Calle Larios

La banalidad de la agresión

  • A menudo llega a ser insoportable el modo en que el vandalismo sigue reclamando lo que es suyo

  • Aunque lo peor de todo es la impresión de que ciertos males no tienen remedio ni lo tendrán

Paneles destrozados en la calle Larios: lo que es de todos no es de nadie, o al revés.

Paneles destrozados en la calle Larios: lo que es de todos no es de nadie, o al revés. / Málaga Hoy

Llenaron de pintadas los muretes de la iglesia de la Victoria, por la que paso a diario. Hacía ya mucho que el entorno no registraba una agresión de tal calibre, con lo que parece que ya le tocaba. En otras áreas, sin embargo, vas con el cuerpo hecho a encontrarte el siguiente destrozo. Hace pocos días volví a Carranque, el barrio en el que me crié, temiéndome lo peor y acerté: encontré bancos destrozados, basuras dispersas y más pintadas impunes. Cuando los vecinos denuncian que los barrios están abandonados se refieren a cuestiones muy concretas, como la papelera destrozada que me salió al paso hace tan sólo un par de días en la Cruz del Humilladero, desperdicios diversos sin barrer y la permanente sensación de que no hay solución, de que no hay nada que hacer, de que por mucho esfuerzo que se haga para arreglar y limpiar al día siguiente va a amanecer otra pintada y otro cristal roto. Pero lo cierto es que sí, los barrios presentan en su mayor parte una carencia asistencial enorme, un paisaje que la crisis del coronavirus no ha contribuido precisamente a mejorar. Bien, este desastre tiene su explicación, ya se sabe: si en el Cortijo Alto ya no cabe más suciedad, si en Fuente Olletas se acumulan cada domingo las bolsas y plásticos en los portales, si en San Andrés los pocos bancos que quedan están impracticables, es porque nuestro Ayuntamiento ha decidido poner todos los huevos en una cesta muy concreta: el centro, el principal escaparate, el núcleo donde todo el mundo se la juega aquí, la guinda de la tarta a la que corresponde mostrar siempre sus mejores galas para que los turistas que deciden dejarse caer por Málaga con pandemia y todo queden admirados. Vamos, pues, al centro: y resulta que en la calle La Bolsa y en otros aledaños de la calle Larios nos topamos con más basura desperdigada en el suelo, restos de comida rápida abandonados a su suerte y, por supuesto, algún patinete varado. En la misma calle Larios, alguien se ha dedicado a destrozar varios paneles de la exposición que, teóricamente, va a estar aquí hasta el 31 de julio. Lo mismo que en la calle Alcazabilla, por cierto. El vandalismo sigue aquí una motivación, digamos, bien distinta, de acuerdo: los turistas que menos merecen la bienvenida y los nativos que se transforman en bestias ya con el primer cubata comparten un mismo campo de acción con ocasiones brindadas para demostrar que son los más chulos, los que más molan, que nadie los para y que no pasa nada por darle una patada a lo primero que se ponga a tiro. En demasiadas ocasiones se pregunta uno, poco inclinado de entrada a poner cámaras en las calles, dónde estaba la policía. De acuerdo, todas las ciudades acusan el problema del vandalismo y para esto no existen soluciones fáciles, ya lo sabemos. Pero no deja de sorprender que el destrozo se siga aceptando, sin más. No es cuestión de venir con que la situación era antes mucho peor, sino de hacer una pregunta sencilla: por qué ahora.

No deja de sorprender que el destrozo se siga produciendo sin más. No es cuestión de venir con que antes todo era peor, sino de preguntarse por qué ahora

En relación con el nazi Adolf Eichmann, Hannah Arendt propuso la idea de la banalidad del mal: ya saben, la comisión de un acto censurable, incluso criminal, por sometimiento a una costumbre o a una orden impuesta desde arriba. Digamos que existen premisas capaces de diluir el horror que, sin las mismas, tales acciones despertarían en el más pintado. Durante su juicio en Jerusalén, Eichmann afirmó que hizo lo que tenía que hacer, y que este mandato anulaba cualquier otra consideración. Pero esas premisas que parecen anular el criterio moral de los ejecutores adquieren rasgos diversos: nuestro sistema penal, por ejemplo, se ha visto obligado a redefinir el término violación porque no pocos violadores han confesado desconocer ante los tribunales que la agresión que habían cometido era una violación, lo que tiene que ver con una carestía clara en materia de educación sexual pero, también, con el crecimiento en ámbitos donde la gravedad de la violación se ve tradicionalmente relajada o puesta en entredicho, lo que entraña una premisa para que la violación suceda sin que el violador sea consciente de su delito. El vandalismo obedece, claro, a mecanismos muy distintos, pero el fondo es similar: se trata de que alguien decide hacer lo que no se debe hacer. Y quién sabe si la continua proyección de Málaga como una ciudad en la que no se vive, sino en la que se está de paso, ha creado la premisa perfecta para que el salvajismo sea considerado banal por oriundos y visitantes. Algo, tal vez, se pueda hacer al respecto.

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