Soltando grillos

A hostia limpia, llegó el celodurismo

  • Se ha perdido el sentido del ridículo en la oratoria política: se habla a garrotazos y con un discurso ramplón

  • Los políticos hablan para hacer imposible cualquier posibilidad de conversación

A hostia limpia, llegó el celodurismo. A hostia limpia, llegó el celodurismo.

A hostia limpia, llegó el celodurismo. / Rosell

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La llegada de la Liga Norte y Forza Italia a las instituciones de este país en la década de los 90 vino acompañada de un cambio radical en el lenguaje de los políticos, que se volvió tabernario, agresivo e incluso obsceno. De todos los que hablaban mal, Umberto Bossi, se llevaba la palma, incluyendo en su oratoria hasta pedos y eructos. Una de sus frases más famosas fue un alarde fálico en un mitin electoral: “Los de la Liga la tenemos siempre dura”. Una expresión que en italiano se escribe: “Ce lo abbiamo duro”, lo que sirvió para que la prensa definiera esta forma de hacer política como el celodurismo. Bossi llegó a afirmar que sus pedos eran tan fuertes que con uno solo era capaz de dejar blanco el cabello de Scalfaro, por aquel entonces presidente de la República; a la vez que le espetó al líder de otro partido político, con el que tuvo una trifulca dialéctica, “que él sólo le iba a responder con un eructo”.

Resulta frustrante que esta nueva generación coincida con una etapa sombría para el debate

Lo contó Juan Arias en El País en una crónica que escribió en marzo de 1994, en la que destacó que, de ese lenguaje vulgar y chulesco, se llegaron a contagiar los viejos políticos italianos, hasta el punto de que el serio y caballero líder del Partido Popular, Mino Martinazzoli, llegó a referirse a una candidata a la alcaldía de Nápoles afirmando: “En esta campaña parece que cuenta más el color de las bragas que la inteligencia de las personas”. Tampoco fue ajena la prensa a este cambio de lenguaje, especialmente aquellos diarios controlados por Berlusconi. En uno de ellos, un articulista escribió de él: “Una vez entrado en el circo de la política, ha entrado, ¿lo puede decir?, en estado de erección”.

En el año 2010, lo predijo Umberto Eco: “Antes se decía que el futuro de Europa sería Estados Unidos. Hoy, desgraciadamente, el futuro de Europa será Italia”. El semiótico y escritor se refería a esa Italia de Berlusconi que avisaba de situaciones análogas en muchos otros países europeos, donde la democracia entra en crisis y el poder acaba en las manos de quien controla los medios de comunicación. No intuyó Eco que, años después, íbamos a volver a mirarnos en Estados Unidos. En concreto, al Estados Unidos de Donald Trump, uno de los políticos con peor lenguaje que ha dado la historia. Aunque avisados estábamos por Eco, no deja de ser sorprendente el nivel de celodurismo que ha vuelto a alcanzar la política en España, donde del discurso ramplón –cargado de expresiones zafias y medias verdades– hemos pasado directamente a un lenguaje brutal e incendiario que inunda la oratoria de los líderes políticos y se expande como la pólvora por las redes sociales, sin que nadie dedique un mínimo esfuerzo a explicar y argumentar nada de lo que expresa o dice. Se hace política a hostia limpia y a garrotazos verbales. Todo está llena de pedos y eructos.

Se ha perdido el sentido del ridículo en la oratoria política en España. No hay ideas, únicamente verborrea y palabrerío que la gente está dispuesta a digerir, si las dice uno de los tuyos; y a rechazar, si las dice uno del bando contrario. Es una retórica desconcertante, porque en ella no caben ni las medias tintas ni los tonos grises. Cualquier cambio de opinión es una debilidad; cualquier tentativa de acuerdo, una traición; cualquier acercamiento al contrario, una cobardía. Como le leí el otro día a un compañero, Fernando J. Pérez, en Twitter: “Ni unos son dueños de la democracia ni los otros son dueños de la Constitución. Lo que sí son unos y otros, es la generación de políticos más destructiva de la España contemporánea”. Espero que este compañero se equivoque en su análisis, pero esto tiene toda la pinta de que están dispuestos a tirar el país por la borda por alcanzar el poder, o por no soltarlo.

España está siendo invadida por el virus de la mala educación

España está siendo invadida por el virus de la mala educación. Lo estuvo en la segunda etapa del Gobierno de Zapatero, también. Y lo ha estado en otras ocasiones anteriores, pero vamos a peor. Cuando el otro día al líder del PP, Pablo Casado, decidió batir el récord de descalificaciones que se le haya dirigido nunca a otro dirigente político en una única intervención, recordé que no hace mucho tiempo nos pareció de mal gusto que Pedro Sánchez llamara indecente a Mariano Rajoy en un debate en televisión. ¿Qué nos ha ocurrido para que sea normal a tanta gente e incluso provoque aplausos que un líder político califique a un presidente de un Gobierno de “traidor”, “felón, “incompetente”, “mediocre”, “ilegítimo… y así hasta 21 descalificaciones en una única alocución?

Resulta frustrante que la llegada de esta nueva generación de políticos a los partidos con mayor representación en España, esté coincidiendo con una de las etapas más sombría para el diálogo y el debate. No llevamos años reclamando una regeneración democrática, para alcanzar este estadio de odio al contrario y este ridículo diario entre supuestos líderes políticos que no están a la altura de unas mínimas exigencias de buen gusto, educación y talente democrático. Más que para dialogar, los políticos hablan para hacer imposible cualquier posibilidad de conversación. Como nos alertó Umberto Eco, llegó el celodurismo a España. La etimología es clara: se trata de una tendencia a asumir, en las decisiones políticas, actitudes de radicalismo brutales e intransigentes. O sea, la forma chabacana de hacer política de un fanfarrón en una taberna llevándose las manos a la bragueta.

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