Muere Aretha Franklin

Adiós a Lady Soul

  • La cantante llevó a la apasionada música popular de su tiempo los ecos de la música litúrgica. Fallecida  a los 76 años, la gran diva de la música negra pasa a engrosar la galería de inmortales a la que, de todos modos, ya pertenecía

Aretha Franklin, en una imagen de los años 60. Aretha Franklin, en una imagen de los años 60.

Aretha Franklin, en una imagen de los años 60. / D. S.

La iglesia fue su escuela. Su padre, el reverendo baptista C.L. Franklin –activista del Movimiento por los Derechos Humanos y amigo de Martin Luther King, pero también promiscuo predicador que inició a la futura cantante estelar en una temprana sexualidad–, reconoció inmediatamente el filón de su voz y la incluyó, al igual que a sus hermanas Carolyn y Erma, en un coro junto al que recorrió iglesias y auditorios de Estados Unidos.

El gospel se convirtió en su primer embajador y en llave de entrada en una trayectoria discográfica iniciada en 1956 con Songs of Faith. The Gospel Soul of Aretha Franklin, aunque la artista tuvo que esperar a su debut en el sello Atlantic, una década después, para eclosionar comercialmente y en plenitud, tras un moderado paso por Columbia. El legendario productor Jerry Wexler y el contacto con la impresionante nómina de músicos de los estudios Muscle Shoals en Alabama actuaron de espoleta para que la vibrante voz de Aretha Franklin detonara de la mano de una fabulosa serie de discos que crearon escuela.

Canciones de la proyección de Do Right Woman, Do Right Man, Think o Respect de Otis Redding no olvidaban la reivindicación femenina y afroamericana mientras la convertían en la Primera Dama del Soul. La fórmula: el ajuste de patrones de la música religiosa al ámbito secular, un espíritu ambicioso y competitivo y una irrebatible relación de compositores a sus espaldas. Su longeva carrera no pudo evitar quedar ensombrecida por esta inexcusable relación de trabajos –agrupados en la no menos decisiva caja The Atlantic Albums Collection (Atlantic/Warner/Rhino, 2015)– en los que su expresiva, poderosa y apasionada voz brilló como ninguna otra.

De la fábrica de éxitos recogida en sus cuatro primeros álbumes, publicados durante 1967 y 1968, al tributo a sus raíces gospel con Amazing Grace (1972) pasando por Hey Now Hey (The Other Side of the Sky) (1973) –su ultima gran obra, coproducida por Quincy Jones–, Aretha subió el listón a la cima para entregarse en décadas posteriores a dar lustre a su pasado.

Espaciadas y discretas entregas discográficas en la etiqueta Arista del amigo y productor Clive Davis, cameos en películas como The Blues Brothers (1980), galardones del peso de la Medalla Nacional de las Artes o la Presidencial de la Libertad, catástrofes sentimentales y económicas, el ingreso en el Rock and Roll Hall of Fame en 1987, peligrosas adicciones, apariciones estelares junto a los presidentes Bill Clinton, Barack Obama o el Papa Francisco, y algún que otro rifirrafe con otras divas del peso de Dionne Warwick, Barbra Streisand o Whitney Houston, jalonaron las postreras décadas de la cantante, a quien la revista Rolling Stone señaló como –ahí es nada– "la artista más grande de todos los tiempos".

Justo diez años después de la desaparición de su mentor Jerry Wexler, Aretha Franklin pasa ahora a ocupar su lugar en la galería de los inmortales de la música popular de todos los tiempos. El lugar donde, en realidad, ya vivía desde hacía mucho tiempo.

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