mesa contigua. La reducción de la terraza, aquí como en otros bares del entorno, arrojaba una impresión de promesa por cumplir, de camino por hacer, de mandado resuelto a medias; a cambio, el Sol primaveral, claro y generoso, derrochaba su caudal sin hacer distinciones para que todo tuviera plenitud y sentido. En alguna otra parte del mundo algunos científicos advertían de que el Sol pierde potencia en sus emisiones de energía, como si amenazara con apagarse; en Málaga, sin embargo, el Sol sigue siendo el patrimonio intacto en el que caben todos.

Antonio Banderas, Javier Domínguez y María Casado, en otro momento del ágape en El Pimpi. Antonio Banderas, Javier Domínguez y María Casado, en otro momento del ágape en El Pimpi.

Antonio Banderas, Javier Domínguez y María Casado, en otro momento del ágape en El Pimpi. / Javier Albiñana (Málaga)

A menos de un kilómetro, y a la misma hora, alguien disfrutaba del mismo placer en un terraza distinta. Antonio Banderas tomaba una caña en El Pimpi junto a su hermano, Javier Domínguez, y María Casado, poco después de que el actor malagueño anunciara la creación de una productora de televisión asociada al Teatro del Soho cuya responsable es ya la popular periodista. El cónclave disfrutaba del asueto bajo la misma premisa: la inclinación a apurar el buen tiempo con una cerveza ahora que el clima y la desescalada lo permiten. Venía a decir Spinoza que, en lo que se refiere a los afectos, entre los que incluía al placer, todos los hombres quedan igualados por cuanto comparten la misma sustancia; y sorprende el modo en que Málaga llega a ser un escenario favorable a semejante función. Málaga es, sí, esa ciudad en la que puedes encontrarte a Antonio Banderas tomando una cerveza en una terraza al sol con sus amigos, en igual disposición que cualquier hijo de vecino; y lo más probable es que a nadie le importe. Aquí el protagonista es el Sol, no Banderas. De ahí que perdure, todavía, muy a pesar de los privilegios exclusivos de que presume, la singularidad barroca que en esta ciudad tiende a convocar a gentes de muy diversa condición justo bajo los mismos atractivos. Porque Málaga también es esa ciudad en la que quien pueda procurarse los lujos más caros deseará exactamente lo que está al alcance de todo el mundo. Por eso, de alguna forma, el regreso de las cañas al mediodía en coincidencia con la antesala del verano entraña un sortilegio primario, una ilusión de Día de Reyes. Por más que quieran convertirla en una city financiera, olvídense: lo mejor que se puede hacer en Málaga es no hacer nada. Descansar de uno mismo, detener de una vez el ruidillo infame que no cesa en la cabeza, emular a Diógenes de Sínope y no ser nadie, o ser sólo uno más en la multitud mientras el tiempo se detiene, ya seas María la del Compás o Antonio Banderas.

Málaga es esa ciudad en la que quien pueda procurarse los lujos más caros deseará exactamente lo que está al alcance de todo el mundo

Café en la calle San Juan. Café en la calle San Juan.

Café en la calle San Juan. / Javier Albiñana (Málaga)

Si faltaban los bares y las tiendas para que Málaga abrazara cierta normalidad, los ingredientes ya están aquí. Mermados todavía, a falta de la superación de los límites impuestos; y aún con cautela, ya que son muchos los establecimientos que quedan por abrir y no pocos los vecinos que quedan por dejar de pensárselo y bajar a la calle a disfrutarlo. Pero la prudencia es todavía reina, según dicta el coronavirus, y hay que atenerse a eso. Convendrá, por el bien de todos, que así sea, ya que Málaga tampoco necesita una Feria para que el personal le pierda el miedo a apretujarse lo que haga falta con tal de hacerse con un mojito. Tras el ambiente decididamente feriante que quedó en Pedregalejo el lunes por la tarde, aquí nos las den todas, echadle más nata a ese helado, el martes amaneció con la misma parsimonia del lunes, los churros en el centro y los memorables desayunos de La Recova en San Juan servidos con mascarilla, mi reino por otra tostada, que sean dos. Paseadores de perros, impecables hombres de negocios, runners de pacotilla con mallas del Decathlon, familias con sus pequeños en una perfecta disonancia para mediados de mayo, repartidores de los más dispares productos a domicilio, comulgantes en Los Mártires, compradores compulsivos en la calle Larios, ciclistas a destiempo, los distribuidores de bebidas que volvían a repartir en los bares del centro y otras asombrosas criaturas volvían a partirse la cara en Málaga un martes al mediodía a pleno sol, con todo a favor en esta ciudad sin turistas en patinete, con las terrazas a medio llenar, sin procesiones previstas en el próximo mes, sin cine ni teatro, sin alfombra roja ni biznagueros, en un tibio despertar que nos ha recuperado para la Alcaldía a un Francisco de la Torre dispuesto a agotar su mandato, con Cassá o sin él. Pues claro, qué se han creído: los malagueños hacen algo más que tomar cañas al sol. Que el Teatro del Soho y la casa de María necesitan quien los saque adelante, y no está el horno para todos los bollos. 

Como promesa de amor de verano, la Fase 1 está dejando, por lo tanto, episodios inolvidables. Eso sí, habrá que conservar los dedos cruzados para que nadie dé aquí marcha atrás. Como en todo lo importante, una Málaga a medias es igual a ninguna.          

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