elena anaya. actriz

"El cine es un estado de ánimo y en mi trabajo sigo esos mismos impulsos"

  • La intérprete protagoniza la coproducción hispanoargentina 'Pensé que iba a haber fiesta', una comedia dramática sobre el amor, la amistad y la traición dirigida por Victoria Galardi

Había pasado un tiempo desde el rodaje de La piel que habito y los proyectos, dice Elena Anaya, "no llegaban con tanta frecuencia como antes", pero al menos, añade la actriz (Palencia, 1975), ganadora del Goya a la mejor interpretación femenina por aquel trabajo con Almodóvar, uno de los hitos de una carrera en la que se cuentan también colaboraciones con Julio Medem, Agustín Díaz Yanes o Ricardo Franco, "tuve la suerte de que la espera se me hiciera menos angustiosa". La oportunidad se le presentó cuando la argentina Victoria Galardi (Amorosa soledad, Cerro Bayo), contactó con ella durante una visita a Madrid para su tercer largo, Pensé que había fiesta, que contó con el impulso de Fernando Trueba como coproductor.

"Vi sus películas y me interesó su mirada, esa forma que tiene de contar las historias sin hacer ruido, que hace sentir al espectador que está espiando la intimidad de personas que sólo aparentemente parecen estar bien, con temas cotidianos pero que provocan controversia", explica Anaya al otro lado del teléfono. En este caso esa controversia, ese conflicto, reside en una pregunta de respuesta compleja, puede que imposible: "¿Durante cuánto tiempo -dice la actriz, sobre cuyo personaje recae el peso esencial del filme- nos pertenece o tenemos derecho a sentir que nos pertenece una persona?". Fiando la creciente tensión íntima de la historia al uso de la elipsis y al naturalismo en los diálogos y en las abundantes escenas de quebradiza normalidad doméstica, desechando el juicio moral y la grandilocuencia con la que muchas películas hablan de La Vida, Galardi plantea una situación en la que esa pregunta explota en la cara de dos íntimas amigas.

Anaya encarna a una actriz española no muy conocida que lleva varios años viviendo en Buenos Aires. En las vacaciones de fin de año acude a la casa de una de sus personas más allegadas (Valeria Bertuccelli) para quedarse al cuidado de la casa y de su hija adolescente, mientras la amiga disfruta de un viaje con su pareja. Durante esos días, Ana se reencuentra, en esa misma casa, con el ex marido de la amiga. Y se gustan. Lo descubren. O lo confirman. El nacimiento del intenso romance, y el impacto de éste en la vieja amistad, lo filma Galardi "a distancia, con un punto de vista sensato, sin tomar partida", dice Anaya. "Porque una amistad es algo muy frágil, que se puede desvanecer en cualquier instante, nunca se sabe. La vida es así. Es un viaje que se hace en compañía de gente querida que de repente deja de estar. Y pasa también que a veces llegan personas con las que no contábamos para el viaje".

Para la actriz fue "un reto" dar vida al personaje de Ana, una mujer hermosa y perdida, inciertamente atribulada y de la que las personas que la rodean nunca saben en realidad qué le pasa por la cabeza; a ratos, admite Anaya, "ni ella misma" lo sabe. "En primer lugar, es una película de silencios, con un tono de intimidad que es complicado lograr. No fue fácil de rodar para ella [Galardi], ni fácil de hacer para nosotros", dice sobre sus compañeros de reparto. "Victoria no se acerca mucho a los personajes porque cuenta con lo mínimo y a veces, cuando Valeria [Bertuccelli] y yo queríamos poner más de nosotras, ella nos cortaba. Al margen de eso, tú como actriz, como persona, cada mañana llegas al rodaje llegas de una manera, y te tienes que meter en la película, por eso es raro que cada día te encuentres con una manera de dirigir diferente. Pasaba de un polo a otro y yo no lo entendía, ni yo ni los demás".

Al margen de las peculiaridades de un oficio cuyas bambalinas rara vez son glamurosas, Anaya celebra su trabajo con una directora "llena de talento", y poder participar en películas de este tipo, modestas en su producción, "pequeñas y libres". "Es como cuando te enamoras. Algo te llega o no. A mí como espectadora me gusta ir al cine a ver cosas muy distintas, todo tipo de historias, porque se trata de una cuestión de estado de ánimo, y en mi trabajo sigo esos mismos impulsos", añade la actriz, que defiende la diversidad del cine porque le horrorizaría que el futuro sean "cuatro películas idénticas en los centros comerciales". En ese sentido Anaya es consciente de que Pensé que había fiesta, con su tono discreto y silencioso, va "a contracorriente". Al margen de los creadores, dice, "y en España los hay, y maravillosos, y reconocidos y queridos en el mundo aunque aquí, o eso parece, cueste verlo", también "el público tiene que hacer su trabajo".

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