República Centroafricana

Una catedral de refugiados musulmanes

  • Los obispos de Bangasou, en Centroáfrica, protegen de la muerte a un millar de personas de los grupos antibalakas 

Juan José Aguirre, obispo de Bangassou, en la República Centroafricana. Juan José Aguirre, obispo de Bangassou, en la República Centroafricana.

Juan José Aguirre, obispo de Bangassou, en la República Centroafricana. / CD

El conflicto bélico de la República Centroafricana puede que sea el más olvidado del mundo, pero no en España, donde ni siquiera llega a esa categoría. Ni ha estado en la agenda de los medios ni lo ha conocido la opinión pública española, a pesar de que en este país del tamaño de la península ibérica hay un contingente militar nacional desplazado y varios religiosos que actúan de escudos humanos entre facciones.

Jesús Ruiz, obispo auxiliar en Bangassou Jesús Ruiz, obispo auxiliar en Bangassou

Jesús Ruiz, obispo auxiliar en Bangassou / CD

Dos de ellos son un cordobés y un burgalés, Juan José Aguirre y Jesús Ruiz, obispo y obispo auxiliar de Bangassou, una pequeña ciudad situada al este del país, donde su catedral, la de San Pedro Claver, alberga hoy a algo más de un millar de refugiados musulmanes para no ser asesinados por facciones antibalakas, surgidas en un principio entre la población cristiana y animista como reacción a los crímenes de una alianza musulmana radical: los selekas.

"Esto no es un conflicto religioso"

Jesús Ruiz, misionero comboniano, fue nombrado hace poco auxiliar de esta ciudad de no más de 35.000 habitantes. Al habla con este diario por vía telefónica, hace una primera valoración muy aclaratoria: "Está claro que esto no es un conflicto religioso, es económico y político, tenemos uranio, oro, diamantes y petróleo; aquí está entrando Rusia con mucha fuerza, China ya está y Francia parece que quiere volver a estar como antes, y hay 17 grupos armados pagados por Arabia Saudí, Chad y Sudán, mientras que el ejército nacional está sometido a un embargo de armamento".

La última década ha sido especialmente sangrienta en este país situado en el corazón de África. Su población es en mayoría cristiana y animista, pero una minoría musulmana, en buena parte proviniente de Chad y Sudán, comenzó a asentarse en los pastos del norte. Con el tiempo, el maltrecho equilibrio se rompió y surgió una alianza musulmana, los selekas, que arrasaron medio país y llegaron a la capital, Bangui, donde aún hoy controlan uno de sus distritos.

La alianza musulmanas de los selekas

A los selekas, que llegaron a culminar un golpe de Estado, le surgieron los antibalakas y a éstos, otras facciones. "Grupos sanguinarios", los define el obispo auxiliar. Miles de muertos, limpieza étnica, una cuarta parte de la población desplazada y unas condiciones económicas que hacen que Centroáfrica sea uno de los peores países del mundo para nacer, según Unicef.

Hace un año, los antibalakas de Bangassou se rebelaron contra los musulmanes, casi 2.000 personas de esta religión tuvieron que refugiarse en una mezquita, donde cayó asesinado su imán. Fue, entonces, cuando el obispo Juan José Aguirre, un cordobés de valor de titanio, se interpuso entre ambos bandos y llevó a los musulmanes hasta la catedral, donde aún hoy se encuentran más de un millar.

Jesús Ruiz explica que la situación ahora en la ciudad es más tranquila, los refugiados pueden salir de la catedral a comprar, a estudiar al liceo y hacer algo de vida, pero el conflicto sigue latente en muchas zonas del país. En mayo, un grupo armado de los selekas entró en un Alindao, una población cercana, y asesinó a varias decenas de personas, entre éstas a dos sacerdotes católicos. Sí tienen dos parroquias situadas al este por las que muestra su preocupación, porque se encuentran en una zona que una facción islamista quiere recuperar.

La principal queja del obispo auxiliar es contra la actuación, o para ser más claro, la no actuación, de las fuerzas desplegadas por las Naciones Unidas y contra la "hipocresía" internacional. "Ya son cinco años, los cascos azules de Naciones Unidas son meros espectadores, no actúan, son testigos de las matanzas", explica el obispo burgalés.

Uno de los problemas añadidos es que apenas hay oenegés sobre el territorio, muchas zonas les están directamente vedadas y otras son tan peligrosas, sobre todo las del este, que los voluntarios no pueden entrar. La Iglesia es casi la única fuerza de paz que actúa, aunque con la asunción de un gran riesgo para los religiosos. "No puedo sino mostrar nuestra indignación frente a la pasividad de las naciones unidas y la hipocresía internacional", indica.

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