Cultura

El actor que pasó del tipismo a la transgresión

  • España se ha quedado huérfana de quien hizo de tío y de cuñado · Con Berlanga pasó de un palacio a una cárcel

El éxito de La cabina fue tan impactante (no se podía ser más explícito en la denuncia de la claustrofobia de un régimen) que los destinatarios de este desgarro televisivo no sólo no se dieron por enterados, sino que convirtieron a José Luis López Vázquez en el hombre-anuncio de las matildes, nombre amable y oficioso de las acciones de Telefónica.

Con López Vázquez pasaba como con Landa o Antonio Ozores: salían en una película y de pronto desaparecían tus problemas. Eso, sin ser una crítica, no pasa con Eduardo Noriega, Carmelo Gómez o Javier Bardem. Más bien puede ocurrir al contrario. Que entres tan contento en el cine y salgas con un rebote de mil demonios. No es culpa de los actores. Es un efecto de la paradoja. Hubo actores que pasaron mucha hambre, auténticos supervivientes, y encima les pagaron su sacrificio con la etiqueta de la españolada. Los actores actuales nacen ya siendo de izquierdas y con Bush y Aznar fuera de la escena le estarán poniendo velas a San Judas Tadeo para que la crisis no le pase factura a Esperanza Aguirre, su musa más contemporáneoa.

El último de la saga. La frase en inglés acompañaba a José Luis López Vazquez en la escena final de Patrimonio Nacional, la continuación que Berlanga hizo de La escopeta Nacional. Rodada en el madrileño palacio de Linares, narraba la desamortización de una familia con abolengo, objeto de contemplación de los atónitos turistas. Del palacio a la cárcel, película coral que el mismo Berlanga narró con un puñado de purasangres de la interpretación en la prisión de Valencia.

López Vázquez es historia de este país. En sus películas está contada y condensada la transformación de los españoles. Y las españolas, oiga. Un cine políticamente incorrecto objeto de revisión permanente. Los buenos actores pagaron sus casas con las malas películas. Y el estajanovismo de quienes las dirigieron les dieron trabajo, nombre y prestigio para que después las buenas películas hicieran el resto.

Madrileño de 87 años, castizo como él solo. Reflejo de una ciudad sacudida hasta el hartazgo por guerras púnicas, por el manoseo de su nombre, Madrid, que nunca debió salir de la zarzuela y el sainete, y que es la malquerida, diana de todas las flechas contestatarias, coartada de mindundis y escorial de funcionarios. López Vázquez, como un día me dijo Antonio Burgos del sevillanismo de Alfonso Guerra, era más madrileño que la madre que lo parió. Y su ciudad fue la sinécdoque de su país. Las matildes ya hablan por el móvil y es una hermosa paradoja que Pedro Almodóvar llegara al cine desde la Telefónica. No recuerdo si López Vázquez trabajó en alguna película del del Calzada de Calatrava. Una injusticia. Azorín dijo que Madrid era "un pequeño pueblo manchego".

Como Landa, pasó del tipismo a la transgresión. En La familia y uno más hizo de tío de la saga. Era el cuñado de Cassen en Plácido, la película más divertida de la España más triste, el mayor homenaje al motocarro. Sin tío, sin cuñado. Nos hemos quedado huérfanos.

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