Crítica de Karlik en el Ciclo de Danza de Málaga

Ella, la palabra

'La palabra danzante', de Karlik danza-teatro. 'La palabra danzante', de Karlik danza-teatro.

'La palabra danzante', de Karlik danza-teatro. / M. H.

Qué de posibilidades, todavía inexploradas, reviste la razón poética de María Zambrano para su expresión escénica. Y más aún a través de la danza: si la veleña afirmaba que se escribe "porque hay cosas que no pueden ser dichas", cabría concluir por la misma razón que hay cosas que tampoco pueden ser escritas, en la medida en que, ya sea en la escritura o en el discurso, la experiencia constituye siempre un fenómeno mucho más amplio, vasto, denso y a la vez esclarecedor que el lenguaje humano. Y precisamente la asunción de este límite es la que hace de la palabra ("Ella, la palabra") un instrumento válido para "desposeerse": esto es, apresar la verdad en toda su extensión. Casi a la par que el lenguaje, la danza permitió a la especie humana, ya en sus albores, atreverse a decir cuanto no cabía en la palabra. Vulnerar aquel límite y adentrarse en territorios donde significantes y significados sacan a la luz una realidad distinta en la resistencia del silencio. Bajo esta premisa, la propuesta de la compañía Karlik, María Zambrano. La palabra danzante, estrenada en 2016 con motivo del 25 aniversario del fallecimiento de la filósofa (en coincidencia con el 25 aniversario del nacimiento de la compañía), constituye una aproximación harto interesante a estas posibilidades de comunicación; pues de tal se trata, en cuanto al modo de extraer la hondura de la palabra a través del cuerpo para darla a compartir. Se trata de un montaje sutil, repleto de matices, con apuntes felices sobre todo en el diálogo de las intérpretes con el espacio y en la traducción de las ideas al gesto; meritorio, en todo caso, y más aún, por el descomunal reto que entraña.

El espectáculo de Cristina D. Silveira acude a los episodios biográficos más relevantes de María Zambrano para establecer enseguida un correlato con la formulación de su pensamiento. El recorrido vital se sostiene sobre todo en la relación con su hermana Araceli a lo largo y ancho de un exilio convertido en patria última. Con una escenografía móvil, eficaz y elocuente, especialmente en complicidad con los elementos audiovisuales (quizá el mayor argumento estético de la obra) y con la voz de la propia María Zambrano, La palabra danzante contiene pasajes de gran belleza, como precisamente la muerte de Araceli y la soledad mística en la que fue alumbrado Claros del bosque. A pesar del empeño voluntarioso, no obstante, algunas otras coreografías resultan algo pobres en lo expresivo y terminan desluciendo el conjunto muy a pesar de las intenciones. Nada hay que objetar a la adscripción a la danza-teatro, pero sí a la impresión de que algunas coreografías pecan de blandas, de conformes, de carecer de músculo, cuando de hecho el pensamiento de María Zambrano es todo lo contrario. Una intención más firme en lo dicho, especialmente a través del cuerpo, le habría venido de perlas a este objeto poético con mucha metáfora pero con un pelín menos de corazón de lo que cabría esperar.

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