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Nacho Vegas | Músico "Detesto a quienes hablan del dolor para mirarse el ombligo"

  • El asturiano actúa el viernes 27 en la sala Malandar de Sevilla en el final de la gira de su disco 'Violética', en uno de sus últimos conciertos con su banda de 'siempre'

Imagen promocional de Nacho Vegas (Gijón, 1974) para su último disco, 'Violética'. Imagen promocional de Nacho Vegas (Gijón, 1974) para su último disco, 'Violética'.

Imagen promocional de Nacho Vegas (Gijón, 1974) para su último disco, 'Violética'. / Pablo Zamora

"Ahora tendremos caminos separados, pero siempre siendo hermanos. Están teniendo un éxito increíble y era imposible ya compaginar las agendas. Y yo orgullosísimo...". Se refiere Nacho Vegas a "los leones", como él llama a los miembros de León Benavente, el proyecto propio que montaron los músicos que desde hace años vienen acompañándolo y que ahora, convertidos en sensación del indie nacional, iniciarán su camino al servicio sólo de sí mismos. El músico asturiano, pues, llega a la sala Malandar el próximo viernes en el ultimísimo tramo de la gira de Violética (2018) –"un disco ambicioso, en el que lo dimos todo; creo que el más importante de los míos en la última década", dice– y a punto de vivir un punto de inflexión: "Toca montar una nueva banda, abrir otra etapa y seguramente replantear mi sonido". Por eso, dice, "estos conciertos están siendo tan especiales".

–Hablaba, cuando presentó el disco, de la necesidad de "reivindicar la infelicidad". ¿Quién, salvo alguien con problemas de masoquismo patológico, querría tal cosa?

–Obviamente nadie. Pero la vida es como una montaña rusa y hay picos y valles y al final las canciones surgen, en mi caso al menos, de esos momentos un poco radicales en los que las cosas se desordenan. Eso es lo que a mí me produce la urgencia de escribir canciones. Vivimos en un mundo en el que nos obligan a ser felices, a estar satisfechos continuamente, por eso el sistema en el que vivimos intenta barrer la infelicidad bajo la alfombra, como si no existiera, como si fuera descabellado que tuviésemos todos razones para no estar satisfechos.

–Y uno diría que es peor esa ocultación de la infelicidad que la infelicidad en sí misma...

–Alberto Santamaría, un filósofo y poeta cántabro que me encanta, publicó un ensayo que se llama Los límites de la realidad cuyo subtítulo es El capitalismo afectivo, y contaba en él cómo hay empresas que se dedican ahora a calcular en qué pérdidas se traduce para las empresas el hecho de que sus trabajadores sean más felices o menos. De ahí que en los últimos años hayamos visto a tanto coach haciendo jornadas en las empresas. Y lo que pasa es que esos mecanismos son en realidad muy alienantes y no tienen nada que ver con lo que en la vida nos importa de verdad y nos hace vibrar. Creo que hay que reivindicar no tanto la infelicidad como el poder hablar de la infelicidad sin que eso se convierta en una especie de estigma social; pero hay que hacerlo precisamente para combatirla, no para regocijarnos en ella. De hecho, detesto las canciones y diría que también a la gente que hablan del dolor sólo para no dejar de mirarse el ombligo. Y ocurre también que a veces son precisamente las cosas más dolorosas las que hacen que seamos capaces de dar un paso adelante y que nos sintamos todos más unidos, sentir que existe pese a todo esa clase de comunión que nos hace sentir más vivos, como cuando nos sentimos amados o, yendo a la música, cuando escuchamos una canción que significa de verdad algo para nosotros.

–Lleva años significándose mucho en cuestiones políticas. ¿Ha tenido eso algún precio?

–Me lo han preguntado alguna vez y yo siempre me he negado a admitirlo, decía que no, que eso me parecía algo ridículo. Pero tengo que reconocer que al final sí que te pasa factura con cierto público, pero bueno, va con el oficio. Y después de todo mis canciones hablaron de temas cómodos, así que no puedo esperar gustarle a todo el mundo. Ahora bien, sí creo que en España significarse políticamente te pasa factura de una manera un poco cruel. Yo trabajo bastante en Latinoamérica, donde viven realidades sociales muy duras, y allí se vive de manera más natural que los músicos asocien su trabajo a un compromiso político. En cualquier caso, para mí hacer canciones tiene mucho que ver con mi vida y mi vida tiene que ver con mi postura política, así que, bueno, no podría disociar ambas cosas.

–Dijo una vez que desde La zona sucia procura usar "un yo que apele más a lo colectivo". ¿Le cansó esa imagen tan asociada a usted sobre todo en los primeros discos de malditismo, drogas, abismos, desgarros personales y canciones confesionales?

–No es exactamente que me llegara a cansar, diría que fue, sin más, una evolución. Creo que todos los que hacemos canción de autor en nuestros primeros trabajos abusamos de la primera persona, de ese registro confesional, pero con el tiempo vamos encontrando otros caminos, porque hay muchísimas maneras diferentes de hacer una canción, e incluso otras primeras personas. Esto no me pasó sólo a mí, mi generación en general comenzó a hacer música en los 90 hablando sólo de nuestra intimidad, pero hubo un momento, sobre todo a partir del 15-M, en el que hubo un cambio en el clima social. Eso se coló en mis canciones, pero puedes ver también esa conciencia crítica en las de Vetusta Morla o Amaral, sólo que la militancia política a lo mejor es más importante en mi vida que en las de mis compañeros, y no digo que esto sea mejor, porque en realidad es todo un poco lo mismo. Simplemente tuve la certeza de que hablar de mi vida no consistía sólo en hablar de mis obsesiones, sino también de lo que ocurre a mi alrededor, y que el mundo está lleno de miserias pero también de alegrías y al final las canciones más hermosas son las que dan cuenta de esos contrastes.

–"El miedo es ya nuestra emoción más transversal", canta en Todos contra el cielo, de su último disco. Hay peligro ahí...

–Mucho, y el mayor de todos es al que me refiero después, en el estribillo: La guerra es entre el mal y lo neutral, y va ganando el mal. No es cuestión de ser maniqueos, pero ahora mismo en nuestra sociedad hay posturas muy enfrentadas. Y evidentemente la solución no es fusilar a quien no piensa como nosotros: tenemos que entendernos. En este contexto, lo que me parece más reaccionario es la equidistancia, porque es eso lo que al final perpetúa un sistema que algunos queremos cambiar. Y por eso tenemos que tomar postura, estamos en un momento en el que no vale escurrir el bulto, hay que librar la batalla, porque la extrema derecha está avanzando a pasos agigantados y tal y como están las cosas ahora, si vamos a otras elecciones, podemos perfectamente acabar teniendo un Gobierno de extrema derecha. Para quienes creemos en la democracia, las libertadas y la justicia social vivimos un estado casi de emergencia.

–¿Es usted de los que piensan que se están normalizando las ideas de la extrema derecha?

–Creo que no, creo que precisamente está quitándose la careta y mostrándose tal y como es. Vox no deja de ser una escisión del sector más duro del PP cuyas ideas obscenas han ido calando en una parte de la sociedad, pero eso tenemos que revertirlo con ideas, convenciendo, porque no sirve de nada culpar a nadie por haber votado a Vox. Ha sido un fallo de la izquierda descafeinarse y perderse en una serie de luchas de egos por el poder, en vez de haberle ofrecido respuestas a mucha gente que ha sentido, por primera vez en mucho tiempo, que un partido les hablaba a ellos, y resulta que ese partido era de ultraderecha.

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