Cultura

Wayne Gonzales presenta en el CAC su mirada pictórica a la multitud

  • El artista norteamericano inauguró ayer en el Centro de Arte Contemporáneo su primera exposición en España, una reflexión sobre la posición del creador en la sociedad contemporánea con dos obras inéditas

Entre los lugares comunes del arte contemporáneo abunda desde hace ya medio siglo el de la muerte de la pintura. Por eso, la exposición de Wayne Gonzales (Nueva Orleans, 1957) que, tras su inauguración ayer, puede verse en el CAC Málaga hasta el próximo 22 de enero, resulta singularmente ilustrativa para poner las cosas en su sitio. El artista estadounidense ha recogido una selección de sus obras realizadas entre 2008 y 2011, procedentes de varias series y entre las que se incluyen dos piezas inéditas terminadas este mismo año, Seated Crowd y Slingshot Boy. El resultado, ante el que el mismo Gonzales quedó ayer gratamente sorprendido dado que nunca había comprobado semejante combinación, es una celebración del lienzo y un ajuste de cuentas respecto a lo que la pintura tiene aún que decir con la complicidad de las nuevas tecnologías de la imagen. Pero, además, la muestra es una propuesta de carácter netamente político, que tiene en el binomio multitud / anonimato su principal argumento para buscar las cosquillas a las convenciones sociales. En esta marea, claro, la posición del artista ha de ser necesariamente otra.

Wayne Gonzales desarrolló a partir de finales de los 80 su carrera en Nueva York. Por entonces, la documentación gráfica era su obsesión principal en parte gracias a su paisano Harry Oswald, el asesino de Kennedy, quien mucho antes había adquirido una notable consideración icónica. Gonzales consagró en aquella época su trabajo a la manipulación de fotografías históricas como trasunto de la propia manipulación de la Historia, pero pronto decidió trasladar esa misma tormenta a la pintura. La fotografía y su manipulación siguen siendo hoy el material de partida del artista, pero la traducción al acrílico sobre lienzo como resultado final abre numerosos cauces al discurso. El primero es el que atañe a la misma figura del artista, a su situación en la vorágine de la propia Historia. No basta con reproducir la realidad, hay que subvertirla, trastocarla, deformarla sin renunciar al grado esperpéntico para, entonces, sí, mostrar al público en el lienzo (con toda su connotación litúrgica) lo que esa misma realidad es. Por eso, la pintura, lejos de renunciar a su capacidad artística en la actualidad, la encuentra reafirmada gracias a las posibilidades de las tecnologías de la imagen. La alianza, en este sentido, es vital.

En la exposición de Gonzales inaugurada ayer en el CAC destacan las imágenes de la muchedumbre. Gente que parece esperar en una playa, o ve una película en el cine, o simplemente pasa. En esa multitud, el individuo no llega a adquirir una dimensión propia: constituye apenas una parte más del conjunto, más que anónima, ni siquiera existente. El tratamiento de la imagen volcada al lienzo tiende además a lo borroso y refuerza la disolución de los límites. Gonzales insiste en que "el arte en sí mismo es político", pero la advertencia es clara: en un pulso continuo para el que las multitudes han vuelto a tomar las calles y en el que las ideologías acentúan las diferencias entre unos y otros, el individuo es apenas un borrón que se confunde con el fondo. Gonzales no desechaba ayer la idea de narración entre las distintas series que componen la muestra, pero se negó a revelar cualquier clave al respecto: "Es mejor que sea el espectador quien establezca sus propias conexiones".

La exposición se completa con la serie Untitled (2009), imágenes del orbe solar tomadas desde un avión. Porque tal vez Gonzales quiera decir otra cosa. La masa es el mensaje.

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