Lola Herrera. Actriz

"La crisis y el IVA han sido la puntilla, aquí le va mal al teatro desde mucho antes "

  • La intérprete regresa al Teatro Cervantes el próximo jueves y el viernes con 'La velocidad del otoño', la obra de Eric Coble, junto a Juanjo Artero y bajo la dirección de Magüi Mira.

Atiende Lola Herrera (Valladolid, 1935) al teléfono mientras se prepara para asistir al homenaje a Buero Vallejo en el Instituto Cervantes, en Madrid, lo que terminará filtrándose en la entrevista. Defensora a ultranza de su independencia como actriz y agente imprescindible e histórica de la escena española, la intérprete analiza todo lo que tiene ver con el teatro con una lucidez aplastante. Sin necesidad de más presentaciones a estas alturas, Herrera regresará al Teatro Cervantes el próximo jueves 6 y el viernes 7 con La velocidad del otoño, la comedia de Eric Coble, junto a Juanjo Artero y bajo la dirección de Magüi Mira.

-En La velocidad del otoño vuelve a compartir reparto con Juanjo Artero después de Seis clases de baile en seis semanas. ¿Podemos considerarles ya como pareja artística por derecho?

-Bueno, este oficio es así, un poco como la vida: o no te ves nunca con la gente o lo haces todos los días. Juanjo y yo nos entendemos muy bien, con Seis clases de baile en seis semanas tuvimos mucho éxito y de allí nació una amistad. Desde entonces he visto crecer a sus hijos y hemos compartido muchas cosas. Pero sí, lo bueno es que nos entendemos muy bien, en el escenario sabemos cómo va a responder el otro e imagino que eso ha influido para que volvieran a contar con nosotros en La velocidad del otoño.

-En esta obra interpreta a una mujer que se resiste a que la lleven a una residencia de ancianos atrincherándose en su piso con cócteles molotov. Parece, de entrada, un personaje muy jugoso, pero ¿asistiremos a una comedia más amarga en esta ocasión?

-No, no es amarga, para nada. Contiene algunos malos tragos, pero yo no la calificaría así. La velocidad del otoño es, ante todo, un canto a la libertad en la persona de una mujer de 81 años que no duda en plantar cara a sus propios hijos cuando éstos deciden intervenir en su vida y tomar por ella las decisiones más importantes. A menudo, con la excusa de una excesiva preocupación por la situación de sus padres cuando se hacen mayores, los hijos tienden a controlar cada paso que dan y a manejar sus vidas con una impunidad tremenda. La sociedad lanza mensajes respecto a los ancianos que mueren solos y los hijos, con tal de no sentirse culpables, llegan a cometer injusticias mayores con sus padres. Pero para morirse, realmente, no hace falta tener mucha gente cerca. La obra aborda todo esto pero con mucha emoción, con ternura y con humor. El planteamiento es muy original.

-Su personaje tiene en la obra 81 años, como usted. ¿Aparecía así este dato en el texto original?

-No. En la obra de Eric Coble mi personaje tiene 79 años. Pero me pareció buena idea que tuviera los mismos que tengo yo.

-¿Y cómo ha respondido el público a La velocidad del otoño desde el estreno?

-Muy bien. Todavía no hemos hecho muchas funciones, pero nos hemos sentido muy acompañados. El público ha conectado estupendamente con la obra. Ahora esperamos que tenga una vida muy larga y podamos representarla muchas veces.

-Precisamente, ¿qué impresión tiene del panorama teatral español después de tantos años de crisis? ¿Hay algunos síntomas de mejoría, de mayor confianza?

-No. A ver, la crisis, la subida del IVA cultural y todo eso han venido a ser la puntilla, pero el teatro ya estaba mal en España desde mucho antes. Nosotros ya atravesábamos una crisis fundamentalmente porque en España siempre se ha apostado por un modelo de consumo que favorece mucho a ciertas cosas, como el fútbol, pero muy poco al teatro. Así que el panorama ha sido nefasto desde siempre, desde la dictadura. Y si me preguntas por el presente, lo único que te puedo decir es que la situación no está nada bien y que hacer teatro hoy es muy, muy difícil.

-¿Más difícil que en la dictadura?

-Yo las dictaduras no las quiero para nada. Así que de ninguna manera querría volver a aquello. Las empresas eran muy débiles y apenas respiraban, su único sustento era la taquilla y en cada función se la jugaban. Además, yo nunca llegué a trabajar en los teatros oficiales, que eran los únicos en los que podías garantizarte un buen sueldo con aquellos contratos larguísimos. Allí no me quisieron, pero al menos tuve la suerte de poder trabajar con algunas de las compañías más importantes del país. Eso sí, entonces nadie quería dedicarse a hacer teatro, así que era más fácil que te llamaran. Hoy hay más gente que quiere trabajar en esto, y es estupendo, pero encuentro con demasiada frecuencia a actores que con 23 años ya aspiran a tener mucho éxito y sospecho que se han equivocado de profesión.

-¿Tiene España la memoria demasiado corta en lo que a teatro se refiere?

-España tiene la memoria demasiado corta para el teatro y para todo lo demás. Fíjate en todo lo que ha pasado en los últimos años y en lo que sigue votando la gente.

-¿Y cómo valora usted que no se haya producido ni un solo montaje de Buero Vallejo en el año de su centenario, aunque tengamos exposiciones de sus dibujos?

-Eso tiene que ver, sobre todo, con la perpetua dejadez que expresamos por lo nuestro. Se presta siempre una atención, a veces desmesurada, a todo lo que sucede fuera, pero quien se dedica a crear en España se enfrenta a un muro de silencio incluso después de muerto. Lo que aquí se construye, por lo general se olvida y se desprecia. El caso de Buero es especialmente doloroso. Hace unos días recordaba mi hija [Natalia Dicenta] que las obras de Buero Vallejo en las que ella trabajó son de una absoluta actualidad, y que incluso tendrían más sentido ahora que cuando se estrenaron, y así es. Hay muchas de sus obras que merecerían volver a los escenarios, pero a lo mejor alguien debe tomar la iniciativa en otra parte.

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