El gran crucero | Crítica

La firmeza del pacto

Un momento de la representación de 'El gran crucero', de David Mena. Un momento de la representación de 'El gran crucero', de David Mena.

Un momento de la representación de 'El gran crucero', de David Mena. / M. H.

Lo primero que cabe celebrar de El gran crucero es la decisión de optar de un lenguaje distinto del consabido realismo social a la hora de armar un feroz ejemplo de teatro político. El texto de David Mena habla de tú sin reparos a la poética descarnada de Ionesco, de Arrabal y Topor, a aquella revolución que tristemente pasó a la posteridad como teatro del absurdo y que precisamente en su germen exhalaba una profunda naturaleza política arrimada al alegato. El Pic-Nic de Arrabal es de hecho el primer referente que sube a la cabeza en la función de El gran crucero; puede decirse, más aún, que La Pescadería Ambulante ha devuelto al siglo XXI el Pic-Nic que le correspondía. El rescate de esta tradición, en pleno reinado de este realismo blandito, bien intencionado y directo al lacrimal, constituye un verdadero acontecimiento que merecería una proyección determinante. El gran crucero es un espejo sensacional de una España aturdida, que creyó a pies juntillas cuanto le prometieron sobre la libertad con el advenimiento de la democracia cuando el pacto que habría de garantizar la vigencia de la victoria en la Guerra Civil, así como de los privilegios ad hoc, estaba bien atado de antemano. Para contar semejante fraude, no bastaba el mismo canon sentimental de siempre. David Mena ha acudido a las raíces y ha acertado de pleno con una obra que, al mismo tiempo, muy a pesar de la rabia y la tristeza, es una celebración de la vida, del futuro y de los más nobles cimientos del ser humano.

Esta poética, a menudo conmovedora hasta el pellizco, encuentra su mejor equilibrio en una evocadora puesta en escena, erguida en una geometría sensible y eficaz, y sobre todo en el trío protagonista, que compone un mapa interpretativo donde lo más fácil habría sido ceder al trazo grueso pero que sabe dar sin embargo su sitio al matiz y al silencio. Una mayor afinación en el aspecto técnico, sobre todo en la iluminación, redondearía un espectáculo que, de cualquier forma, es ya inolvidable. Si quedaban dudas respecto a por qué nos gusta el teatro, y por qué lo necesitamos más que nunca, El gran crucero es la respuesta.

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