Málaga

Había una vez un río

  • ¿Ideas para el Guadalmedina? l Bueno, menos da una piedra, y de éstas ya tenemos muchas l A tenor de las propuestas presentadas, uno considera más urgente que nunca una definición más o menos precisa de qué puñetera ciudad queremos l Sin columna vertebral no hay manera de andar

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NO deja de tener su gracia que se convoque un concurso de ideas para el cauce del Guadalmedina sin poner un solo céntimo en juego y sin que las propuestas aspiren a un carácter vinculante ni, digamos, esperanzador. Es decir, que lo que se haga se hará dentro de mucho tiempo (cuando haya dinero; vaya usted a saber) y sin necesidad de tomar en consideración el modelo de actuación presentado por el equipo de José Seguí, ganador del primer premio, ni ninguna de las otras iniciativas aspirantes. Creo que Rafael Moneo dio en la clave cuando visitó Málaga con motivo del Foro Joly hace un par de semanas y vino a decir, emulando a Chesterton, que quien ve a diario la sinrazón del sequeral abierto en pleno corazón de la ciudad termina acostumbrándose y no viendo nada. Un servidor, por ejemplo, nunca ha conocido el río Guadalmedina de otro modo distinto al del no río. Y por la maldita tendencia al recelo, no sabe hasta qué punto terminaría echando de menos el agujero cuando viera en su lugar bonitas vías peatonales ajardinadas o embarcaderos venecianos, lo que tiene narices. Pero, mientras pasamos el trance, lo del concurso de ideas no ha tenido de momento más objetivo que fomentar la reflexión, así que reflexionemos. Ante todo, debo confesar que mi nivel de competencias en el uso de todas las claves implicadas (cauces, presas, caudales, embalses reguladores, aguas entrantes y salientes y demás berenjenales) no llegaría al B2, así que me temo que mi posición es la del vulgo predominante. Mi simpatía se inclina necesariamente por las soluciones más verdes, las que apuestan directamente por una reforestación de la cuenca (los equipos de Isabel Castiñeira, Ignacio Barredo y José María Romero han puesto sobre la mesa interpretaciones interesantes) o por la implantación de huertos urbanos, un recurso que en otras ciudades europeas y españolas (sirva Sevilla como ejemplo cercano, aunque en algunos solares de la capital malagueña ya se están llevando a cabo algunas experiencias pioneras) ha generado efectos sociales y en cuanto a ordenación sorprendentes y que en el concurso ha quedado reflejado en propuestas como la de Rafael Lucas. También me ha gustado la idea brindada por el equipo de Antonio Álvarez, con una red de cisternas capaces de reutilizar el agua desembalsada que actualmente va a parar al mar para el riego y baldeo de parques y jardines. En cuanto al proyecto de Seguí y su equipo, resulta hábil su solución de la presa del Limonero como embalse regulador y el modo, un tanto a la valenciana, en que mantiene la relación de la ciudad con el río sin que se trate ya propiamente de un río. Pero no puedo dejar de preguntarme si es absolutamente necesaria otra torre para otro hotel en la desembocadura. De algún modo habrá que financiar esto, claro, así que toca incluir gimnasios y museos. Pero creo que aquí está el quid de la cuestión.

Se trata de un asunto que las propuestas presentadas al concurso han tocado de manera cuanto menos discreta, pero que en el fondo es esencial. El del Guadalmedina es un trazado muy sensible, entre otras razones, pero yo diría que principalmente, porque a sus orillas se localizan algunos de los barrios que mayor peso soportan en cuanto a la historia e identidad de la ciudad: el Perchel y la Trinidad a un lado y la Goleta y el Molinillo en el otro. En el último siglo, el cauce seco del río ha contribuido de manera decisiva al aislamiento de estos núcleos y a su definición como elementos residuales, próximos a la ruina y a la avidez de los especuladores que pacientemente esperan a que todo se venga abajo para hacerse con el suelo. Devolver el suelo del Guadalmedina a la ciudad debería significar, además del deseado vínculo de los márgenes del río, la concesión de una visibilidad secuestrada desde hace demasiado tiempo a las raíces de Málaga. No sé ustedes, pero pienso en ir paseando desde la calle Viento o Gigantes a la Calzada de la Trinidad sin necesidad de dar un rodeo y sin obstáculos, en un par de minutos, con sus respectivos entornos rehabilitados, y se me hace la boca agua. Se puede optar por esto o por hacer del cauce una mera prolongación del recorrido turístico para cruceristas, con más franquicias y más museos. Así que todo consiste en preguntarse, otra vez, qué puñetera ciudad queremos.

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