Calle Larios | Desescalada en Málaga Viaje a la ciudad enmascarada

  • A falta de los turistas, que están al caer, poco a poco Málaga vuelve a ser la que fue

  • Eso sí, nos corresponde reconocernos sólo por lo que los ojos dicen de nosotros

Mascarillas en la playa: una invitación a la distopía.

Mascarillas en la playa: una invitación a la distopía. / Javier Albiñana (Málaga)

El martes pasado abrieron los museos y hubo que hacer la merecida cobertura informativa después de más de dos meses de clausura. El miércoles volví al Museo Picasso con Manuela a Irene para ver las Genealogías del arte antes de su despedida, ya que le quedaban pocos días, y guiado también por la curiosidad respecto a cuánta gente acudiría la mañana de un día cualquiera, sin turistas y con la clientela local como única posible. De camino, me encontré con Pedro Moreno Brenes en Lagunillas, que es seguramente el mejor sitio posible para encontrar a quien lo merece. Cruzarse con Pedro entraña siempre la posibilidad de compartir su bonhomía marca de la casa, aunque sólo sea lo justo para saludarse y expresar buenos deseos; ese gesto reconfortante y reconciliador de quien tiene nada que ocultar y mucho que ofrecer, ya saben a lo que me refiero. La cuestión es que lo vi venir y me costó reconocerlo en un principio. Del mismo modo, tuve la impresión de que también a él le costaba reconocerme a mí, por más que nos tengamos bien fichados el uno al otro. Había una razón de peso para la pequeña confusión que duró apenas un instante: los dos íbamos con nuestra mascarilla reglamentaria, así que únicamente disponíamos de los ojos para llevar el reconocimiento a buen puerto. Después fue todo fácil, como siempre: Pedro Moreno Brenes es una de esas personas a las que ni una mascarilla logra borrar la sonrisa. Tras una breve charla continuamos cada uno nuestro camino y reparé en que la obligatoriedad del uso de la mascarilla en los espacios públicos, dictada por el Gobierno para los casos en los que no sea posible preservar la distancia de seguridad (es decir, para prácticamente todos en cuanto se sale a la calle), tenía un seguimiento masivo. Ni en la Plaza de la Merced ni en la calle Granada encontré a un solo peatón sin mascarilla. En serio. Al mismo tiempo, la desescalada seguía su ritmo y era mucha más la gente que poblaba las aceras, así como el tráfico rodado, en un ambiente similar al que cabría esperar un miércoles cualquiera. Ahora que Málaga se dispone a pasar a la Fase 2, la impresión será más parecida aún a la que nos dejaba la ciudad antes de la epidemia, lo que podrá ser una alegría pero también, de momento, una llamada a la prudencia. Y será de esperar que, como signo claro de la Nueva Normalidad, la mayoría del personal comparezca al aire libre con la mascarilla en ristre y, si puede ser, bien puesta, que no es tan difícil. El caso es que, conforme Málaga vuelva a ser la que fue y nos reencontremos por ahí, a saber dónde, lo haremos con la mascarilla puesta. Y eso significa que sólo nos quedarán los ojos para reconocernos. Tan mínima porción del rostro habrá de ser suficiente para dirigirnos a nuestros seres queridos o, cuanto menos, conocidos; y a partir de ahí, claro, ni besos, ni manoseos ni palmaditas en la espalda: los saludos habrán de seguir el más aséptico protocolo al que otras civilizaciones, maldita sea, llegan bien entrenadas.

Definitivamente, comprar es ahora un acontecimiento mucho más gris. Definitivamente, comprar es ahora un acontecimiento mucho más gris.

Definitivamente, comprar es ahora un acontecimiento mucho más gris. / Javier Albiñana (Málaga)

