Málaga

Los guardianes de la Feria

  • Málaga Hoy 'patrulla' con la Policía la Feria del centro, con controles antidroga y de detección de armas

  • Del descamisado ebrio al joven que huye solo para orinar

Policías en un dispositivo Policías en un dispositivo

Policías en un dispositivo / Jesús Mérida

"Está en un parque infantil -en la plaza de las Cofradías- consumiendo estupefacientes. Tiene conocimiento de que la cuantía de la sanción puede ser más del doble que en otro lugar?" La advertencia la lanza un policía nacional, que a renglón seguido recrimina al individuo las malas formas con las que se ha deshecho del cigarro de hachís que fumaba. "Quiero que lo cojas y lo vuelvas a tirar con educación", le ordena el agente. El joven, sentado cerca de una menor de apenas 2 años que juega con un carrito de bebé, lleva escrito en el codo ACAB, el acrónimo de la frase inglesa All cops are bastards, que se traduce en Todos los policías son unos bastardos. "Eso que llevas es por simpatía hacia nosotros, ¿no?", ironiza el efectivo.

El recorrido con las tres patrullas de la Unidad de Prevención y Reacción (UPR) de la Policía Nacional encargada de vigilar a pie la Feria de Málaga arranca a las 15:30 en calle Larios y se prolonga hasta poco antes del anochecer, coincidiendo con el final de la fiesta. Casi una veintena de agentes están repartidos en distintos puntos estratégicos. A ellos se suman otros dos grupos del distrito centro. Unos permanecen en calle Tejón y Rodríguez, otros tienen asignada la plaza de la Merced. "Nuestra prioridad es la lucha antiterrorista", reconoce el jefe del operativo, Francis Campos, que hace referencia al nivel de alerta terrorista 4 en el que se encuentra España, situada en la diana del yihadismo. Portan un G36, que únicamente se utilizaría en caso de atentado. "Hace dos o tres años las armas largas no se sacaban. Ahora, lo hacemos a diario en estaciones, aeropuertos y puntos de aglomeración. Las exigencias han cambiado", explica uno de los policías que integra el dispositivo.

En apenas unas horas, la UPR practica entre 150 y 160 registros para detectar armas blancas o contundentes (como las defensas extensibles). "El que lleva un arma blanca o un puño americano ya viene predispuesto. Este año el uso ha descendido", sostiene el responsable del grupo, que principalmente se enfrenta al esclarecimiento de hurtos y robos del interior de coches, sobre todo en Cortijo de Torres.

En calle Larios, principal punto de acceso a la Feria y desde la que se evita la entrada de vehículos, los policías terminan haciendo también de guías turísticos. El goteo de visitantes y malagueños -a veces ebrios- incapaces de localizar una calle o la parada de autobús es continuo. "La gente no distingue si somos policías locales, nacionales o trabajamos en Limasa", detalla. Dos jóvenes se acercan a una agente francesa que durante toda la semana patrullará junto a la UPR de Málaga. Son colegas y han reconocido el uniforme tras coincidir con ella en la escuela de policía. "Soy voluntaria, quise formar parte de un equipo de policías que habla español. Necesitamos colaborar. Ésta es mi primera misión fuera de Francia", narra ilusionada la agente poco antes de realizar un cacheo.

A las 16:30, un aviso pone en alerta a los efectivos. Un motorista que ha accedido a calle Mariblanca, cortada al tráfico, se ha enzarzado con otro individuo que le recrimina su actitud. No ha sido más que un conato de pelea. "La Feria está transcurriendo con los mínimos incidentes. Otros años ha sido más conflictiva", precisa el jefe del dispositivo.

Son las siete de la tarde y en las calles del centro se respira una tranquilidad excesivamente atípica para tratarse de la víspera del 15 de agosto. "Es la primera vez que vemos esto", confiesa uno de los policías. Una familia pide unos spaguettis en una de las escasas terrazas ambientadas. Los niños ya regresan a casa. En Especerías, unos jóvenes apuran la cerveza mientras se mandan a callar ante la presencia policial. Varias ambulancias se abren paso.

Plaza Mitjana no defrauda. Un estudiante de Enfermería pregunta, preocupado, si la sanción, de entre 300 y 6.000 euros a la que se enfrenta por consumo de estupefacientes en la vía pública, podría afectarle a su futuro como opositor. Los agentes tratan de tranquilizarle. El hedor se acentúa en las inmediaciones de las zonas de ocio. En calle Beatas, la Policía obliga a un descamisado con serias dificultades para mantenerse en pie que se vista adecuadamente. Un tipo que parece huir obliga a correr a los policías, que descubren que, en realidad, solo pretendía usar una esquina como WC.

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