Cultura

Espléndido y pedagógico 'biopic' gay

Gran público expresa una realidad numérica a la vez que designa a quienes van al cine a entretenerse -divertirse, emocionarse, sobrecogerse, etcétera- contemplando imágenes que cuenten historias con eficacia; sin plantearles problemas formales que afecten al lenguaje cinematográfico o problemas éticos que afecten gravemente a sus valores. La historia del gran público es la más objetiva, por reflejarse en la taquilla, pero también la más desconocida, por el desprecio que la crítica y la historia del cine han sentido hacia él, sus preferencias y los realizadores que las sirven. Por eso la valoración crítica de Gus van Sant y la acogida de sus películas por parte del gran público han sido y son tan sinuosas como lo es su desconcertante filmografía. Lo habitual es que el gran público ignore en mayor o menor medida sus películas más radicales y personales (Mala noche, Drugstore Cowboy, Mi Idaho privado, Todo por un sueño) y que la crítica desprecie sus películas más populares (El indomable Will Hunting, Descubriendo a Forrester); poniéndose ambos de acuerdo sólo cuando el realizador comete un error del calibre de su calco de Psicosis.

En la última década, como si fuera encontrando el equilibrio, Van Sant ha ido recortando distancias entre sus obras más radicales (Gerry, The last days, Paranoia Park) y las que han obtenido mayor reconocimiento público (Elephant). En este sentido Mi nombre es Harvey Milk alcanza la perfección: es absolutamente fiel a los universos, temas y personajes preferidos por el realizador; a la vez que está narrada con una eficacia y simplicidad propias del cine biográfico más convencional. Como sucedió con Costa Gavras en Missing, cabe pensar que este equilibrio, además de responder a una mayor madurez del realizador, sea sobre todo una estrategia de seducción a través de la que Van Sant pretenda hacer participar emocionalmente al espectador medio (y hetero) en la lucha por los derechos civiles de los homosexuales.

Basándose en la vida de Harvey Milk, activista gay que fue el primer político americano que se atrevió a presentarse a unas elecciones proclamando su opción sexual y llevando en su programa la exigencia de derechos civiles para los gays, Van Sant -apoyado en una espectacular interpretación de Sean Penn- logra conmover con una historia personal, sensibilizar hacia un conflicto social, exponer con claridad y objetividad lo razonable de las exigencias gays y dar una lección de cómo funciona la democracia americana. Y logra hacerlo emocionando unas veces, sobrecogiendo otras y entreteniendo siempre a través de un lenguaje cinematográfico claramente hagiográfico que se inspira en las películas positivas y optimistas en defensa de los derechos civiles de los negros que interpretó Sidney Poitier -Semilla de maldad, Los lirios del valle, Un retazo de azul, Rebelión en las aulas-, a quien esta inteligente opción de Van Sant debería reivindicar. Si aquellas representaron el espíritu Kennedy, tal vez ésta sea la primera que represente el espíritu Obama.

Porque de la asimilación, salvaguardando la diferencia, trata esta valiosa e inteligente película que, como hizo su protagonista para no generar rechazo, se viste con el traje y la corbata del cine de gran público para lograr sus objetivos con mayor eficacia. Y decir cine de gran público no equivale, en mi caso, a una crítica. La narrativa de Van Sant es poderosa; su sentido de la imagen, irreprochable; su trabajo con Sean Penn en la construcción del personaje de Milk, excepcional; y los grandes momentos trágicos, como el del asesinato, espléndidos ejemplos de pudor y contención.

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