No crean que el asunto al que me refiero es baladí. Un servidor es un negado tanto para las caras como para los nombres, así que dudo mucho de la capacidad propia para reconocer a Don Tal o a Doña Cual sólo por sus ojos, lo que en un periodista puede llegar a ser una tragedia. Resulta que ahora volvemos a los bares que nos gustan, a las tiendas que preferimos, a los museos que veneramos, a la playa que evitamos, incluso a los centros comerciales en los que nos dejamos el salario (a cualquier sitio, vaya, menos al cine y al teatro: no por previsible el crimen es menos doloroso), con la gente que queramos pero privados del rostro propio y del de los otros. Y esto merece alguna llamada de atención urgente. Como ciudad abocada a una proyección de órdago y a una calidad cosmopolita, en un tiempo récord y gracias a los museos (de nuevo), el turismo, Antonio Banderas, El Pimpi, los rascacielos que vendrán y la memoria que se perdió, Málaga ha enfriado de manera notable en los últimos años sus rasgos más humanos, los que nos corresponden como especie. Cada vez es más complicado que alguien te dé las gracias si le sostienes la puerta, o que te respondan con una sonrisa en un cruce de caminos, o que te den los buenos días antes de pedirte lo que sea. El síndrome del muerto viviente se ha propagado a una velocidad mucho mayor que la pandemia del coronavirus, lo que demuestra hasta qué punto Málaga se ha convertido en una gran capital, para satisfacción de unos y consuelo de otros. Justo cuando el miércoles me dirigía al Museo Picasso, mientras esperaba el cambio del semáforo en la Plaza de la Merced, un coche adornado con numerosas banderitas nacionales, estratégicamente colocadas aquí y allá, se detuvo junto a la valla de la antigua manzana del Astoria. Se bajó un joven ataviado con una mascarilla de tintes militares en la que lucía, igualmente, la enseña nacional y sacó del coche dos hermosos ramos de flores en sus respectivos jarrones. Adiviné enseguida, lo que no era difícil, que el joven se dirigía a la parroquia de Santiago, y allá que continuamos en la misma dirección cuando la luz verde nos lo permitió. En éstas, ya en la calle Granada, al joven se le cayeron las llaves del coche al suelo. Se disponía ya a agacharse y a zafarse de un jarrón para coger las llaves cuando le avisé de que no lo hiciera, de que ya se las recogía yo. Y eso hice. Le pregunté si necesitaba ayuda para llevar los ramos, pero me quedé sin respuesta. Trincó las llaves y siguió sin decir ni pío ni dar las gracias. Fue un detalle insignificante, pero, como advertía Ralph Waldo Emerson, a menudo los detalles insignificantes son más reveladores que los discursos pronunciados en los púlpitos. Me sentí entonces como un viejo chocho que empieza a despotricar de los jóvenes de ahora, aunque no abrí la boca. Me limité a desear en mi fuero interno que el joven lograra prestar menos atención a las banderas y más a las personas.

Las mascarillas nos salvarán del Covid-19, pero a cambio multiplicarán la epidemia del virus zombie

La cuestión es que seguramente las mascarillas nos salvarán del Covid-19, pero a cambio multiplicarán la epidemia del virus zombie. Acaso, ¿qué sentido tiene esbozar un gesto de agrado, o de enfado, de alegría o de tristeza si no lo va a ver nadie? El filósofo Emmanuel Lévinas asentó todo su pensamiento, de adscripción poderosamente personalista, en el rostro del otro: desde que nacemos, es el rostro ajeno, mucho más que el propio, el que nos define y construye como personas. Sin rostros, entonces, esa guía está perdida. La despersonalización nos llega servida en bandeja de plata, acaso para prolongar la fortuna de un modelo urbanístico, consagrado al consumo rápido, a la mercantilización de la movilidad y a la eliminación de espacios comunes en los que simplemente estar, que nos ha convertido a los malagueños en extraños. Y no deja de resultar lamentable que haya que pagar semejante precio para que hablen de nosotros en The New York Times y en la World Travel Market. Será divertido, mientras tanto, y por si acaso, asegurarnos de que seguimos esbozando nuestros gestos debajo de la mascarilla. Aunque no los vea nadie. Como un cierto ejercicio de resistencia. Además, el gesto, como el espíritu, sube a los ojos y allí se deja notar, se delata. Estoy seguro de que, en mis encuentros de aquel día, Moreno Brenes esbozó su sonrisa y el joven al que se le cayeron las llaves del coche mantuvo una impasibilidad absoluta. Mi amigo Pablo Ríos, que es librero en Barcelona, dice que tras la clausura quien es amable lo es más y quien es un sieso lo es más igualmente. Y eso es todo. La bastaron un par de días de actividad tras la reapertura en el establecimiento donde trabaja para llegar a tal conclusión. Y tiene razón, supongo. Una ciudad es un laboratorio maravilloso donde cada uno puede ensayar las habilidades que, como ser humano, le corresponden. No se trata, únicamente, de atraer al turismo. También de ejercer la ciudadanía de una forma tan sencilla. Con mascarilla o sin ella. No importa.

La adivinación de los sentimientos entraña un misterio mayor si no hay rostros. La adivinación de los sentimientos entraña un misterio mayor si no hay rostros.

La adivinación de los sentimientos entraña un misterio mayor si no hay rostros. / Javier Albiñana (Málaga)

Por cierto, llegué al Museo Picasso y sí, había bastante gente. La exposición estaba prácticamente al límite de la limitación del aforo impuesta. Todos los visitantes eran malagueños con sus mascarillas puestas y con ganas de arte y exposiciones, gente que lo había echado de menos de verdad. Así que hubo, por mi parte, una reconciliación sincera. Digamos que es más fácil encontrar a gente amable en un museo, aunque también aquí te puedes topar a especímenes de cualquier clase. Málaga se ofrece ahora como objeto de un deseo sofocado tristemente durante meses, pero, lo siento, el mejor espectáculo lo siguen ofreciendo las personas. Incluso con el rostro tapado. Por mi parte, nada de esto tendrá sentido mientras no abran los cines y los teatros. También los ojos serán, entonces, suficiente.         

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