Cultura

Rafaelillo, a un paso del triunfo

  • El murciano, con el mejor lote de una desigual corrida de Miura, perdió un trofeo por el fallo con la espada · Juan José Padilla y Jesús Millán, que mató al peligroso 'Ermitaño', cumplieron

GANADERÍA: Corrida de Miura, en el tipo, con romana -los dos últimos, con 640 kilos-, de pinta variada y juego desigual. Primero, noblón, sosote, sin humillar; segundo, manejable; tercero, avisado; cuarto, reservón, desarrolló de inmediato sentido; quinto, noble, el mejor del encierro; y sexto, muy listo. TOREROS: Juan José Padilla, de rosa y oro. Pinchazo hondo y estocada (silencio). En el cuarto, estocada caída (silencio). Rafael Rubio 'Rafaelillo', de nazareno y oro. Pinchazo y estocada (saludos tras aviso). En el quinto, metisaca y un descabello (vuelta al ruedo). Jesús Millán, de grosella y oro. Pinchazo y casi entera (silencio). En el sexto, cinco pinchazos y media (silencio tras aviso). Incidencias: Plaza de toros de Pamplona. Domingo 12 de julio de 2003. No hay billetes.

Aunque en los Sanfermines salen toros descomunales de cualquier hierro, los miuras todavía marcan el listón más alto por impresionantes. Y no sólo por romana; los dos últimos con 640 kilos. Sus arboladuras son auténticas hachas. Nada de cuchillos. Y lo peor: algunos tienen ideas de miura. Ayer, con un encierro en el tipo, variado de pinta y de comportamiento, el mejor lote se lo llevó Rafael Rubio, Rafaelillo, muy decidido y quien estuvo a punto de conseguir premio de su segundo ejemplar, si no falla con la espada. El murciano, que el año pasado abrió la Puerta Grande, contó con la bendición de los espectadores, entregados con quien se entregó sin límites.

Con el quinto, Rafaelillo concretó una buena y medida faena, tras recibirlo con variedad en el capote, incluso dibujando verónicas de rodillas. El bicho, con 640 kilos, noble por el pitón derecho y que se quedaba corto por el izquierdo, se orientó tras un par de buenas tandas del torero murciano, que inició su meritoria faena con muletazos con la diestra, de rodillas. En ese momento la mole del toro apenas dejaba ver al pequeño torero en talla, pero de gran valor y corazón. El diestro supo hilvanar los pases, llevando al toro tapado. En la segunda parte de la faena, el toro, tras un desarme cuando Rafaelillo toreaba al natural, se orientó. En cualquier caso, parecía que el torero tenía ya el premio en la mano. Pero no acertó con la espada. Metisaca, el toro que se rompe la mano derecha, descabello y... todo se esfuma. Dio una merecida vuelta al ruedo.

Rafaelillo recibió a su primero, manejable, con un farol. Con la muleta se comprometió en un trasteo serio, que resultó desigual, con buenos derechazos, circulares para la galería, y en la que sufrió una voltereta impresionante, sin mayores consecuencias.

Juan José Padilla, que abría terna, cumplió con su lote, al que banderilleó con facilidad y de manera desigual. El primero era para arrojar la toalla con solo verlo salir por toriles. Por cuna tenía una cama de matrimonio. Fácilmente, entre pitón y pitón, habría metro y medio. El diestro jerezano, que lo saludó con un par de largas cambiadas de rodillas en las rayas, realizó una labor discreta, basada en la diestra, al mansote y noblón animal, que no humillaba en la muleta. Padilla brindó la faena del cuarto, un animal reservón, que desarrolló sentido de inmediato, a José Antonio Camacho. Todo quedó en un trasteo a la defensiva, con un animal que parecía haber estudiado latín en la Universidad de Salamanca.

Jesús Millán tuvo un lote imposible para lucirse, lidiando en primer lugar al toro que hirió gravemente en el encierro a un par de mozos. Ermitaño, cárdeno, 575 kilos, salió de manera espectacular de chiqueros, dando un derrote impresionante, como queriendo saltar a los tendidos, para advertir a todos (los del tendido y los de la arena) que lo de la mañana no había sido una broma. En sus pitones, rojizos, la huella de las dos cornadas graves que propinó en el encierro. En el capote zancadilleó a Jesús Millán, que se libró por reflejos de una cornada criminal. Con la muleta, avisado, era imposible el lucimiento. Millán hizo lo que tenía que hacer: un trasteo breve sobre las piernas, a la vieja usanza. Algo que lamentablemente no comprendió parte del público. Tuvo que echarle agallas para matar a un toro que se le tiraba al pecho, como un tigre, cada vez que montaba la espada. Con el sexto, un colorado de 640 kilos y muchas arrobas de listeza, el zaragozano se justificó en un leve trasteo, que remató mal con la espada; entre otras cosas porque el toro le esperó en la suerte suprema para cazarle.

La miurada fue para tomarla en serio. Por todo. Por su descomunal trapío y porque tres de ellos tuvieron guasa en distinto grado. Entre el guirigay del mocerío, incansable, y ante esas fieras de respeto, resplandeció el pequeño Rafaelillo, gran torero de valor, que rozó el éxito. La espada... Otra vez será.

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