Cultura

Ebriedad del absoluto

Libro impregnado de su objeto de estudio, Embriaguez proporciona una experiencia lectora difícil de catalogar: como el alcohol que nos eleva a "un afuera del mundo en el mundo", la escritura del veterano filósofo Jean-Luc Nancy, cada vez más próxima a ese "habla plural" que persiguiera Blanchot, nos transporta a un más allá de la subjetividad que se traduce en una especie de posesión múltiple. Así, Nancy se deja atravesar por Sócrates, Hegel, Hölderlin, Baudelaire, Nietzsche, Cortázar o Lowry para romper con las estrecheces de la pureza y brindar por la exaltación del pensamiento, por la promiscuidad de las ideas, por la transgresión de los límites. Filosofía borracha de poesía -o al revés-, es en definitiva en la inefabilidad del poema donde se busca el modelo de intoxicación: soltar la lengua, balbucir, farfullar; abrirse, en el fondo, al afuera, al Otro (recientemente, en La partición de las artes, Nancy escribía sobre "el oscuro impulso común de la música y el habla", una indiscernibilidad originaria que alumbra una ética, una conducta del lenguaje a la que podría adscribirse este libro coral de voces que irrumpen).

Embriaguez tiene algo de meditación resonante, de propagación etí(li)ca que se desborda. Y muy bello resulta uno de los misteriosos parentescos que Nancy establece en él, ahí donde la reflexión sobre la destilación de los licores significativamente denominados espirituosos -la búsqueda de una determinada esencia- entronca con la propia tarea filosófica en pos del sentido y la verdad y con la imagen de un cuerpo sólido que se abre a un éxtasis líquido: en el desparrame de lo fluido, en la ingesta que revitaliza nuestra entrañas resuena el legado de la sangre sacrificial y de la intimidad con lo sagrado; en el cuerpo visto como red, como maquinaria que distribuye líquidos y humores manteniendo "la vida en la humedad", la embriaguez de vino y licor se revela como auge del espíritu, como entusiasmo ascendente que nos transporta al goce. Este impulso que nos recorre y nos eleva responde a una sed, de saber, de verdad, de fraternidad; así, concluye Nancy, quien rechaza la embriaguez manifiesta "una ignorancia de la existencia", si bien el sacrificio imperfecto que es el beber nos condena al regreso de entre los muertos, a esa resaca en la que Bataille reconocía el inapelable carácter cómico del sublime trasiego.

Jean-Luc Nancy. Trad. e introducción Cristina Rodríguez Marciel y Javier de la Higuera Espín. Universidad de Granada, 2014. 96 páginas. 12 euros

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