Málaga

Siempre fuerte, siempre Ráez

  • Hoy se cumple un año de su muerte, del adiós de un joven convertido en icono, un luchador que decidió ponerle otra cara al cáncer y transformar su mensaje vitalista en un grito de solidaridad

Siempre fuerte, siempre Ráez Siempre fuerte, siempre Ráez

Siempre fuerte, siempre Ráez

Era sábado de carnaval ese 25 de febrero. La batalla de las flores ponía color, risas y música en la calle cuando llegó la demoledora noticia. Pablo Ráez había muerto. Tan pronto, tan joven. "No espero nada del mañana, vivo el día a día con mucha intensidad, hoy estoy bien, pues disfrutemos de eso", había dicho poco antes de que su salud empeorase. Y tuvo la valentía de declararse feliz aunque el segundo trasplante no había funcionado del todo y su leucemia no remitía. El chico que convirtió su lucha contra el cáncer en una epopeya se fue con su luz y su sonrisa perpetua a otra parte. Quizás más amable que esta. Pero no se llevó consigo su mensaje, sus lecciones de vida. Las dejó aquí para que siguiesen siendo motivadoras para tantos. Y no sólo en relación a la donación de médula ósea de la que había "tanto desconocimiento", según Ráez. Si no también para despertar del letargo a aquellos que entre el recuerdo del pasado y el anhelo del futuro están dejando escapar lo único cierto que se tiene, este mismo instante.

"La vida te va enseñando y tienes que aprender de lo que te enseña, si no no sirven de nada las pruebas que te pone. Todo pasa, todo llega, esto es un instante", dijo Ráez a su salida del hospital en diciembre de 2016. "Los miedos vienen, las dudas asaltan, la incertidumbre existe y todo eso me hace pensar que pase lo que tenga que pasar siento que ya he cumplido aquí, que he hecho mi cometido, y que la muerte no es nada grave", agregó con una madurez que dejaba a muchos de piedra. "La vida es así y estoy feliz porque todo es una gran lección de la que solo he aprendido, el haber podido ayudar a tanta gente me ha hecho sentir que he realizado mi propósito en esta vida", apuntó el marbellí cuando se disponía a pasar las Navidades con su familia tras recibir el alta hospitalaria. Ya sabían que aún quedaban células cancerígenas en su cuerpo. Ya intuía que no iba a ser fácil el camino que se presentaba y, aún así, poco rastro de decaimiento mostró en público.

"Admito que es un momento duro, dan ganas de tirar la toalla, de dejar de sufrir, de descansar de una vez... pero no me rindo, sigo y seguiré luchando, día tras día hasta que llegue mi día, sea mañana o en 70 años", publicó en su página de Facebook justo un mes antes de su fallecimiento. Ahí siguen esas palabras que escuecen los ojos y secan la garganta. "Disfrutemos cada día que es único, de verdad, empiezo a valorar las cosas de una manera increíble y de verdad que la vida sabe mejor así. Amad todo lo que forme parte de la vida, disfrutad de todo lo que forme parte de la vida, no os arrepentiréis", sentenció.

"Ánimo a todas las personas que estéis en una dura batalla, ánimo a todas las familias que estés pasando una dura batalla, ánimo a los que hayáis perdido a un ser querido, todo pasará y todo llegará. La muerte forma parte de la vida por lo que no hay que temerla sino amarla". Esas fueron sus últimas palabras en las redes sociales, esas que fueron sus aliadas para transmitir su mensaje, su grito de "siempre fuerte", su brazo armado de solidaridad, de entrega.

Para Ráez de cada mala experiencia había que sacar una enseñanza. De ahí que cuando hacía balance de su año 2016 considerase que había sido bueno. "Mi 2016 ha sido duro, pero también un año que me ha aportado mucho, mucha experiencia, muchas ganas de seguir viviendo y ayudando, de cosas positivas a pesar de lo malo que me ha pasado porque de todo lo malo siempre hay que sacar lo bueno. Como me han pasado tantas cosas malas le saco muchas cosas buenas, por eso creo que ha sido un año muy, muy bueno a pesar de todo. Esto no ha hecho más que enseñarme", confesó.

Pablo Ráez era un joven atlético y fuerte al que le detectaron el cáncer cuando se iba a someter a una intervención. Cuando necesitó un donante y no encontraban a nadie compatible acudió a pedirlo en las redes. "La diferencia es que no pedía solo por mí, lo hacía por todos los que lo pueden necesitar", comentó. Para él, dar una imagen buena y positiva de algo doloroso y difícil "caló más que otra cosa". Por eso su #donamédula corrió como la pólvora, sus imágenes, sus vídeos, su gesto se hicieron virales y nunca antes se conocieron unas cifras de donaciones tan altas como las que Pablo Ráez consiguió.

"No sé si llegaremos al reto de un millón de donantes, es complicado, pero estoy contento con que una sola persona que esté en su casa leyéndome haya decidido levantarse del sillón para ir a donar médula", señaló. Con cada frase que escribía o decía daba una lección al que le escuchara, quizás sin proponérselo. Y no sólo sirvieron para prender en muchos la chispa de la solidaridad. También para que aquellos que estaban inmersos en un proceso oncológico pudiesen enfrentarlo de otra manera. "La gente sabe que se puede vivir el cáncer de otra forma y creo que los niños que me conocen son ahora más felices porque se les ha trasladado esa imagen de fuerza, de positividad", consideró.

Tan certero, tan necesario. Su mensaje seguirá vivo mientras alguien se encargue de recordarlo.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios