Málaga

Oreja a la brillantez de capa de Garrido

La consecución numérica obliga a referirse a la corrida de ayer como "la primera de feria". Sin embargo, resulta contradictorio hacerlo cuando en la inauguración de esta semana festiva no hubo toros. La misma sorpresa que se extiende al ver a tres toreros, y no a tres novilleros, abriendo el paseíllo de la semana grande malagueña. Pese a esto, hubo un recuerdo especial al médico Luis Méndez con un minuto de silencio para tan querido aficionado.

La de Lagunajanda fue una corrida con matices destacables, primando las deslucidas embestidas pero con el punto de transmisión que necesita el aficionado de la tierra. El Cid mostró durante toda la tarde una faceta capotera inusual, quizá propia de la madurez, recibiendo a sendos oponentes con lucidos ramilletes de verónicas y dejando a los toros en suerte, con más o menos fortuna. A su primero, falto de fuerza y rozando la invalidez, le dejó tiempo para afianzarse al albero, logrando jaleadas tandas por la derecha pero faltas de limpieza y de espacio, fruto también de la mansedumbre encastada del animal. Una tanda buena por la izquierda y ahí quedó. La espada ni estuvo ni quiso estar y, tras entrar a matar por segunda vez, saludó desde el tercio. El cuarto fue áspero en exceso, intentando el de salteras anteponerse a las dificultades del animal. Comprendió Manuel Jesús, con la faena bastante desarrollada, que el animal requería un punto de provocación. Dando unos pasitos cortos hacia la cara del toro logró sacar algunos muletazos por la derecha que fueron reconocidos. Anduvo airoso por la cara hasta que volvió a tomar la tizona -ay, la tizona- para dejar media estocada a la segunda. Recibió el cariño del público en forma de ovación.

Paco Ureña no tuvo su tarde. Ni su lote. "Venga, Paquito", gritó un aficionado al estirarse a la verónica. No llegaría a más. Toreó bonito a caballo Pedro Iturralde y se le reconoció, hasta el momento, con los aplausos. Quién sabe si se llevará alguna distinción más. El de Ureña no tuvo casta; tan solo genio. Embestía a la defensiva y mucho que era, derrotando en seco y con un ritmo muy marcado: entrada limpia y final a la altura de los tobillos. Con la mano izquierda se evidenció el peligro. Macheteó rápido y a otra cosa, no sin antes pasar por el drama del descabello. Escucharía el silencio. Igual que en el quinto de la tarde. Un torazo que dijo hola a los abonados de la segunda grada con esos pitones corniveletos. Fue bien recibido por el respetable y despertó el interés de muchos al mostrar indicios de clase. Dos tandas duró. Buenas y exigentes pero solo dos que constataron lo que ya se sabía: un animal cuya bravura estaba cogida con alfileres. A partir de entonces, Paco Ureña pudo haber hecho la suerte de Don Tancredo sin ningún problema. El toro iba a los suyo, esquivando al matador para barbear las tablas. Tuvo lo mejor y lo peor de la tarde, pero la moneda cayó cruz. Dejó una estocada con habilidad tras dos pinchazos.

José Garrido fue el triunfador del festejo. Más allá del apéndice que le arrebató a su primero, el extremeño volvió trasformado moralmente. La actitud durante toda la tarde, en quites y suertes, reflejaron la reconversión hacia la torería que está afianzando. No solo llevó a los toros al caballo, también se encargó de sacarlos y de lancear con brillantez a la verónica, por delantales y bailar por chicuelinas a los toros de sus compañeros. El toreo conceptual y artista de capa fue el eje vertebrador de las buenas sensaciones que dejó. Al tercero del festejo, pese a no lidiarlo en los que posiblemente fuesen los terrenos más acertados, le supo tragar en embestidas inciertas. Ligó tandas por la derecha que tuvieron su peso. Metió la mano hasta el fondo pero la espada estuvo algo caída y atravesada. No fue impedimento para que afloraran los pañuelos y se le concediera el único trofeo de la tarde. Del mismo modo lo intentó con el último, iniciando la faena apoyado en tablas e intercalando los pases por alto con trincherillas. Pudo a la incertidumbre del animal con inteligencia, ligando pases y evitando el derrote final. Llenó los tiempos muertos con los desplantes y la figura erguida con la que se desplazó por el ruedo. Media estocada sirvió para acabar con su oponente y poner fin al primer festejo.

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