Crítica de Danza

Transmigración en la retina

Una escena de la coreografía 'Viajando a través del tiempo'. Una escena de la coreografía 'Viajando a través del tiempo'.

Una escena de la coreografía 'Viajando a través del tiempo'. / m. h.

Perfume de danza, el espectáculo que presentó ayer en el Teatro Cervantes la veterana compañía de la coreógrafa coreana Kim Bock Hee, es un argumento que explica para qué sirve una programación como la del Ciclo de Danza de Málaga: más que un mero escaparate, lo deseable es poder encontrar ventanas abiertas a otras formas de concebir, crear y disfrutar la danza, para, al mismo tiempo, considerar los valores comunes y universales de este arte. Eso sí, quien acudiera ayer al Cervantes al encuentro de un recital de danza tradicional coreana se llevó seguro un chasco importante: precisamente, Kim Bock Hee lleva medio siglo defendiendo un espacio propio para la danza contemporánea en Corea, con lo que buena parte de los registros vistos ayer resultaban bien familiares. De cualquier forma, la cita resultó altamente estimulante merced, sobre todo, a la capacidad de la compañía a la hora de crear imágenes de impacto, harto significativas, con una notable economía de medios.

El epígrafe Perfume de danza encierra tres coreografías independientes. La primera, La flor de la existencia y la flor de la vanidad / Viajando a través del tiempo es una aproximación en movimiento al precepto de la transmigración de las almas con un halo poético sostenido en una abrumadora capacidad técnica, merced al diálogo con un vestuario que sirve también de escenografía. Vestigios / Dónde está mi Luna, tal vez la pieza más lograda, es un dúo portentoso en torno a la libertad y la identidad, con un mayor protagonismo del cuerpo (en una confluencia continua de la ternura a la violencia) y con una fabulosa iluminación definidora de espacios. Por último, Bodas de sangre es, claro, una lectura de la obra de Federico García Lorca en la que la tragedia parte del luto estricto y se desarrolla en un mar de contrastes hasta un final igualmente implacable respecto a la muerte. Se trata de la coreografía más extensa y con una mayor dotación de recursos, a menudo reveladores como las marionetas y las escenografías móviles (incluido un evocador bosque danzante). Sustentadas en partituras abiertamente contemporáneas, como las de Jeong An Min para Bodas de sangre, las coreografías se articulan especialmente en el ritmo hasta hacerse vitales y orgánicas, casi dotadas de empatía, mientras la retina se rinde a los hechizos. Más allá de los efectos narrativos, el trabajo de Kim Bock Hee constituye una reivindicación de la danza como patrimonio. Sin fronteras que valgan.

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