Cultura

El aliado de la sombra

  • La revista 'Litoral' dedica su último número al árbol, un motivo íntimamente ligado a la escritura y al arte desde su génesis y de alto valor simbólico

Dafne mudó en laurel por intervención de su propio padre, los romanos veían en el ciprés un vínculo con el otro mundo (pero ya antes los egipcios habían adjudicado tal capacidad pontifical al sicómoro) y los primeros cristianos delimitaron el Paraíso prometido con una palmera. El árbol está presente en la historia de las civilizaciones con autoridad fundacional: ahí están el Árbol del Bien y del Mal, vértice de la tradición judeocristiana, y el Árbol de la Vida en sus sucesivas mutaciones (el Yggdrasil escandinavo, el fénix chino, el Etz Chaim de la Cábala, entre muchos otros). Diverso y universal, el árbol ha ganado en virtud de su verticalidad una sempiterna cualidad de conector entre la tierra y el cielo, lo visible y lo invisible, la carne y el alma: pasto, al cabo, para poetas y delirantes gnósticos. No obstante, más allá de lo que deparan las mitologías, el árbol ha mantenido intacta su capacidad inspiradora a través de los siglos; y hasta en el presente, descreído y pacato, continúa el aliado de la sombra excitando a las musas de escritores y artistas, alimentando sus insomnios, adjudicándose funciones interrogativas; por más que, paradójicamente, el árbol sea un elemento cada vez más extraño en las ciudades y su existencia general en el planeta revista día a día mayores peligros y amenazas. En cualquier caso, la revista Litoral, decana de las publicaciones literarias españolas, que sigue dirigiendo en Málaga contra la erosión infatigable de la postmodernidad el quijotesco Lorenzo Saval, dedica su último número al árbol y a la huella que del mismo puede colegirse en la historia del arte y la literatura. Hay, como es habitual en la revista, mucho de pesquisa, de investigación y resonancia, a través de la legión de escritores y pintores cuyas obras, seleccionadas como trazos distintos para un mismo lienzo, alimentan el volumen; pero, más aún, y tal y como también acostumbra Litoral, lo que el lector encuentra aquí es un objeto estético de composición bellísima y turbadora, una oda al noble arte de hojear y, a la vez, una invitación a detenerse. La frontera entre la lectura y la admiración, dos tareas correspondientes al ojo, rara vez se ha hecho más difusa.

Sobre la naturaleza proteica y a la vez perdurable del árbol-símbolo escribe Lorenzo Saval en la introducción: "El árbol siempre ha sido un símbolo constante de inspiración, una columna de vida que se abre con exuberancia delante de creadores de todas las épocas. Ha sido el modelo perfecto para que se adentraran poetas y pintores, libres de toda sospecha, en la vida interior de la naturaleza, y ahondaran con la punta del pincel o el borde de la palabra en los misterios de la existencia". Semejante legado convertía la empresa de Litoral en titánica, y así lo advierte Saval: "La presencia del árbol en la poesía y el arte trasciende el espacio y el tiempo, y por tanto éramos conscientes desde un principio de que este paseo por campos y jardines terminaría en una emboscada. Esos árboles-hombres que le hablaban a Juan Ramón Jiménez se abalanzarían sobre nosotros convirtiendo este Litoral en un populoso bosque muy difícil de atravesar". Felizmente, no ha sido así: si algo caracteriza a esta entrega es la claridad, la luz, el espacio que permite al lector tomarse su tiempo para paladear. Por una vez, los árboles dejan ver el bosque.

El primer texto, ya en materia, corresponde a Aurora Luque, que brinda en La adoración a los árboles una aproximación borgeana al quid. Tras invitar a Cernuda (cuya figura es más que recurrente en el número) mediante El amor, su abismal poema en prosa de Ocnos, la autora recuerda cómo James Frazer describía en La rama dorada el castigo que cierta tribu germánica infligía a quien se atrevía a descortezar un árbol: "Le cortaban el ombligo y lo ataban a una rama del árbol agredido; con los intestinos del delincuente daban vueltas al tronco dañado para restituirle la vida". El viaje de Luque continúa por los árboles del clavo tratados como mujeres embarazadas en las islas Molucas, Ovidio, Homero, Murasaki Shikibu y el Árbol del Conocimiento del Pentateuco, entre otros paisajes.

Después, las ramas se multiplican en un árbol que juega a ser bosque para refrescar al lector con su sombra a cada vuelta de hoja: las ilustraciones de Lucas Cranach, Lucien Freud, Caspar David Friedrich, Frantisek Kupka, Matisse, Miró, Miguel Ángel, Brassaï, Braque, Antonio López, Álex Katz, Gustave Courbet, Andy Warhol, Henri Rousseau, Picasso, Monet, Munch, Turner, William Blake, Juan Rulfo, Benjamín Palencia, Chagall, Cézanne, Da Vinci, Anglada Camarasa y el muy recordado Dámaso Ruano abrazan los versos (y algunas prosas) del citado Luis Cernuda ("Mientras, en su jardín, el árbol bello existe / Libre del engaño mortal que al tiempo engendra"), José Ángel Valente ("Entre el sauce apenas rozado por las aguas y la torre amarilla, el tiempo mira al tiempo y lo devora"), Nicanor Parra ("Paseando hace años / Por una calle de aromos en flor / Supe por un amigo bien informado / Que acababas de contraer matrimonio"), Alfonsina Storni, Fina García Marruz, Fernando Pessoa ("Antes que nosotros por las mismas arboledas / pasaba el viento, cuando había viento, / y las hojas no hablaban / de modo diferente al de hoy"), Rafael Pérez Estrada, James Joyce, Octavio Paz, Claudio Rodríguez, Gonzalo Rojas, Lorca, Pablo García Baena, Blake, Hölderlin, Jesús Aguado, Trakl, Neruda... Un festín para la reconciliación.

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