Cultura

Ahora sí: una reconciliación con la lírica

XXV Temporada Lírica. Teatro Cervantes. Fecha: 28 de febrero. Programa: ´Il Trovatore', ópera en cuatro actos de G. Verdi, con libreto de S. Cammarano. Intérpretes: Orquesta Filarmónica de Málaga y Coro de Ópera de Málaga. Dirección musical: Miquel Ortega. Dirección escénica: Ignacio García. Dirección del coro: Salvador Vázquez. Reparto: Andrés Veramendi, Lola Casariego, María Luisa Corbacho, Arturo Pastor y Ángel Jiménez, entre otros. Aforo: Cerca de mil personas (lleno).

Se atribuye al célebre Enrico Caruso la afirmación -entre la boutade y la obviedad- de que para una exitosa representación de Il trovatore únicamente hacen falta los cuatro mejores cantantes del mundo. ¡Ahí es nada! Partir de esas premisas condena a la mayoría del público, que no frecuenta los templos mundiales de la lírica, al desencanto y la melancolía. Por suerte, las cosas son de otro modo y el plato fuerte de esta temporada en el Teatro Cervantes cumplió sobradamente las aspiraciones más mundanas. Andrés Veramendi (Manrico) -mejor cantante que actor- y María Luisa Corbacho (Azucena) son dos de las voces más generosas y extensas que han pisado el escenario malagueño en los últimos años y convirtieron sus duetos en un auténtico duelo de titanes. Lola Casariego (Leonora) -a pesar de algunos problemas puntuales en los sobreagudos- y Arturo Pastor (Conde Luna) completaban un elenco de voces solistas de sobrada solvencia técnica que daba sustento de verosimilitud a la improbable trama de la ópera de Verdi. Como era previsible, el Coro de la Ópera de Málaga -que celebra este año su vigesimoquinto aniversario- se gustó en el archiconocido Coro del yunque; también lo hizo en el Squilli, echeggi del tercer acto.

Mención destacada merecen la dirección de Miquel Ortega y los maestros de la Orquesta Filarmónica, que leyeron cada una de las escenas de forma sobresaliente, con un fraseo claro y un completo dominio de los tiempos, propiciando la primorosa integración de los acompañamientos y una no menos colorista exposición de los elementos narrativos. Más que digno resultó también el planteamiento escenográfico, que combinaba ingeniosamente la austera rotundidad de los volúmenes con proyecciones más bien eclécticas que oscilaban entre la recreación figurativa y lo simbólico.

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