Cultura

Tras la Puerta NegraSobre las revoluciones

Izumi Kyoka (1873-1939) es considerado el Edgar Allan Poe japonés y también el más romántico de los novelistas de Japón. La comparación con el autor norteamericano puede ser obvia si tenemos en cuenta el gusto de ambos por las historias sobrenaturales, pero tiene mayor alcance si profundizamos en el carácter romántico de la obra del japonés, porque con Poe comparte no sólo ese peculiar gusto por los cuentos de fantasmas recreados en lúgubres escenarios, sino también el papel simbólico y central que ambos ceden a los personajes femeninos; y, lo que es más importante, una afín manera de entender la imaginación como vía para conectar con ese más allá, como camino para acceder al plano espiritual que se le revela únicamente a las mentes capaces de comprender que lo que entendemos por realidad no es más que una pequeña parte de lo que realmente sucede.

Iván Díaz Sancho traduce para Satori, por primera vez a nuestro idioma, una de las obras cumbres de Izumi Kyoka: Laberinto de hierba, y con ella brinda al lector español la oportunidad de adentrase en el inquietante mundo de un autor considerado maestro del relato y que como tal ha sido reconocido por escritores de la talla de Akutagawa Ryunosuke y Mishima Yukio.

La traducción brillante y vibrante de Díaz Sancho nos traslada con extremo cuidado y mimo la prosa delicada y preciosista de Kyoka. El mismo traductor y prologuista, que reconoce haber llegado a esta obra a través de la adaptación cinematográfica que hizo Shuji Terayama en 1979 bajo el título Kusa meikyu, advierte sobre la dificultad de un texto "manierista y arcaizante".

Con Laberinto de hierba el lector se encuentra ante una novela sobrecogedora e inquietante. El mismo título propone una inmersión evocadora en un camino cuyo destino desconocemos. En él encontraremos una mezcla exquisita de elementos tradicionales -y no perdamos de vista que los fantasmas de múltiples clases y condiciones forman parte de la tradición japonesa- que conviven con hallazgos narrativos y estilísticos del autor impregnados de un marcado carácter simbólico: la serpiente, recurrente en los textos del escritor; la pelota, que es la luna, que es también una cara de mujer empolvada de blanco oculta tras un abanico.

Izumi Kyoka consigue crear desde el primer capítulo, en el que describe magistralmente el imponente telón de fondo de la historia, el Gran Despeñadero situado en la península de Miura, el ambiente propicio para que el lector se sitúe en ese otro lado en el que todo es posible y se adentre en un relato contado a pedazos por varios personajes que imponen a la narración su propia perspectiva, su personal acento. La historia se nos presenta precedida de una canción infantil, Toryanse, que acompañaba al tradicional juego de la pelota: "Allá en la ciénaga se yergue una serpiente; / la hija menor del ricachón de Hachiman, / con qué habilidad se mueve y juega / llevando una pelota en cada mano...". La canción nos traslada al mundo de las pesadillas infantiles, actúa como conjuro para activar nuestra capacidad para volvernos niños vulnerables capaces de creer en lo que no vemos, de desear lo inalcanzable.

Es la realización de los deseos, y sus a veces terribles consecuencias, tema central de esta obra. El protagonista, el joven Akira Hagoshi, busca hacer realidad un sueño en apariencia inocente: volver a oír una vieja canción que escuchó de niño de los labios de su amadísima madre muerta, que es trasunto doloroso de la madre del propio autor, desaparecida cuando él era aún muy joven. Como la serpiente de la canción escondida en la ciénaga, la realización de este aparentemente sencillo deseo esconde terribles consecuencias. Para oír de nuevo la canción, para hacer realidad el deseo, Akira Hagoshi deberá traspasar el umbral, en este caso, un umbral físico: la Puerta Negra, una mansión abandonada en la que se enfrentará con terribles experiencias sobrenaturales. Está acompañado por una serie de personajes secundarios encargados de materializar el miedo, la angustia, de enriquecer el relato con sus aportaciones a veces delicadas, como ocurre en el caso del inocente bonzo que se instala junto a nuestro protagonista; a veces grotescas, como las del viejo Saihachi, que añade incluso un matiz cómico a la historia con su extrema cobardía.

La Puerta Negra simboliza el espacio conmovedor y terrible de la imaginación entendida como capacidad de ver más allá. En este espacio de revelación todo es posible, la realidad cobra toda su dimensión, la visible y la invisible, los deseos son susceptibles de cumplirse, por fatídico que sea ese cumplimiento.

En Laberinto de hierba Izumi Kyoka adentra al lector en un mundo de brillante oscuridad que se desmorona con las cálidas luces del alba y que nos devuelve a la extrañeza de soñar despiertos.

