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Parques temáticos: valor y precio

  • lA la hora de preguntarnos a dónde van las ciudades como comunidades humanas en el siglo XXI, Málaga ofrece una síntesis significativa e ilustrativa del relato: cabe todo menos lo humano

Ley de las ciudades transitorias: cuando la diversión se acaba, sólo cabe largarse. Ley de las ciudades transitorias: cuando la diversión se acaba, sólo cabe largarse.

Ley de las ciudades transitorias: cuando la diversión se acaba, sólo cabe largarse. / javier albiñana

Esta semana se han celebrado en Málaga dos encuentros muy interesantes sobre las ciudades y su dimensión cultural. El martes tuvo lugar en el Ayuntamiento la jornada Las dos orillas, un proyecto de la Fundación Manuel Alcántara en torno a los vínculos socioculturales e históricos que comparten Málaga y Sevilla. El coloquio se articuló a través de dos mesas redondas con dos invitados de postín en la primera, la actriz Aitana Sánchez-Gijón y el poeta y director del Instituto Cervantes Luis García Montero, moderados por el escritor Pablo Aranda. Durante su intervención, Sánchez-Gijón valoró los esfuerzos de ciudades como Málaga en construir una identidad cultural mediante la entrada en juego de museos, auditorios y teatros, pero advirtió de que a menudo lo que se entiende por cultura es un discurso ajeno, sin conexión con la ciudadanía, a mayor gloria de la proliferación de lo que llamó "parques temáticos"; y añadió que éstos suelen presentar actitudes voraces, que erosionan la convivencia con efectos inmediatos en el mercado inmobiliario, hasta el punto de que "muchas veces los vecinos son expulsados de los centros de estas ciudades". Con un ojo puesto en alcalde, Francisco de la Torre, que estaba en la primera fila, García Montero comentó a la actriz que acababa de poner "el dedo en la llaga" por lo que, al parecer, le habían contado algunos amigos malagueños. Después hubo loas y parabienes a Málaga por la forja de su identidad cultural, pero el diagnóstico había quedado puesto sobre la mesa. El miércoles, Mario Vargas Llosa y el poeta, crítico y (qué cosas) predecesor de García Montero al frente del Instituto Cervantes, Juan Manuel Bonet, clausuraron en el Rectorado el curso Las ciudades como arquetipo; y el Premio Nobel, en un emotivo discurso que fundió lo relativo a su oficio con su experiencia vital, describió cómo algunas ciudades resultan ser territorios verdaderamente literarios, hasta el punto de que su conocimiento y memoria de las grandes urbes en las que ha residido como París tienen mucho que ver con lo que escribieron sobre ella Victor Hugo y Alejandro Dumas. Para Vargas Llosa, una ciudad que no es literatura es "triste y transitoria". En el fondo, el autor de Conversación en la Catedral venía a recordar que las ciudades son esencialmente relatos, y que como tales pueden leerse al igual que los libros (Las ciudades son libros / que se leen con los pies, cantaba Quintín Cabrera). Sin un relato de sí mismas, las ciudades son entidades sin alma, condenadas de antemano a la extinción y el posterior olvido: justamente, tristes y transitorias. Lugares en los que no apetece vivir o en los que, directamente, vivir es lo de menos.

Si atendemos a Málaga, lo curioso es el modo en que la ciudad ha ofrecido en muy pocos años y a toda velocidad una síntesis del devenir de las ciudades en el siglo XXI. Especialmente después de la crisis, cuando quedó demostrado que la distribución de los (pocos) recursos disponibles se gestionaba con más eficacia en contextos administrativos más inmediatos como los municipios, las ciudades se convirtieron en marcas obligadas a competir en un mercado feroz. El éxito consistía en ocupar los mejores puestos del escaparate, y a la clase política le quedó encomendada la tarea de convencer a la ciudadanía de que esto era un medio (para la creación de empleo, la dinamización de la economía, la llegada de inversiones notables y otros parabienes) cuando en realidad se trataba de un fin en sí mismo. Málaga acertó a asentarse en el escaparate gracias a una identidad cultural, pero esta identidad se ha forjado a través de proyectos importados, no generados, a menudo con plazos de permanencia más o menos fijados ya en el horizonte. Sintiéndolo mucho, por tanto, esta identidad no ofrece garantías para la memoria futura de la ciudad ni argumentos para su relato, un relato que sí existía antes de la marca y que, por el contrario, ha quedado bastante mermado a cuenta de la misma. Lo que tenemos bajo el éxito es un proyecto de ciudad que confunde valor y precio, triste y deshumanizado, especialmente en el centro. No sé a qué espera Málaga para debatir en serio sobre su condición de parque temático. Tal vez a que no queden inversores ahí fuera.

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