Cultura

Lejos de sí mismos y del mundo

Los regresos pueden ser una mala idea, sobre todo cuando no se tiene muy claro por qué se vuelve. Tindersticks cerró el año pasado un lapso de un lustro sin grabaciones con el tibio The hungry saw (Constellation, 2008), un disco que ha pasado desapercibido porque nadie lo estaba esperando. Y Málaga también recibió con frialdad la visita de los británicos en la noche del pasado lunes; la misma ciudad que llenó el Cervantes hace una década, no alcanzó esta vez ni la mitad de la entrada. Son cosas que ocurren cuando se ha perdido el momentum, que es lo que le ocurre a los autores de Curteins (1997).

Sólo quedan tres miembros fundadores en los Tindersticks de 2009, tres supervivientes con talento y bien arropados sobre las tablas con músicos solventes. Sus viejos valores siguen vigentes, tanto la profunda y melodramática voz de Stuart Staples como los mayestáticos arreglos de la banda: esos pianos, las cuerdas, los vientos... Todo está ahí, lo que faltó en el Cervantes fueron las canciones. Esta banda tiene un grave problema de gestión de su patrimonio. Apenas acertaron a rebuscar en su baúl, uno de los mejores del pop británico: sus tres primeros álbumes son auténticas maravillas llenas de sorpresas, hallazgos y melodías. Apenas se pudo disfrutar de esas joyas. Lo que primó fue el prescindible The hungry saw; lo demás fue una mala selección de viñetas de su pasado -podían haber ofrecido un concierto con la misma duración, con un repertorio totalmente distinto y mejor-.

Aburrimiento, eso fue lo que se pudo sentir en demasiados momentos de su actuación. Su afectación es aceptable cuando va encapsulada en canciones que te agarran el corazón, no cuando los temas sólo te invitan a rendirte al sopor. Al final, los buenos momentos compensaron los que se acercaron al tedio -en particular, menos mal, los regalos del último momento levantaron el concierto y lavaron la cara de la noche-. Porque la tristeza inherente a Tindersticks no era antes tan plana.

Antes de la mediana decepción de Tindersticks, qué lejos están de sí mismos, el Cervantes ofreció un bocado sencillo y de los que con poco saben a mucho. El irlandés David Kitt es uno de esos nombres pequeños que apenas ocupan espacio en la frenética actualidad discográfica; ni sus discos venden mucho ni se habla demasiado de ellos. Es una lástima, porque este chico tiene una carrera más que interesante. Si en sus primeras grabaciones pasaba por un oportunista a la estela de su paisano David Gray, por lo de combinar guitarras con programaciones, a cada nuevo paso ha demostrado estar en otra liga. En el Cervantes, ante un público que ni lo conocía ni lo esperaba, supo conmover con su guitarra y sus ligeros apuntes electrónicos. Su pop de dormitorio se sustenta en un notable acierto melódico, una voz profunda y cercana, el uso de mantras como estribillos y una sencillez aplastante. Con apenas media docena de canciones, Kitt supo alimentar la curiosidad de unos espectadores receptivos y encantados. Hay más en sus discos y merece la pena darle otra oportunidad.

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