LABERINTO DE HIERBA

Izumi Kyoka. Trad. Iván Díaz Sancho. Satori Ediciones. Gijón, 2016. 224 páginas. 19 euros

Hay un paralelismo expreso entre Christopher Hitchens y su biografiado Thomas Paine, que no se ciñe unicamente al origen británico de ambos polemistas, sino que alcanza a la naturaleza misma de sus polémicas. Ambos, aparte la filiación insular trasterrada al Nuevo Mundo, pertenecen a esa rama del pensamiento ilustrado, teñida por el ateísmo, que encontraría en Lavoisier su expresión más mesurada y elegante, cuando diga que "Dios no es una hipótesis necesaria". Hay, sin embargo, una diferencia notable entre ambos autores, aparte la diferencia de dos siglos entre uno y otro. Cuando Tomas Paine escribe Los derechos del hombre, en 1791, el mundo occidental aún vive transido por una idea de la divinidad sobre la cual se ha sustentado la civilización desde el origen del hombre. Cuando Hitchens publica, a primeros del XXI, sus obras más conocidas y acaso polémicas (Dios no existe, Dios no es bueno), tanto el ateísmo, el agnosticismo, como una sencilla consideración científica de la existencia, no suponen, en absoluto, una novedad o un riesgo. De hecho, tales posiciones en torno al hecho religioso conforman, en buena medida, la tácita arboladura de la modernidad.

Sea como fuere, esta obra de Hitchens, dedicada a la figura de Thomas Paine, es también un ensayo sobre Edmund Burke. Pero no del Burke que escribe, antes que Kant, sus apreciaciones sobre lo bello y lo sublime, y que derivan tanto de su compatriota Addison como del redescubrimiento, en el siglo anterior, de la fragmentaria obra de Longino. Sino de aquel otro, más tardío, que hará un análisis adverso de la Revolución francesa y sus estragos en una obra tan célebre como poco leída: Reflexiones sobre la Revolución en Francia. Contra esta obra, publicada un año antes, escribirá Paine Los derechos del hombre. Contra este alegato conservador -conservador en su sentido más amplio, más humano, más complejo-, opondrá Paine la lógica irreprochable del derecho de ciudadanía y de los logros políticos obtenidos por la América independiente y la Francia asamblearia. Sin embargo, ni Burke era un reaccionario, ni Paine era ciego a la deriva totalitaria del Directorio. Y es de esta doble mirada sobre unos mismos hechos, de donde Hitchens extrae sus conclusiones más atractivas. Unas conclusiones que, si bien no inciden resueltamente en el fondo cultural, en la tupida red histórica de la que nacen ambas perspectivas, permite ver las dudas, las inconsecuencias y los hallazgos de cada uno de ellos.

Así, nos encontraremos con un libertario Paine que apoya sin embargo la tiranía de Napoleón, y con un conservador Burke que ha defendido la independencia de las colonias y pronostica la llegada del Sire. Con lo cual, si es cierto que Hitchens establece un juicio matizado sobre ambos, también lo es que ambas posturas representan dos vectores de la modernidad todavía irresueltos, que nacen de una misma apreciación del hombre del XVIII: la nueva legalidad que representa Paine y la importancia de la costumbre que reivindica Burke. Uno y otro verán sus ideales deformados por la realidad política. Uno y otro comprobarán, quizá con estupor, que lo viejo siempre alienta en lo nuevo y que lo nuevo es una diestra reformulación de lo antiguo. Así ocurrirá con las monarquías parlamentarias del XIX y así ha ocurrido con la República romana -con la democracia ateniense- que inspira a la Asamblea. Se trataba, en cualquier caso, del nacimiento de un mundo, del que Paine era la vanguardia y Burke su atribulado testamentario. Quizá, para comprender completamente este movimiento sísmico (pues no es sólo el Antiguo Régimen lo que se derrumba, sino el orbe teológico, la arquitectura anímica que lo sustenta), quizá para vislumbrar el estrépito y la novedad de aquella hora, hubiera sido conveniente que Hitchens acudiera a otra obra en la que dicha falla se aparece en su entera magnitud. Me refiero a las Memorias de ultratumba de Chateaubriand, y a su defensa de una democracia coronada, donde el idealismo de Paine viene abrigado por la costumbre, por los usos, que postuló Burke.

Inevitablemente, todos ellos se verían sobrepasados por los acontecimientos. De igual modo, todos ellos serán artífices y víctimas de cuanto alumbraron. Y si Paine vio cómo Jefferson prolongaba el esclavismo, si Burke contempló la tradición derogada por el terror y perseguida por la justicia, Chateaubriand encontrará la cabeza de su hermano ensartada en una pica y paseada en triunfo por las calles. De aquel "mar de sangre", como lo define Chateaubriand, nace el mundo contemporáneo. Un mundo cuyo motor fue la felicidad del hombre, pero cuyos actos -a veces- se alejaron demasiado de tal empeño.

Los derechos del hombre

Christopher Hitchens. Trad. Mercedes García Garmilla. Debate. Barcelona, 2016. 256 páginas. 16,90 euros

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