Arte

'Margivagancias'

  • La neoyorquina Janelle Iglesias presenta en Isabel Hurley sus creaciones nutridas de restos abandonados y desechos, en una valiosa reflexión artística sobre el residuo

Al ver la obra de la joven artista neoyorquina Janelle Iglesias, el que suscribe tiene la tentación de recuperar el término margivagante, que creara el añorado Juan Antonio Ramírez para nombrar una arquitectura popular y fantasiosa que juega a ser escultura (Escultecturas margivagantes: la arquitectura fantástica en España, 2006). Obviamente, Janelle no comparte con los autores recogidos en ese prodigioso ensayo-catalogación muchos rasgos: no se sitúa en el plano del outsider, de estar al margen de la Institución-Arte, ni mucho menos; tampoco su obra es la proyección de arrebatos de fe, misticismos o fobias personales que convierten las arquitecturas y sus desvaríos escultóricos -en algunos casos monumentos como la catedral de Mejorada del Campo, de Justo Gallego que lo llevó al MoMA y a protagonizar un anuncio de Aquarius- en redentores proyectos-de-vida. Sin embargo, Janelle se nutre, como aquellos margivagantes, de objetos desclasados y abandonados, desechos, restos y residuos que recolecta en paseos por las ciudades donde expone y trabaja y que, posteriormente, transforma y recompone en piezas extraordinarias, delirantes algunas, exquisitas otras y casi todas aproximándose a esa categoría tan manierista del capricho -piensen en Arcimboldo-. Varias cuestiones se derivan de estos particulares. En primer lugar cómo muchas de esas piezas son específicas para los lugares en los que se muestran y del entorno extrae los materiales en el ejercicio del vagar y la deambulación: una flâneur en pos del hallazgo poético y del caudal comunicativo del desecho. Si bien es cierto que esos margivagantes extraen, o acarrean, sus materiales de los elementos que consideramos inservibles y que hemos desechado, extra-artísticos por definición, y son mixtificados y sintetizados en obras de carácter popular, no lo es menos que el XX y el XXI están jalonados de artistas y movimientos que han trabajado con restos extra-artísticos y objetos desclasados hasta convertirlos en referentes de sus poéticas. La obra de Janelle ha de situarse, tal vez retroalimentándose, en esa tradición -larga y abundante ya- que desde principios del siglo pasado inaugura Picasso con sus assemblages e incipientes formulaciones del objet trouvé, a las que sucederían, por citar sólo algunos, los ready-mades de Duchamp, los cuadro-objetos de raíz dadaísta como los de Schwitters, las máquinas (algunas auto-destructivas) de Jean Tinguely, las combine-paintings de Rauschenberg, el arte povera (o pobre), hasta llegar al kolbojnik (sobras) que practica actualmente, tanto en pintura como en escultura, el danés Tal R.

Janelle nos revela en esos materiales recogidos una capacidad intrínseca de comunicación, un hálito de vida a pesar de que se den por olvidados o muertos (inservibles, no-funcionales) y un inconmensurable eco poético. Lo consigue simplemente con su recontextualización -por tanto redimensión semántica y formal- como objetos artísticos (unos plásticos con forma ovoide y colgados del techo se metamorfosean en nube recortada sobre el cielo azul que extrae de postales), con la manipulación y connotación de los mismos individualmente (un retal de cuero ajado que con la ayuda de unas simples puntadas en hilo de plata deviene mapa astral) o en comunión y síntesis. Bajo este último nace la pieza que da nombre a la muestra, obtenida de una suma de innumerables objetos dispares comprados y encontrados azarosamente por las calles de nuestra ciudad; obra dinámica y monumental que, al emplear una articulación helicoidal, usar restos generalmente circulares y estar suspendida, parece un torbellino que alza el vuelo y nos atrapa. Junto a ésta, doce deliciosas esculturas-compuestas -no sé si llamarlas conglomerados o ensamblajes- de restos de vajillas, desechos (latas, botellas, balones) y moluscos, la mayoría recogidos en el rebalaje de un mar que los modela y vomita regalándoselos a la artista para que los amalgame y finalice un proceso iniciado por el hombre y en el que también participa la Naturaleza vía-erosión. En la mayoría de éstas, Janelle parece, metafóricamente, devolverlas al mar, ya que adquieren formas marinas (conchas, corales, caracolas), mientras que en otras se acerca a insinuaciones fisiológicas y entomológicas, como el caso de una libélula. Muchos de estos restos son recogidos en una playa de Nueva York en la que se sedimentan como huellas del modo de vida -un documento pues- y que, incluso, de desecho pasan a ser elementos que cambian y construyen el paisaje, pues las medidas y la topografía de Battle Beach varían con los residuos de la Gran Manzana, algo que ha de recordarnos cómo gracias a las ánforas de aceite andaluz que, inútiles una vez vacías, se arrojaron en Roma durante los tres primeros siglos de nuestra Era se configuró artificialmente su octava colina, el monte Testaccio, pasando el desecho a ser arqueología y paisaje. Janelle documenta en vídeo esa realidad de la playa de Battle, a la vez que su proceso de trabajo recolectando los residuos que usará.

No creo que en su obra haya una carga crítica a nuestro papel como agentes de cambio medioambiental ni a nuestro modelo de sociedad de la sobre-explotación, lo cual no implica que se pueda interpretar como tal, como testimonio o crítica; puede que sí exista una defensa de la sostenibilidad. La mirada hábil, sensible y especialísima de Janelle Iglesias, evita o excede estos ámbitos. Su afán, tal vez por su formación como antropóloga y etnógrafa, se dirige a mostrarnos la innata capacidad humana para comunicar y crear arte desde lo pequeño, lo intrascendente, lo pobre, lo desclasado, el detritus y a través del reciclaje, la manualidad y la simplicidad.

Janelle Iglesias Galería Isabel Hurley Paseo de Reding 39-bajo, Málaga Hasta el 27 de marzo

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